El cigoto, es decir, el ovocito fecundado por un espermatozoide, es ya una persona humana, con un acto de ser, con un cuerpo y con un alma, y por lo tanto, su primer derecho humano es el derecho a vivir

martes, 25 de enero de 2011

Masculinidad y femineidad en el pensamiento de Juan Pablo II




La siguiente es una meditación sobre la masculinidad y la femineidad basada en la obra de Su Santidad Juan Pablo II "El amor humano en el plan divino".

a. Diferenciación y complementariedad de los sexos

El hombre es creado varón y mujer: la “alteridad” es propia de la especie humana

Del análisis de las catequesis de Juan Pablo II sobre la sexualidad humana[1], hemos visto que el hombre ha tenido como “dos” creaciones: una primera, como varón, en estado de soledad relativa –ya que tiene por amigo a Dios-, y una segunda creación, esta vez definitiva, como varón y como mujer.

Antes de profundizar en el significado de estas dos creaciones, es necesario tener en cuenta un elemento esencial en el hombre, que es su espíritu: en la consideración de la creación del hombre es importante considerar su elemento espiritual, ya que este elemento espiritual, su alma, lo lleva a no quedarse encerrado en sí mismo, sino que, por el contrario, lo conduce a la salida de sí hacia el otro, entendido este como alguien distinto a él, con capacidad, igual que él, de proyección hacia afuera de sí. El hombre es creado en tensión constitutiva: naturalmente, tiende a la comunión de personas, es decir, tiene tendencia natural a establecer una comunión con otros seres espirituales igual que él. Esta posibilidad de la comunión de personas lo lleva a trascenderse a sí mismo, a superar sus propios límites y márgenes, a traspasarlos y a entrar en relación de amistad con otros seres espirituales como él. En esto consiste la “comunión de personas”.

En el origen, en el momento de la creación, en el origen, el hombre es creado de manera definitiva en la bipolaridad varón-mujer. Esta bipolaridad constitutiva de la especie humana, es lo que se conoce como “alteridad”, y es lo que permite una forma de trascendencia.

En la segunda creación, la definitiva, se da la “alteridad” como característica primordial de la especie humana: el hombre es creado como varón y como mujer, y el uno se presenta al otro como “el otro”. Esta presencia del “otro” –la alteridad propiamente dicha-, es lo que lleva a la posibilidad de la auto-trascendencia en la plena donación de sí. La “alteridad”, la creación del “otro”, que se encarna como varón para la mujer y como mujer para el varón, se presenta como la posibilidad de la auto-trascendencia, al tener delante de sí al “otro”, que tiende a la comunión y que a la vez invita a la comunión. El “otro” es el estímulo para la partida fuera de sí, y a la vez, el punto de arribo.

En esta alteridad, como consecuencia de la bipolaridad varón-mujer, aparece en el horizonte del hombre el amor esponsal, el cual tiene características particulares que lo diferencian de otros modos de trascendencia, como el amor de amistad. Hay que aclarar que la alteridad no se refiere sólo a la otra forma de encarnación, sino que se refiere también a Dios: Dios se presenta como el “otro”, con quien se puede establecer una relación de amor de tipo esponsal, que lleva a la plena donación de sí.El amor esponsal, propio de la alteridad –aunque no exclusiva de la bipolaridad varón-mujer ya que se da plenamente en la bipolaridad hombre-Dios-, lleva a la donación total de sí mismo y a la auto-trascendencia. De ahí que tanto el matrimonio (varón-mujer) como la vida consagrada, tratándose de dos bipolaridades de distinto orden, posean las mismas características de amor esponsal, y lleven a la donación de sí en la entrega al “otro” (Dios en el caso del consagrado, el varón o la mujer en el caso del hombre).

En el caso de la bipolaridad varón-mujer, la alteridad se presenta con esta característica: al tener delante de sí al “otro” –el varón a la mujer y la mujer al varón-, se abre la posibilidad, siempre que exista el amor de tipo esponsal, de la donación plena, corporal y espiritual, y por lo tanto, de la plena realización de sí en la trascendencia.

Si no hay alteridad, no hay amor esponsal y no hay posibilidad de apertura al otro, y el hombre queda encerrado en sí mismo: sin amor esponsal, la trascendencia se frustra y se convierte en inmanencia.

b. El ser sexuados: femineidad y masculinidad

La alteridad de varón-mujer se caracteriza por la corporeidad sexuada

La alteridad en la bipolaridad varón-mujer –la presencia del otro- se caracteriza por una forma distinta de encarnación del ser hombre: varón y mujer. El ser cuerpo y espíritu es propio del ser humano, pero también es propio el ser cuerpo sexuado. De esta manera, la sexualidad, en la alteridad, se presenta como una característica esencial de la especie humana. El hombre no ha sido creado ni puramente varón ni puramente mujer, sino como varón y como mujer, es decir, como dos formas distintas de encarnar una misma naturaleza humana.

