viernes, 26 de abril de 2019
Una feminista llama “sexista” a la ciencia por demostrar que hombre y mujer son diferentes
viernes, 14 de noviembre de 2014
Lavado de cerebro»: el documental que desmontó el timo de la Teoría de Género y recortó sus fondos

martes, 25 de septiembre de 2012
La Isla del Dr. Moreau: 150 híbridos humanos en el Reino Unido
"La isla del Dr. Moreau" es una novela de ciencia ficción, escrita por H. G. Wells en 1896. En la isla, el científico hace experimentos de laboratorio que dan como resultado la aparición de bestias humano-animales.
Lo que parecía, en ese entonces, algo reservado a la ficción, hoy, lamentablemente, es posible gracias no a la ciencia, sino a ciertos científicos que juegan a ser Dios.
Debido a los experimentos realizados recientemente en Inglaterra, en donde se ha intentado la fecundación entre especies, logrando "producir" 150 híbridos -individuos con genes humanos y animales-, podríamos llamar a esta nación "La isla del Dr. Moreau", un triste calificativo, visto y considerando la aberración que esto supone.
Ofrecemos este artículo, extraído de infocatolica.com, en donde se analiza en detalle el penoso suceso, presentado falsamente como "avance científico" y llevado a cabo con la falaz pretensión de "curar enfermedades".

Constituye una ofensa para la dignidad del hombres. Es un intento de fecundación entre especies que hasta ahora estaba prohibido por todas las leyes sobre fecundación artificial.La unión hombre-animal, aunque no sea sexual, representa uno de los horrores que siempre han provocado el rechazo de la ética. Cada vez que se ha roto la barrera hombre-animal se han visto consecuencias muy graves, incluso involuntariamente.
Me he manifestado en el Parlamento en contra de la creación de híbridos humano-animales por una cuestión de principios. Ninguno de los científicos que se presentaron para rendir cuentas puderon dar justificación alguna en términos de tratamiento.Éticamente no puede justificarse de ninguna manera, nos desacredita como país. Se está manoseando con lo grotesco. Lo único que han sido capaces de esgrimir es que si les permitimos hacerlo vamos a encontrar cura para todas las enfermedades conocidas por la humanidad. Eso es chantaje emocional.De los 80 tratamientos y curas que se han producido a partir de células madre, todos (sin excepción) han llegado a partir de células madre adultas —no embrionarias—
Estoy horrorizado con lo que ha pasado, no sabía nada. ¿Por qué lo han mantenido en secreto? ¿Por qué si están orgullosos de lo que hacen hemos de recurrir a una sesión parlamentaria para que salga a la luz?El problema es que muchos científicos quieren experimentar por experimentar, y eso no es razón suficientemente buena.
hay que pedir una especie de conversión de los medios de comunicación: en vez de obedecer a las indicaciones de los grupos interesados, deben obedecer a la verdad para no crear ilusiones, con objetivos de compasión humana, sobre caminos que no han ofrecido todavía ningún resultado.
miércoles, 20 de abril de 2011
La ciencia sin conciencia lleva al hombre a su ruina

EL PROGRESO NEGATIVO : LA CIENCIA SIN CONCIENCIA
Cuando se habla de progreso esta palabra generalmente es interpretada como algo constructivo. Sin embargo no siempre es así: a veces el progreso puede tener un sentido totalmente opuesto, y esto es quizás lo que le está sucediendo a la humanidad con el progreso material exento de otro orden de valores.
Cuando al hombre se le prohibió comer del árbol de la ciencia del bien y del mal (Génesis cap.2 vers.17) quizás estaba implícito en este mandamiento la condición de una madurez moral y espiritual superior que permitiera dar al conocimiento un sentido adecuado de acuerdo a los propósitos Divinos. No ocurrió así, y en consecuencia, impulsado por la ambición, el conocimiento llegó al hombre prematuramente, antes que la madurez requerida para usarlo sin riesgos, convirtiéndose a causa de ello en un poderoso factor de decadencia.
Hace algún tiempo 91 sabios y científicos estadounidenses, entre ellos según la información varios premios Nobel, se pusieron de acuerdo para llamar la atención de la humanidad sobre los graves peligros que la amenazan generados por la civilización, advirtiendo que si no se revertía rápidamente el proceso, la vida sobre el planeta estaría seriamente amenazada. Fue un llamado dramático que no obstante pocos parecen estar dispuestos a escuchar.