La corporeidad sexuada es un don para el otro, ya que permite la expresión del espíritu y la comunión de personas

Esta creación de la especie humana, como alteridad bipolar y como corporeidad sexuada, al presentar estas dos formas distintas de sexualidad, representa en sí misma un don para la especie, ya que es lo que permite que tanto el varón como la mujer, al entregarse mutuamente en la donación esponsal, lleguen a plena realización en la comunión de personas. El cuerpo sexuado –masculino o femenino- es un don dentro de la bipolaridad porque es a través del cuerpo sexuado –a través de la masculinidad y de la femineidad- que el espíritu humano puede expresarse en su tendencia constitutiva a la comunión de personas[2]. En otras palabras, la masculinidad y la femineidad, entendidos como corporeidades sexuadas, son la expresión del espíritu, y los medios por los cuales el varón y la mujer tienden a la comunión interpersonal. La masculinidad y la femineidad, es decir, la corporeidad sexuada, tiene un carácter nupcial[3]: tiende y favorece el don de sí en el amor esponsal. Ahora, bien, se debe decir que la corporeidad sexuada, si bien comparte características físico-biológicas similares con seres irracionales, a pesar de un cierto parecido externo –en la genitalidad- se diferencian de estos seres irracionales con una diferencia abismal, ya que como hemos visto, en el ser humano, la corporeidad sexuada es un medio de la expresión del espíritu, lo cual no sucede de ninguna manera en los animales irracionales.

La donación mutua del amor esponsal se manifiesta en la aparición del tercer “otro”: el hijo

El cuerpo humano, en su originaria bipolaridad y alteridad de varón-mujer, es fuente de fecundidad y de procreación. La unión esponsal de la bipolaridad desemboca naturalmente en la aparición de un tercero: el hijo. Ahora bien, esponsal, significa amor de donación plena y total, que se da solo en la bipolaridad y en el matrimonio, es decir, cuando se ha decidido la entrega mutua, como don mutuo, tanto del espíritu como de la propia corporeidad sexuada. Solo en la alteridad de la bipolaridad varón-mujer se da el amor con características esponsales, y solo en esta alteridad esponsalicia, surge naturalmente el tercer otro, el hijo.

El hijo como la manifestación y la coronación del amor esponsal del varón y de la mujer

La constitución espiritual del hombre hace que tienda a la comunión de personas; esta comunión de personas, en la bipolaridad varón-mujer, posee un elemento cualitativo que surge del mismo espíritu, y que es el amor espiritual esponsal, es decir, el tipo de amor que se establece entre los espíritus que están encarnados en las dos corporeidades sexuadas diferentes: el varón y la mujer. El amor esponsal, de raíz espiritual, que se expresa a través de la corporeidad sexuada de la bipolaridad, tiene su coronación y su manifestación más plena y auténtica en la aparición del hijo.

El hijo es el fruto del amor esponsal de la bipolaridad, y debido a la altísima dignidad que cada persona humana posee, por ser imagen y semejanza de Dios, sólo este amor esponsal, originado en los espíritus de la bipolaridad y expresado a través de sus corporeidades sexuadas, es el único lugar digno para su nacimiento. La altísima dignidad de la persona humana hace que cualquier otro lugar, que no sea la bipolaridad varón-mujer, en el contexto de la donación esponsal matrimonial, sea acorde a su dignidad. Solo la –a su vez- altísima dignidad del amor esponsal de la bipolaridad es el origen adecuado para el nacimiento de la persona humana. De ahí que los métodos artificiales de concepción, al carecer de estas condiciones de dignidad y de amor esponsal bipolar, sean inadecuados para recibir a la dignidad de una persona humana.

c. Sexualidad y conformación estructural de la persona

Auto-trascendencia y plenitud de sí en la donación esponsal: la felicidad en el amor al “diferente”

El espíritu humano, encarnado en dos corporeidades diferentes –masculinidad y femineidad- tiende a la auto-trascendencia por medio de la donación de sí. Esta donación de sí se da en su plenitud sólo en la alteridad, es decir, en el amor al “diferente”, y es en esta donación plena, cada miembro de la bipolaridad encuentra su felicidad. La constitución de la bipolaridad es lo que constituye la posibilidad de la felicidad personal, ya que es lo que permite que el espíritu humano se done al otro en su totalidad, sin reservas.

El matrimonio en la bipolaridad varón-mujer: la puerta abierta a la vida

Por su propia naturaleza, la bipolaridad varón-mujer está abierta a la vida. La mutua donación de la bipolaridad, siempre en el contexto del amor esponsal como lugar digno de la dignidad del hijo, permite la aparición de una nueva vida humana, que enriquece con su ser a la misma bipolaridad, que amplía su comunión de personas, al instalarse una trinidad de personas, es decir, al iniciarse el núcleo familiar, en el paso del matrimonio a la familia nuclear.

Imposibilidad de la donación y la consiguiente auto-trascendencia en uniones de un mismo sexo

De esto se comprende que en las uniones entre individuos del mismo sexo, no exista la posibilidad de la auto-trascendencia y de la plena realización, es decir, de la felicidad. La ausencia de bipolaridad, cuando se pretende imitarla y suplantarla por sucedáneos constituidos por uni-polaridades –individuos del mismo sexo- imposibilitan el acceso a la felicidad personal, al bloquear la posibilidad de la auto-trascendencia.

El amor de amistad

El hecho de que el espíritu se auto-trascienda y se realiza en la unión con el otro, diferente, movidos por el amor esponsal, no significa que no exista otro modo de trascendencia. Esta trascendencia se verifica en un amor que no es esponsal, sino de amistad, y puede darse sí con total legitimidad entre individuos del mismo sexo. Es obvio que las expresiones del amor de amistad, que surgen del espíritu, no se expresarán por la corporeidad sexuada y que no desembocarán en la aparición de un otro, el hijo, y sin embargo, el amor de amistad, siendo un amor lícito y puramente espiritual, contribuye y favorece la auto-trascendencia y el don de sí en favor del amigo.


[1] Cfr. Juan Pablo II, El amor humano en el plan divino, Fundación Gratis Date, Pamplona.

[2] Cfr. Juan Pablo II, ibidem, 32.

[3] Cfr. Juan Pablo II, ibidem, 32.

viernes, 21 de enero de 2011

El médico, figura de Cristo Médico Divino


La profesión médica es una profesión digna y noble, y su dignidad le viene no tanto por ella misma, sino por el objeto con el cual tiene que tratar, y ese objeto no es un objeto cualquiera, sino que es el ser humano.

El ser humano es la creatura más digna sobre la faz de la tierra; su dignidad se debe al haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, y la imagen de Dios impresa en él es su espiritualidad y su tendencia natural a establecer una comunión de personas –Dios es Espíritu Puro y es comunión de Personas, las Personas de la Trinidad, y estas son las dos semejanzas con el ser divino que fundamentan la dignidad del hombre. Pero además, el ser humano está llamado a una dignidad mukcho mayor aún, incomparablemente mayor, que es la dignidad de ser hijo de Dios, y está llamado a entrar en comunión, como hijo de Dios, con la Trinidad de Personas. A la espiritualidad y a la comunión de personas que naturalmente posee, se le agrega, por libre decisión de Dios, una espiritualidad infinitamente mayor, que es la de ser hijo de Dios, y establecer una comunión de personas con la Trinidad.

El médico debe mirar a todo ser humano desde este doble punto de vista, desde esta doble dignidad, la que posee por naturaleza, y la que está llamado a poseer por libre decisión de Dios. De allí que la esencia de la profesión médica sea custodiar, conservar, preservar, curar, acrecentar, esta vida humana, que por estos motivos es única en el universo y que por lo tanto es inapreciable. Una sola vida humana, aún aquella que da señales casi nulas de ser humana[1] –cigoto, embrión, terminales en coma- vale más que todo el universo material, tiene derecho a recibir el créditoy es deber sagrado del médico valorarla como tal y como tal tratarla en su profesión.

De allí también la tarea del médico de oponerse con todas sus fuerzas a la cultura de la muerte imperante en la sociedad materialista y hedonista de hoy, que tiene del ser humano una visión no menos materialista y hedonista. Para la cultura de la muerte, la vida que no tiene utilidad económica debe ser eliminada, no tiene sentido su presencia en la sociedad[2]. Así, se busca de eliminarla desde el nacimiento, desde la concepción, con la píldora del día después, hasta el momento de salir del seno materno, el aborto de parto parcial, y hasta las fases finales de la vida, el comatoso, el anciano, o incluso aquél que posee solo una enfermedad terminal, en las clínicas eutanásicas. Por su naturaleza, la profesión médica forma parte esencial de la cultura de la vida, es la principal constructora de un mundo verdaderamente humano, de respeto y de valoración de la dignidad inestimable de la vida humana, de toda vida humana, empezando por aquella más desprotegida, la que más sufre.

Además, por estas características, es la profesión humana que más se acerca al Oficio divino del Salvador, Jesucristo, que es llamado Médico Divino: curar, aliviar, consolar a la humanidad que sufre.

Curando, aliviando o consolando a la humanidad doliente, y considerándola en su dignidad de imagen de Dios, el médico es una figura de Cristo Médico Divino, que con su misterio pascual de muerte y resurrección no sólo cura la enfermedad mortal del alma, el pecado, sino que es quien concede la dignidad infinita a la vida humana que es hacer de cada ser humano un hijo de Dios.


[1] E. Sgreccia et al., Identità e statuto dell’embrione umano, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1998, 95.

[2] Cfr. Juan Pablo II, Evangelium vitae, ...

jueves, 20 de enero de 2011

Criemos al mono, eliminemos al niño


La propuesta, por absurda e irracional que pueda parecer, es real, y es seguida por la legislación de países enteros. Por ejemplo, en España, se castiga con multas ejemplares a quien tala un árbol añejo –se prevén multas de hasta 500.000 euros[1]-, pero al mismo tiempo, se garantiza la protección de la ley para quien desee eliminar una vida humana en el vientre materno[2].

Este absurdo nació en la mente de un pretendido “científico” llamado Peter Singer, para quien es preferible dejar vivir a un chimpancé, antes que a un niño. ¿Cómo pudo llegar a esta aberrante conclusión?

Veamos cuál es su pensamiento.