Esta voz de alerta dada por quienes tienen mayor posibilidad de ser atendidos en este aspecto, ha venido siendo formulada desde hace mucho tiempo por quienes, entre los cuales me encuentro, hemos venido observando el deterioro que a instancias de los intereses inmediatos, se ha venido causando al ecosistema. Ahora sólo cabe esperar que la palabra autorizada y atendible no llegue demasiado tarde, cuando el mal sea irreversible, y tenga la debida recepción y acatamiento por quienes tienen en sus manos el timón del barco, aunque cabe preguntar: ¿quién o qué que no sea un poder superior puede detener a esta altura de los acontecimientos la monstruosa maquinaria que es la civilización materialista la cual, en esencia, no deja de ser una barbarie tecnificada? ¿Quién está dispuesto a renunciar a los interés creados aún a sabiendas de que al no hacerlo está labrando su propia destrucción? Por otra parte, un cambio de sentido implicaría la necesidad de modificar las cuatro o cinco características constantes del ser humano que han determinado su accionar y que aún cuando varíen los elementos de que se sirven, provistos precisamente por el conocimiento técnico y científico, son las que han determinado el sentido de este proceso.
Ya en el siglo pasado Federico Nietzche, apelando a una extraordinaria síntesis, planteo el siguiente contrasentido. Dijo: “pero al hombre no le es dado ser cangrejo, es necesario que avance en la decadencia”. Los admiradores de la actual civilización se niegan a aceptar esta realidad. Tienen la convicción de que el hombre es la medida de todas las cosas y que todo lo que hace está bien, no aceptan otros parámetros que pondrían en evidencia los errores y desaciertos. Tienen concentrada la mirada en los bienes materiales y las maravillas de la técnica y a causa de ello están ciegos para la Luz que pone de manifiesto la finalidad de la vida y delatan los peligros que en la actualidad acechan a la humanidad.
En el caso de que, tomada conciencia colectiva del peligro a que el propio accionar humano nos ha enfrentado y si se decidiera retroceder en el proceso, unos de los escollos más difíciles de sortear sería quizás la dependencia de los sistemas implementados a que ha sido sometido el hombre, los cuales, por otra parte, cada vez lo alejan más del orden superior de la vida y el universo. Es necesario tener en cuenta que el proceso material en que estamos inmersos no está al servicio de los intereses superiores de la humanidad sino que es una consecuencia de determinados intereses los cuales no tienen para nada en cuenta las consecuencias que pueden generar en aspectos más profundos y vitales de la existencia.
Un ejemplo de ello son las consecuencias nefastas que puede tener a determinado plazo la proliferación de los generadores atómicos de energía y los desechos radioactivos que los mismos producen.
Tampoco, como consecuencia de su aplicación especulativa, nuestros conocimientos han seguido el mejor camino: se sabe mucho de lo material pero se ignora o se desestima en gran medida lo espiritual siendo que en este campo hay potencias muy superiores a las físicas; se conocen los más grandes secretos del cuerpo pero se desconoce lo más elemental del alma: se da más valor a los medios que a las finalidades y se confunden los primeros con los objetivos. De este modo se ha conformado una civilización falsa y lo peor es que parece no advertirse: partimos de una premisa falsa y a través de un desarrollo lógico inexorablemente, a causa de ello, llegaremos a un desenlace erróneo ¿será el significado de la manzana del paraíso? El hombre se dejó tentar y la mordió y una vez que lo hizo no pudo evitar comerla. Si es así junto con la manzana el hombre se está devorando así mismo. Pese a ello debemos mantener encendida la fe en la promesa bíblica del triunfo de la verdad sobre el error.
E. A. P.
Revelaciones Marianas
(Tomado de Revelaciones Marianas: revelacionesmarianas.com)
miércoles, 23 de febrero de 2011
¿Es mala la ciencia para el hombre?

Es decir, la ciencia humana ha contribuido, en gran medida, con sus descubrimientos, a la creación de una sociedad en la que el ser humano es víctima de los “avances” científicos.