Este autor da muestras de su alienación mental en su libro “Liberación animal”, en donde sostiene la igualdad de los seres vivos del planeta, basada esta igualdad en la capacidad que tienen los organismos para sufrir: un ser vivo, con alas o con pelaje, no pueden ser discriminados, así como no se discrimina a alguien por el color de su piel. Además, la inteligencia no justifica la diferenciación entre no humanos y humanos, puesto que hay algunos seres humanos con retraso mental profundo que los equipara a algunos animales, lo cual también se puede formular en sentido contrario: algunos animales poseen un grado de inteligencia tal, que los equipara a los seres humanos con retraso serio.

Para Singer, no se puede hacer distinción entre los seres vivos basados en la inteligencia –y mucho menos en el alma espiritual, que es inexistente para este autor-; la diferencia está dada por el nivel de sensibilidad, lo cual se aplica a su particular concepto de “persona”, que a su vez desemboca en sus aberrantes conclusiones.

Según este autor, un ser vivo adquiere el nombre y el estatus ontológico de “persona” si reúne los siguientes criterios: si se posee auto-conciencia, si tiene un proyecto o deseo de vivir, y si tiene un nivel de sensibilidad que lo capacite para sufrir.

Si alguien reúne estos criterios, entonces es considerado “persona”, y al revés: si alguien no los reúne, no es “persona”. Entrarían en la categoría de “personas”, seres vivos como los grandes monos, por ejemplo, mientras que no serían “personas” los cigotos –persona recién concebida, constituida por un alma espiritual, que anima un cuerpo constituido por una sola célula-, los embriones y los fetos, porque no tienen “proyecto o deseo de vivir”, los enfermos mentales graves, los enfermos terminales en estado de coma irreversible.

Para Singer, entonces, una amplia gama de seres humanos –los embriones, los fetos, algunos niños con grandes deficiencias mentales, enfermos en estado de coma o adultos con formas graves de enfermedades mentales- no son personas, mientras que algunos animales sí son personas.

Tan sencillo como aberrante.

Llevado por su lógica utilitarista, irracional y anti-humana, basada en una antropología falsificada y desvirtuada que rebaja al ser humano a la condición de animal, y que al mismo tiempo eleva al animal a la condición de persona humana, Singer llega al extremo de sostener que sería justificable realizar experimentos con bebés, al igual que con monos, si se aplica la regla de que “el beneficio supera al sufrimiento”. Ahora bien, como realizar experimentos con bebés no es justificable, entonces tampoco lo es hacerlo con animales. El interés de Singer está siempre centrado en la defensa de los animales, en detrimento de los seres humanos.

En su libro Repensar la vida y la muerte, Singer hace todavía más explícita su ideología anti-vida: afirma que el embrión se vuelve “humano” en algún punto posterior a la concepción, pero que no es posible determinar “el” momento en el que comienza la “vida humana”.

Su argumento entonces es que, mientras el feto es a todas luces un miembro de la especie humana, no es sin embargo una persona, porque no reúne los requisitos necesarios para serlo: ser auto consciente que se reconoce a sí mismo en el tiempo, que tiene proyecto de vida, y que es capaz de sufrir.

Singer abre una puerta que nadie puede cerrar, y es la puerta abierta del aborto, desde el período de cigoto al de embriones de varios días de gestación, y abre la puerta a la eliminación, al mejor estilo nazi, de enfermos mentales con retraso grave y de enfermos terminales en estado comatoso, es decir, la eutanasia.

En resumen, para Singer, debido a que todos estos seres vivos no son “personas”, está justificada, ética y moralmente, su eliminación. Las delirantes teorías de Singer abren así las puertas al aborto, al infanticidio, a la eutanasia y a la eugenesia.

Un negro panorama de desolación y muerte acecha a la humanidad en el horizonte, desde el momento que la filosofía utilitarista de Singer ha sido adoptada por la legislación del llamado “Primer Mundo”.


[2] En un gran número de países europeos, el aborto se practica sin restricción alguna. Cfr. http://www.elmundo.es/elmundo/2009/12/02/espana/1259786724.html

lunes, 17 de enero de 2011

Por qué la única familia posible es la formada por padre, madre e hijos


Hoy se pretende instaurar un nuevo “modelo familiar”, muy distinto al modelo familiar conocido por el hombre desde que habita en esta tierra. Al modelo “tradicional” o “clásico” de familia humana, constituido por un papá, una mamá, y los hijos nacidos de su unión –o eventualmente adoptados, pero siempre en este modelo “nuclear”-, se le pretende oponer un modelo que, más que “familiar”, puede llamarse “anti-familiar”, puesto que va en contra de la estructura básica del núcleo familiar.

Hoy en día se le llama “familia” a la unión constituida entre dos padres, o dos madres, que para tener hijos, debido a que la naturaleza lo impide, recurren a la fertilización asistida; otro modelo familiar post-moderno es el de una madre soltera –o un padre soltero- que alquila un útero y engendra sin padre conocido –el último caso resonante fue la “octomadre”-, y esto sin contar con las “familias ensambladas”, engendro de nuestra post-modernidad carente de valores, formada por la unión artificial entre parejas provenientes de sendos divorcios. Además de todas estas “nuevas familias”, se le da el nombre de “familia” a todas las combinaciones posibles o imaginables.

¿Qué decir a todo esto? ¿Se puede aceptar sin más este cambio de paradigma? ¿No corremos el riesgo de parecer retrógados, o carentes de humanismo, si no se aceptan los nuevos modelos familiares, hechos posibles por la ciencia y por una voluntad humana que no se fija en los límites éticos?

Hay muchas razones para sostener que el único modelo familiar viable para la supervivencia de la raza humana en la tierra, es el constituido por la familia clásica o tradicional: un padre, una madre, y los hijos nacidos de esta unión.

Veamos cuáles son esas razones.

La familia humana, la constituida por un padre, una madre, y los hijos, tiene su origen no en la tierra, sino en el cielo, puesto que es imagen de Dios Trinidad, que es Familia en sí mismo, pues está constituido por Personas, unidas por el Amor divino. La familia humana, terrena, es una imagen de una Familia anterior a toda familia, una Familia que Es desde la eternidad, las tres hipóstasis de Dios. Dios Uno y Trino ama tanto al hombre, que ha querido hacerlo semejante a Él, y la familia en cuanto tal es una de sus semejanzas: el padre terreno representa a Dios Padre; la madre representa al Amor del Padre y del Hijo, porque, como el Espíritu Santo en la Trinidad une en el amor al Padre y al Hijo, así la madre terrena une en el amor, en la tierra, al padre y al hijo terrenos; el hijo –los hijos- terreno representan al Hijo Eterno del Padre. De esta manera, la familia de Dios Trinidad, constituida por las Tres hipóstasis divinas, que forman un solo Dios, se ve reflejada y representada en la familia humana.

Y así como en Dios Trino es el Amor lo que une a las Personas de esta Divina Familia, así debe suceder en la familia terrena, deben vivir unidas en el amor de las personas entre sí, un amor humano, terreno, propio de sus personas humanas, pero un Amor también divino, celestial, sobrenatural, donado desde el cielo por el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo.

Una primera razón entonces por la cual la familia terrena debe estar constituida sólo por el padre, la madre y el hijo, es que sólo de esta manera se convierte en un reflejo en la tierra –y luego, una prolongación, al obrar la misericordia- del Dios Uno y Trino que habita en las alturas.

De esta manera vemos que, rompiendo este esquema, adulterándolo, falsificándolo, dando nombre de “familia” a la agrupación ficticia de personas, inventada por la mente humana apartada del designio divino, lejos de ser una “nueva vía” para la felicidad humana, sólo constituye un obstáculo insalvable para alcanzar precisamente la felicidad, y una fuente continua de dolores y de pesares para el hombre.

La otra razón es que, a través de los padres terrenos –padre y madre- Dios Padre quiere hacer partícipes a los hombres de la alegría de la paternidad. En efecto, Dios Padre es Padre desde la eternidad, al engendrar, en su seno divino, a Dios Hijo, y es en esta generación inefable, eterna, en la que el Padre encuentra toda su predilección, tal como lo dice Él mismo en el Jordán, cuando el Espíritu Santo se posa sobre Jesús, en el momento de ser bautizado por Juan: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien me complazco” (cfr. Mt 3, 13-17; Is 42, 1-17), es decir, en quien me alegro.

Dios Padre engendra en su seno a Dios Hijo desde la eternidad, pero quiere continuar ejerciendo su paternidad espiritual, adoptando hijos por la gracia, y es para que sean hijos de Dios por la gracia, que los padres terrenos, generando hijos por el matrimonio, cooperan con el designio de Dios Padre, proporcionando hijos para Él, que luego se convertirán en hijos suyos por la fe y por la gracia, comunicada por los sacramentos.

Por otra parte, para que el amor paterno, participación de la paternidad divina, sea pleno, y se transmita en su plenitud y con toda su fuerza a los hijos, es necesario que los padres sean fieles esposos entre sí, pues consolidados en su propio amor esponsal, este amor esponsal fructificará y se derramará sobre los hijos, como amor de padres.

El amor esponsal entonces necesita ser vivido por los padres, papá y mamá, para que, desarrollado y plenificado, se derrame sobre los hijos bajo la forma de amor de paterno.

De esta manera, el hijo recibe la plenitud del amor esponsal, convertido en amor de paternidad, y se vuelve él mismo capaz de generar amor, el amor de filiación, al sentirse amado y valorado por sí mismo, por ser él quien es, hijo. Se cumple así el retorno perfecto del amor, que completa la imagen trinitaria de la familia humana compuesta por las personas del padre, de la madre y del hijo. Lo que fundamenta y da sentido al matrimonio es el amor esponsal, y lo que fundamenta y convierte al matrimonio en padres es el amor de paternidad, y lo que fundamenta y convierte a esta comunidad de personas en familia, es el amor filial, el amor que surge en el hijo, al recibir el amor de sus padres. Es así como la familia humana se convierte en imagen y reflejo de la Familia divina que hay en Dios Trino, constituida por las Tres Divinas Personas.