¿Qué se puede decir de esto? ¿A qué conclusión se arriba? ¿La ciencia es “mala”? Y si la ciencia es mala, ¿entonces no se debe hacer ciencia?
Una conclusión de este tipo sería errónea.
La ciencia no es mala en sí misma. Intrínsecamente, no es ni buena ni mala. Es, simplemente, un producto de la inteligencia humana, que puede ser convertido en bueno o malo, según el uso que se le dé. Entonces, en el caso del que estamos hablando, es decir, en la constatación fáctica de que la ciencia –y la tecnología- ha contribuido a construir la cultura de la muerte, es claro que se debe a que los hallazgos científicos han sido orientados en una dirección equivocada, o más bien, han sido “des-orientados”. Esto sucede cuando los medios no se utilizan para alcanzar un Fin, sino que ellos mismos se convierten en fines secundarios que no conducen a ninguna parte. La investigación científica produjo la actual cultura de la muerte porque no fue orientada hacia un Fin Último; por el contrario, ella misma, la investigación, se convirtió en el único fin a perseguir.
Si la investigación científica hubiera estado orientada por la consecución de un Fin Último -en el que el hombre encuentra su felicidad y su realización plena-, no solo nunca hubiera llegado la humanidad a vivir en la cultura de la muerte, sino que habría construido una cultura de la vida, en donde el bienestar de la vida humana –de las personas humanas que tienen vida- sería el objetivo por el cual trabajarían todas las naciones de la tierra.
La siguiente reflexión trata acerca de cómo los actos humanos –como la investigación científica- deben estar guiados por un Fin Último en el cual el hombre alcance la felicidad.
No se trata entonces de no hacer ciencia, sino de orientarla –como a toda actividad humana- hacia un Fin que se identifica con el Bien en sí mismo y es fuente de la felicidad para el hombre y que, en el lenguaje religioso, se llama “Dios”.
Obrar por un fin, obrar por la felicidad
El movimiento y la acción es algo propio de quien está vivo. La vida se manifiesta por el movimiento, por la acción. El hombre actúa, obra, y en su actuación, demuestra que está vivo. La vida humana se manifiesta entonces por actos, movimientos, humanos, es decir, por actos realizados consciente y libremente[1].
Ahora, ¿por qué obra el hombre? ¿Dónde se origina su actuar? ¿Qué busca el hombre cuando obra?
Todo hombre obra movido por un deseo, y toda acción humana implica un deseo de alcanzar algo. En la base del movimiento y de la acción, está el amor a algo: el deseo.
Cuando un hombre obra racionalmente, desea o busca un fin, es decir, algo en donde termina su deseo.
“Toda acción que realiza un hombre, la realiza porque quiere alcanzar algo con ella. En el trasfondo de cada acción se encuentra un deseo de alcanzar algo que explica el sentido de la acción: actuar es buscar algo. Y se busca porque se desea aquello. Aquello que se busca es el término de un deseo. Se llama “fin” o “bien” al término de un deseo, a lo que está finalizado un deseo. “Bueno es aquello que todos apetecen”, decía Aristóteles. El bien es algo bueno que deseo, y es el fin, porque termina mi deseo cuando lo consigo.
El Fin, o el Bien, es algo capaz de atraer, capaz de encender mi deseo. Pero hay que tener en cuenta que algo es bueno, y por lo tanto puede ser el fin de mi acción, sólo cuando interviene la razón. Bien es algo que es juzgado como bueno por mi razón (no hay ningún bien al margen de la razón; hay sí bienes superiores que no puedo medir con la razón, pero nada es bueno si es contrario a la razón. Es la razón la que me indica dónde hay un bien verdadero y no falso). El bien a su vez es en donde termina mi deseo, por eso es mi fin, y es en donde “descanso”, en el sentido de haber conseguido una cierta felicidad.
El bien que mueve a mi deseo no es propiamente una “cosa” sino una actividad en relación con cosas. Cuando uno desea montar a caballo –o jugar al fútbol- su deseo se dirige a la actividad de “montar a caballo”, no directamente al caballo mismo. Por eso hay que distinguir dos tipos de bienes, para saber cuál es el que mueve mi deseo: el bien ontológico, que indica a la cosa en su perfección y en su bondad, que por esta perfección y por esta bondad que podemos percibir, es capaz de atraer, y el bien práctico, esto es, un tipo de actividad. Entre ambos existe una relación estrecha, ya que se trata de “montar a caballo” (bien ontológico-bien práctico), pero lo que es propiamente el término del deseo es el bien práctico”[2].