Y así, en la comunión en el amor, la familia terrena es un reflejo no sólo de la Trinidad del cielo, sino también de la “Trinidad de la tierra”, la Sagrada Familia de Nazareth, compuesta por Jesús, María y José, que dio al mundo el Pan de Vida eterna, Jesucristo, Salvador de los hombres.

Éstas son las razones de por qué la familia humana debe estar compuesta por un padre, por una madre, y por un hijo.

lunes, 10 de enero de 2011

¿Por qué la Iglesia se opone a la ciencia?


¿Por qué la Iglesia Católica, a decir de muchos, se opone al prodigioso avance científico y tecnológico aplicado a la vida humana?

¿Por qué la Iglesia se opone sistemáticamente a la clonación, a la fecundación in vitro? ¿Por qué se opone a que se aplique la tecnología en la eutanasia? ¿Por qué se niega a la manipulación de células madres embrionarias, o al alquiler de úteros? ¿Por qué se opone a un acto -aparentemente- tan humanitario, como el de crear un “hermano medicamento” para salvar la vida de un niño que, indefectiblemente, habrá de morir si no se recurre a esta instancia?

¿No demuestra con esto la Iglesia, que lo que sus detractores dicen de ella, que es una sociedad arcaica, perimida, y pasada de moda es cierto? ¿No debería la Iglesia, en pos de una aceptación del mundo moderno, revisar –y cambiar- una posición que es, aparentemente, anticuada, retrógrada, y contraria al progreso de la humanidad?

La respuesta a todas estas preguntas pueden articularse en tres grandes ejes: el valor inconmensurable de la vida humana, la dignidad de la persona humana, y la grandeza del amor esponsal.

Es para respetar el valor inestimable que como persona humana tiene el cigoto unicelular, que la Iglesia se opone a la fecundación in vitro –y a la clonación, al alquiler de úteros, a la generación de “hermanos medicamentos”, etc.-, porque en esta técnica, por cada embrión viable para implantar, deben descartarse diez, veinte, o más y, en el mejor de los casos, si no se los descarta, se los debe congelar, lo cual constituye un atropello a la dignidad y a los derechos humanos de estas personas-embriones, traídos al mundo sin la mediación del amor de los esposos. En otras palabras, no se justifica, por pretender engendrar un hijo, la eliminación –o congelación- de diez, veinte, o más hermanos suyos. No se justificaría ni siquiera si fuera un solo embrión el descartado o el congelado, ya que lo que se tiene en cuenta es la condición de persona humana de cada embrión por separado, sin importar la cantidad total de embriones fecundados.

Pero en este caso, además de eliminar o congelar a los hermanos del embrión seleccionado, avasallando el derecho a la vida que cada uno tiene, se avasalla otro derecho humano del embrión, y es de nacer en el ámbito del amor esponsal. En efecto, cada ser humano, por su dignidad intrínseca, más allá de su condición racial, de su edad, de su sexo, de sus cualidades, muchas o pocas, tiene DERECHO a nacer el ámbito del amor de los esposos, es decir, como “consecuencia” del acto sexual reproductivo entre el esposo y la esposa, que es unitivo y procreativo a la vez; cada ser humano tiene derecho a nacer como fruto del amor de los esposos, comunicado en el acto reproductivo realizado en el ámbito del matrimonio, y no como resultado de un frío proceso aséptico, llevado a cabo en el ámbito de un laboratorio.

Ésta es la razón por la cual la Iglesia se opone principalmente a la fecundación in vitro –además de otras consideraciones de orden moral, como la violación al Sexto Mandamiento-, y el argumento es el mismo para la oposición a la clonación, al alquiler de úteros y a la generación de “hermanos medicamentos”: en todos estos casos, se produce un doble avasallamiento de los derechos humanos de la persona-embrión: si se lo hace vivir, en el caso de un embrión “viable”, no se respeta su derecho inalienable, fundado en su dignidad de ser persona humana, a nacer en el ámbito del amor de sus padres –padre y madre, papá y mamá-, lo cual implica el haber sido deseado como hijo, y nacer como fruto de un amor esponsal, el cual es, junto al amor de madre, el amor más noble y alto entre los legítimos amores humanos.

Por otra parte, cuando se recurre al "cientificismo irracional" -lo cual es una paradoja, porque el cientificismo se vanagloria, precisamente, de ser "racional"-, se da a lugar a situaciones vitales que no encuentran respuesta, ni la podrán encontrar jamás. Por ejemplo: ¿dónde están la madre y el padre de un bebé clonado? ¿Dónde está el padre donante de los espermatozoides de un bebé nacido por fecundación in vitro? Si dos personas del mismo sexo, varones o mujeres, deciden alquilar un útero, comprar el semen y el óvulo necesarios para la fertilización, para obtener un “hijo”, ¿de quién es ese hijo? ¿Cómo explicar a ese niño que nació por una actitud egoísta y no por amor? ¿Cómo explicarle que él salvó su vida “por casualidad”, o porque el técnico del laboratorio decidió que él era viable, mientras que sus hermanitos fueron eliminados o congelados?

El otro derecho que se avasalla, es el de las personas-embriones consideradas “no viables” o “no aptas” para la fecundación: se los elimina y, por lo tanto, se les conculca el primer derecho de toda persona humana, que es el derecho a la vida.

Con respecto a la eutanasia, la Iglesia no puede hacer otra cosa que oponerse, puesto que se trata de un asesinato -o suicidio- encubierto y disfrazado de piedad y de amor, en el que se desconoce el derecho a vivir, y el valor salvífico del sufrimiento humano, cuando es unido a Cristo en la cruz.

Vemos entonces que la oposición de la Iglesia Católica a todas las aberraciones biológicas, médicas, éticas y jurídicas producidas por el cientificismo sin moral y sin principios, no es arbitraria ni caprichosa ni, mucho menos, opuesta a la felicidad y al progreso del hombre.

La oposición de la Iglesia a estos pretendidos “avances científicos” es la oposición y el clamor de una madre que, advirtiendo que su hijo se dirige al abismo, en el cual está a punto de precipitarse, lo llama a viva voz, suplicándole que detenga su camino equivocado.

Un último argumento por el cual la Iglesia se opone a este “humanitarismo científico” que, disfrazado de bondad y de felicidad, degrada y provoca dolor al hombre, radica en Dios, Autor de toda vida, y Amor en Acto Puro: puesto que Él es el Creador de la vida, y puesto que Él es el Amor en sí mismo, todo acto contrario a la vida y al amor –como la clonación, la fecundación in vitro, etc.-, es un acto contrario a su santidad y a su majestad, y es una conculcación de sus derechos divinos: Dios tiene derecho a su criatura, el hombre, porque éste salió de sus manos, y Él lo creó para que sea feliz, en el Camino por Él trazado, camino que está señalado en la propia naturaleza humana.

La pregunta, entonces, no es "¿por qué la Iglesia se opone a la ciencia?", porque la Iglesia no se opone ni a la ciencia, ni al progreso del hombre, sino todo lo contrario, debido a que la ciencia, como fruto de la inteligencia humana, es un don de Dios, ya que Él creó al hombre con una inteligencia capaz de hacer ciencia. La Iglesia no se opone a la ciencia: se opone, sí, con todas sus fuerzas, al "cientificismo", es decir, a la ideología que, falsificando la legítima y verdadera ciencia humana, se erige en dueña de la vida y de la muerte del hombre, sumiéndolo en un mar de desgracias y de dolores.

No puede el hombre, amparado en un falso cientificismo, avasallar los derechos del embrión, avasallar los derechos de Dios sobre el hombre, desplazar a Dios del medio, y jugar a ser Dios.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Es una crueldad engendrar artificialmente un niño para salvar a otro


Recientemente se dio a publicar en los medios una noticia que, vista desde la superficie, representa un gesto humanitario y un extraordinario avance científico: el nacimiento de un “hermano salvador”, es decir, de un niño concebido artificialmente, con el propósito de “salvar” a su hermana, afectada por una grave enfermedad congénita (la anemia de Fanconi, que consiste en una incapacidad de la médula ósea para producir las células sanguíneas, con lo cual el paciente afectado debe someterse a transfusiones periódicas, además de tener una evolución mortal).

Los argumentos esgrimidos por los científicos –y también por los padres, que aceptaron la metodología- hacen hincapié en el aspecto humanitario de la cuestión: si no se “fabrica” al “hermano salvador”, la niña no habría tenido grandes perspectivas de sobrevida, además de procurar, para la familia toda, una mejor calidad de vida, según declaraciones del médico Simon Fishel, a cargo de la intervención: “Estamos tratando de salvar la vida a un niño y de lograr crear una familia sin la carga enorme de un hijo con un trastorno que es mortal”.

¿Es así, tal como lo plantea este médico?

Por supuesto que no. El problema está en que, como dice un viejo dicho, “el fin no justifica los medios”: para salvar una vida, no se justifica eliminar embriones concebidos in vitro –sólo dos embriones resultaron aptos para ser donantes, por lo tanto, sólo dos fueron implantados, pero de los dos, sobrevivió uno solo[1]-, pues los embriones eliminados son tan seres humanos con tanto derecho a vivir, como la niña a la que se pretende salvar.

Además, se plantea el problema de la crueldad que implica traer a un niño a este mundo, primero, por medios artificiales, es decir, sin que medie el amor esponsal, y segundo, con un mero fin utilitarista, servir de “medicamento”, aún cuando efectivamente se salven vidas.

El planteo por lo tanto no es: “Qué bueno, salvamos una vida, porque fabricamos un hermano en el laboratorio para que sirva de medicina viva y ambulante por toda la vida para su hermanita”. El planteo es: “Para intentar salvar a la hermana, eliminamos, de modo frío y aséptico, a varios de sus hermanitos, en estado de embrión, y además, trajimos al mundo a un niño que será querido, ante todo y en primer lugar, no por sí mismo, es decir, por su dignidad de ser humano, sino por su utilidad. La misma utilidad por la cual se compra en una farmacia un medicamento”.

Éste es el planteamiento ético, que provoca estremecimiento, cuando se comprueba que no hay límites éticos para la ciencia y para la voluntad humana.

No salva el caso el hecho particular de que este niño, además de ser deseado y fabricado por su capacidad de ser “medicamento”, sea además, legítimamente, deseado y querido como un hijo que “hacía falta” (sic) en el hogar, tal como declara su madre.