Entonces: a la base de mi obrar, está el deseo, el amor a algo; ese deseo o amor a algo, me lleva a buscar ese algo, me lleva a obrar, a buscar lo que no tengo; ese “algo” que busco es algo que he juzgado con mi razón que es bueno; el bien que deseo no es una cosa –el caballo o la pelota de fútbol-, sino una actividad –montar a caballo, jugar un partido con los amigos-; cuando consigo ese bien, termina mi deseo, y soy feliz. En el fin que desea alcanzar, el hombre entrevee su felicidad, porque es algo bueno. Fin, bien y felicidad, coinciden.
Entonces, actúo y me muevo porque deseo un bien, un fin, y cuando lo encuentro, termina mi deseo y finaliza mi acción. Sin embargo, luego deseo otro fin, y me muevo para conseguirlo, y así sucesivamente. Continuamente me muevo para conseguir fines y bienes.
¿Hay algún Fin Último que sea como el motor de mi movimiento?
LOS FINES INTERMEDIOS ME CONDUCEN AL FIN ÚLTIMO
Hay un Fin Último, que actúa como el motor de mi movimiento, y es Dios. ¿De qué manera ese Fin Último actúa como motor de mi movimiento?
El fin último del hombre es Dios, porque el hombre ha sido creado para conocer la Verdad con su inteligencia, para amar el bien con su voluntad, y para gozar en la posesión del Bien y de la Verdad, y como Dios es la Suprema Verdad y el Bien Infinito, sólo en la posesión de Dios el hombre encuentra satisfecho su deseo natural de felicidad. y sólo en Él alcanza el hombre el estado de felicidad absoluta y perfecta, en el que ya no desea ninguna otra cosa[3]. Por eso, el fin último propio del hombre es dar gloria a Dios por el conocimiento y el amor[4]. Al contemplar a Dios, el hombre es absolutamente feliz, porque la hermosura infinita del ser divino sacia completamente la sed de felicidad del hombre, y éste no desea nada más. Al conocer y amar a Dios, al gozar de su compañía y de su amistad, el hombre alcanza el fin último para el que ha sido creado, encuentra en Dios su Bien Supremo, y su felicidad total, absoluta y definitiva[5]. El conocimiento y el amor de Dios producen en el hombre un estado de felicidad perfecta e interminable, porque ya no desea nada más y porque no tiene temor a perderlo[6].
Este conocimiento y amor de Dios no se dan en esta vida, porque aquí no podemos ver a Dios tal cual es, y por eso es que en esta vida esa felicidad absoluta y total que proporciona la visión y la amistad de Dios, no existe; sí en la otra vida, pero aquí no.
Si la felicidad absoluta no existe en esta vida, ¿eso quiere decir que de ninguna manera existe entonces la felicidad en esta vida?
Es verdad que la felicidad total y definitiva, tal como la experimentan los bienaventurados en el cielo, gozando de Dios, Fin Último, no existe en esta vida. Sin embargo, hay una felicidad imperfecta, porque aquí ya podemos empezar a conocer y amar a Dios. La felicidad será tanto mayor cuanto mayor sea el conocimiento y el amor de Dios. Conociendo y amando a Dios, ya en esta vida, empezaré a poseer ese Fin Último que es mi Bien y mi Felicidad eterna en la otra vida.
¿Cómo puedo conocer y amar a Dios, mi Fin Último, en esta vida?
Además de la oración y de la práctica de los sacramentos –en donde está Dios en Persona-, aprendiendo a reconocer que las cosas buenas y verdaderas son buenas y verdaderas porque participan de Dios, y que me pueden conducir a Dios y por lo tanto, pueden hacerme feliz. Deseando esas cosas buenas, deseo en realidad mi Fin y Bien Último.
Hay cosas buenas y fines buenos intermedios, que son buenos porque participan de la bondad de Dios, que me conducen al Fin Último y que me pueden dar pequeñas felicidades, como un anticipo de la felicidad última y definitiva. En esta vida entonces existen pequeñas felicidades y fines intermedios, que son buenos porque participan del Fin Último y de la Felicidad suprema, que pueden darme algo de felicidad.
Hay en esta vida una escalera de fines buenos y de pequeñas felicidades, que me llevan al Fin Último y Felicidad suprema, Dios.
¿Cómo descubrir esos fines intermedios y buenos que me llevan al Fin Último?
Pongamos un ejemplo[7]: “Si yo veo a un compañero sentado sobre su escritorio, y le pregunto: “qué haces?”, su respuesta indicará, no el hecho de estar sentado, o de mirar un libro, sino el “por qué está sentado”, esto es, “estoy leyendo” o “estoy estudiando”. Su acción “estar sentado”, “mirar un libro”, está finalizada a una actividad, no a un libro: ésta es “estudiar”. Y ello, porque ha juzgado como bueno estudiar, y juzgándolo como bueno, ha producido el deseo racional de estudiar.
Si la pregunta es: “¿Porqué estudias?”, su respuesta puede tener un doble camino:
-Indicar un fin superficial de su actividad: “aprobar el examen de Ética”, se trata de un fin que tiene sólo una dimensión exterior, que no lo perfecciona como persona, y que no lo conduce al Fin Último.
-Pero su respuesta puede indicar no un fin superficial, sino un fin trascendente, que lo perfecciona como persona y que lo conduce al Fin Último: “estudio para aprender”.
Pero puedo seguir preguntando: “¿porqué quieres formarte?”, y su respuesta podría ser: “quiero conocer la verdad de tal problema”, o “quiero ayudar al hombre a clarificar su inteligencia, darle luz sobre los problemas centrales de la vida”.
Así, preguntando, paulatinamente, llegaríamos a ver cómo existe una graduación de finalidades, y cómo se da un fin último que justifica todos los demás fines: “quiero conocer a Dios”, o “quiero evangelizar”. “¿Y porqué querés conocer a Dios y querés evangelizar?” “Porque he visto que en la amistad con Dios, que es mi Fin Último, está mi felicidad, y quiero hacer participar a todos mis hermanos de esta felicidad”.
Esta actividad –conocer y amar a Dios como mi Fin Último que me da la felicidad definitiva-, es una actividad –un bien práctico- que no se justifica por ninguna otra, y por eso es digna de ser amada por sí misma. Es así como “mi persona” alcanza una vida lograda, digna de ser amada por sí misma: en la amistad con Dios, sirviendo a los demás. Alcanzo el fin y el bien último –Dios- por medio de fines y bienes intermedios –estudiar y ser amigo de los hombres, mis hermanos”.
En las acciones intermedias que tienden al fin, el hombre entrevee algo bueno, que lo lleva a ese fin último que es el Bien Supremo. Puedo llegar al fin último a través de fines intermedios, y así alcanzar una vida lograda. Para ello se precisa que en toda acción yo actúe siguiendo la razón, la cual me indica el bien, ya sea ontológico (la cosa) o práctico (la actividad).
El deseo del Fin último y de la felicidad verdadera está presente en los fines y bienes intermedios. Los fines intermedios son buenos y verdaderos porque participan del Fin Último, Bueno y Verdadero.
El corazón humano, en cada cosa amada, desea aquél bien absoluto –el Fin Último, que es Dios- que lo hace feliz[8]. Las cosas buenas y verdaderas de la vida, son buenas y verdaderas –y por lo tanto pueden darme algo de felicidad- porque participan de la bondad y de la verdad de Dios, Sumo Bien, Suma Verdad, y Suma Felicidad: “interrogarse sobre el bien significa dirigirse en última instancia a Dios, plenitud de la bondad. “¿Porqué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno sólo es bueno” (Mt 19, 17). Jesús muestra que la pregunta del joven es en realidad una pregunta religiosa y que la bondad que atrae al hombre tiene su fuente en Dios mismo, el único digno de ser amado “con todo el corazón, con toda el alma” (Mt 22, 37)”[9].
Hay un Fin y un Bien Último que actúa como motor de mi movimiento, porque está presente de alguna manera en los fines y bienes intermedios que busco y deseo.
¿Actuar como persona o hacer algo mecánicamente?
La búsqueda del Fin Último en los fines intermedios que me perfeccionan como persona
¿Qué busco cuando actúo? ¿La perfección de mi persona, o la simple modificación de las cosas que están fuera de mí? Una misma acción puede perfeccionar mi persona, y por lo tanto conducirme al Fin Último, o bien puede no perfeccionarme, sin dejar nada en mi interior, produciendo sólo una modificación exterior de las cosas. En un caso, la acción se llamará “actuar” –cuando lo actuado por mí me perfeccione como persona-; en el segundo caso, la acción se llamará “hacer” –cuando lo obrado por mí provoque sólo una modificación exterior de las cosas, pero sin perfeccionarme en mi interior. ¿Dónde se da el paso que hace que una obra se llame “actuar”, y no “hacer”? ¿Qué es lo que hace que una misma acción me perfeccione o me deje vacío como persona?
La acción que realiza el hombre tiene dos dimensiones que pueden ser vistas con dos ojos: el derecho y el izquierdo[10]. Cuando alguien realiza algo, ese “algo” obrado, tiene dos dimensiones o “lados”. No es que sean dos acciones distintas, sino dos aspectos de una misma y única acción: un primer aspecto, un primer “lado” de la acción, es lo que se observa exteriormente, es la dimensión exterior, que produce un determinado estado de cosas: es la actividad transitiva. Es una acción que transforma el mundo, que tiene un efecto “fuera” del sujeto que la realiza, pero que no perfecciona interiormente a la persona, ni tampoco la conduce al Fin Último. Sería como actuar “mecánicamente”, como un robot en una línea de producción de una fábrica. Es el lado del “hacer” (o “facere”). Este lado es exterior, superficial, no deja nada en el interior.
El otro “lado” o dimensión de la acción que realiza el hombre, que no se observa exteriormente, es lo que esa acción produce interiormente, en el interior de la persona: es la dimensión interior o actividad inmanente –se llama así porque queda dentro de la persona, pero que también puede ser llamada trascendente, porque lleva a la persona al Fin Último. Esta acción produce un resultado, pero ese resultado queda en el interior de la persona, perfeccionándola, transformándola y haciéndola crecer espiritualmente, como persona. Esta acción le permite a la persona realizar lo que puede y quiere llegar a ser. Es la acción vista como “actuar” (o “agire”).
Se trata entonces de dos “lados” o dimensiones de la acción, no de dos tipos distintos de acción. La acción que nos interesa desde la ética, es la segunda, es decir, la acción vista como “actuar” (o “agire”). ¿Por qué nos interesa este “lado” de la acción? Porque esta acción transforma a la persona, la hace crecer interiormente, y si la hace crecer, es un fin intermedio que la conduce al Fin Último. La acción inmanente, que queda en el interior de la persona, transforma desde adentro a la persona. Así, aquel que decide estudiar para ayudar a los demás, o el que decide estudiar para evangelizar, produce una acción que es un actuar que lo transforma en alguien bueno, ya que la actividad práctica –el bien práctico- que eligió es buena: ayudar a los demás, como la Madre Teresa de Calcuta, es una acción inmanente buena que la perfecciona como persona. Realizando una actividad práctica buena, la persona se transforma en una persona buena. Mis acciones me transforman, por eso puedo convertirme según sea lo que actúo.
Ahora bien, podríamos preguntarnos: esta acción, ¿sólo puede perfeccionar? No, hay que tener en cuenta que esta acción interior, también puede transformar a la persona en un sentido negativo. Pongamos un ejemplo: quien decide robar un dinero, no sólo produce un mal a otro hombre, sino que él mismo se convierte en ladrón. En este caso, el actuar lo transformó en sentido negativo, porque la actividad práctica que eligió ejecutar, era mala: robar.
Es decir, como personas humanas, somos seres subsistentes, que luego de ser creados, somos por nosotros mismos. Pero necesitamos perfeccionarnos continuamente, y esa perfección la obtenemos por nuestra actuación libre. De acuerdo al bien que elija, me voy a elegir a mí mismo en mi modo de existir; de acuerdo al bien que elija, voy a “construir” mi modo de existir: puedo elegir construirme como padre, o como amigo, o como ladrón, o como mentiroso.
[1] Cfr. Ángel Rodríguez Luño, Ética General, EUNSA, Pamplona 1986, 59.
[2] Noriega, Ética general, 6.
[3] Cfr. Rodríguez Luño, Ética General, 67.
[4] Cfr. Rodríguez Luño, Ética General, 67.
[5] Cfr. Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, q.
[6] Cfr. Rodríguez Luño, 73.
[7] Cfr. Noriega, Corso di etica generale, Roma 2002, 6.
[8] Cfr. Livio Melina, Cristo e il dinamismo dell’agire, Mursia, Roma 2001, 22.
[9] Cfr. Juan Pablo II, Carta Encíclica Veritatis splendor sobre las relaciones entre fe y razón, 9.
[10] Cfr. Noriega, ibidem, 10ss.
lunes, 10 de enero de 2011
¿Por qué la Iglesia se opone a la ciencia?

¿Por qué
¿No demuestra con esto
La respuesta a todas estas preguntas pueden articularse en tres grandes ejes: el valor inconmensurable de la vida humana, la dignidad de la persona humana, y la grandeza del amor esponsal.
Es para respetar el valor inestimable que como persona humana tiene el cigoto unicelular, que
Pero en este caso, además de eliminar o congelar a los hermanos del embrión seleccionado, avasallando el derecho a la vida que cada uno tiene, se avasalla otro derecho humano del embrión, y es de nacer en el ámbito del amor esponsal. En efecto, cada ser humano, por su dignidad intrínseca, más allá de su condición racial, de su edad, de su sexo, de sus cualidades, muchas o pocas, tiene DERECHO a nacer el ámbito del amor de los esposos, es decir, como “consecuencia” del acto sexual reproductivo entre el esposo y la esposa, que es unitivo y procreativo a la vez; cada ser humano tiene derecho a nacer como fruto del amor de los esposos, comunicado en el acto reproductivo realizado en el ámbito del matrimonio, y no como resultado de un frío proceso aséptico, llevado a cabo en el ámbito de un laboratorio.
Ésta es la razón por la cual
Por otra parte, cuando se recurre al "cientificismo irracional" -lo cual es una paradoja, porque el cientificismo se vanagloria, precisamente, de ser "racional"-, se da a lugar a situaciones vitales que no encuentran respuesta, ni la podrán encontrar jamás. Por ejemplo: ¿dónde están la madre y el padre de un bebé clonado? ¿Dónde está el padre donante de los espermatozoides de un bebé nacido por fecundación in vitro? Si dos personas del mismo sexo, varones o mujeres, deciden alquilar un útero, comprar el semen y el óvulo necesarios para la fertilización, para obtener un “hijo”, ¿de quién es ese hijo? ¿Cómo explicar a ese niño que nació por una actitud egoísta y no por amor? ¿Cómo explicarle que él salvó su vida “por casualidad”, o porque el técnico del laboratorio decidió que él era viable, mientras que sus hermanitos fueron eliminados o congelados?
El otro derecho que se avasalla, es el de las personas-embriones consideradas “no viables” o “no aptas” para la fecundación: se los elimina y, por lo tanto, se les conculca el primer derecho de toda persona humana, que es el derecho a la vida.
Con respecto a la eutanasia, la Iglesia no puede hacer otra cosa que oponerse, puesto que se trata de un asesinato -o suicidio- encubierto y disfrazado de piedad y de amor, en el que se desconoce el derecho a vivir, y el valor salvífico del sufrimiento humano, cuando es unido a Cristo en la cruz.
Vemos entonces que la oposición de
La oposición de
Un último argumento por el cual
La pregunta, entonces, no es "¿por qué la Iglesia se opone a la ciencia?", porque la Iglesia no se opone ni a la ciencia, ni al progreso del hombre, sino todo lo contrario, debido a que la ciencia, como fruto de la inteligencia humana, es un don de Dios, ya que Él creó al hombre con una inteligencia capaz de hacer ciencia. La Iglesia no se opone a la ciencia: se opone, sí, con todas sus fuerzas, al "cientificismo", es decir, a la ideología que, falsificando la legítima y verdadera ciencia humana, se erige en dueña de la vida y de la muerte del hombre, sumiéndolo en un mar de desgracias y de dolores.
No puede el hombre, amparado en un falso cientificismo, avasallar los derechos del embrión, avasallar los derechos de Dios sobre el hombre, desplazar a Dios del medio, y jugar a ser Dios.