El acto de crueldad, que está en los orígenes de su concepción artificial, que implica ser concebido fuera del acto unitivo y procreativo de los esposos, que sólo se da en el amor esponsal; que implica eliminar a sus hermanos en estado de embrión; que implica desearlo, en primer lugar, por su capacidad de ser “medicamento” –por eso fue elegido, de lo contrario, habría sido eliminado, como fueron eliminados sus hermanitos, los cuales no cumplían el requisito-, ya está cometido.

La calidez del niño “medicamento” –calidez inherente a todo niño- no subsana la crueldad y la frialdad del desamor de los científicos y de los padres que lo trajeron artificialmente a este mundo y, por supuesto, no justifica las gravísimas violaciones a los derechos de Dios sobre la vida humana. Él es el Creador de toda vida, y los atentados contra la vida humana, como los producidos en este caso, ofenden de modo directo a su santidad.

No todo lo que es técnicamente posible, es éticamente correcto. Hay límites que no se pueden traspasar.


[1] Para lograr el cometido, sometieron a la madre a tratamientos de fertilización in vitro, específicamente una técnica de selección de embriones llamada diagnóstico genético de preimplantación (DGP). Esta implica tomar células de embriones de tres días de gestación para analizarlas y seleccionar al más adecuado para el trasplante. Se le implantaron a la madre de la niña dos embriones y de ellos nació un bebé varón, Max, hace 18 meses (es decir, el bebé “medicamento”). Cuando nació el bebé se conservó su cordón umbilical y meses después el niño fue sometido a una operación para extraerle médula ósea. El tejido fue trasplantado a Megan en julio pasado en el Hospital Real para Niños Enfermos en Bristol, Inglaterra.

lunes, 6 de diciembre de 2010

La autodeterminación del hombre, guiada por la ley natural y la ley divina


Introducción: Entre las diversas especies vivientes, es el hombre un ser totalmente singular y paradojal, porque comparte características que se encuentran tanto en el mundo corporal, como en el mundo inmaterial; posee características que por un lado lo hacen similar a los animales, y por el otro, características que lo hacen similar a los seres espirituales. Entra en relación en distinto nivel con lo creado –las cosas, los animales, las otras personas humanas- pero su relación final no se encuentra en las coordinadas temporo-espaciales, sino con el Increado. Vive en el tiempo, pero está destinado a más allá del tiempo. En otras palabras, aunque compartiendo características propias de los seres más bajos, tiene también características más elevadas. Cuál es su característica primaria, la que lo hace superior a todo lo creado, aún siendo él mismo creado? Trataremos de hacer primero un acercamiento sobre qué cosa es el hombre, para hacer después el intento de decir cuál es su especificidad que lo hace diferente y superior a todo el mundo creado.

I. El hombre entre los otros seres,[1] entre los límites del tiempo y de la eternidad.

Si consideramos la diversidad entre los entes, encontramos entre ellos una graduación. Partiendo de la llaneza del esse, el Ipsum Esse Subsistens, que es solamente Uno y al cual llamamos Dios, encontramos otros seres que poseen, si bien en una manera limitada y participada, esta perfección del esse como acto (actus essendi). Esta graduación es la siguiente:

Dios – ángeles - hombres (alma y cuerpo) - animales - plantas - seres inanimados.

Esta graduación se debe al hecho de su participación, en mayor o menor grado, al Ipsum Esse Subsistens, o sea, es debida al principio de continuidad metafísica[2]. Según este principio, las distintas formas que encontramos en el universo creado forman un todo armónico, en el cual las formas inferiores se asemejan o alcanzan a aquellas que son inmediatamente superiores. En esta escala el hombre, compuesto de alma y cuerpo, se encuentra en un lugar totalmente especial, siendo partícipe de ambas realidades, material y espiritual, se encuentra en el horizonte de lo corporal y lo espiritual”[3], “en los confines entre el tiempo y la eternidad”[4].

II. El hombre, imagen de Dios.

El hombre, compuesto de cuerpo y espíritu[5], animado por un alma incorruptible[6], de acuerdo a su propia naturaleza, participa tanto del mundo material como del mundo espiritual[7]; en otras palabras, se encuentra en los límites del tiempo y de la eternidad[8]. Creado[9] y por ello limitado, posee una dignidad tal que lo separa infinitamente del resto de las creaturas: su dignidad es tal por el hecho de que ha sido creado a imagen[10] y semejanza de su Creador. La imagen y semejanza consiste en la posesión de sus potencias espirituales: intelligere y querer, y también en la capacidad de autodominio[11], esto es, la imagen consiste en la libertad, ya que su Creador es también Libre. Salido de Dios, El Ipsum Esse Subsistens[12], posee el esse participado[13], y es este esse –como actus essendi[14]- su máxima perfección ontológica, la que lo constituye como persona, ya que, actualizando su naturaleza razonable, poniéndola en la existencia concreta, lo hace también un individuo subsistente e incomunicable. En otras palabras, es, como su Creador, persona, esto es, un ser individual que subsiste en si mismo porque tiene una perfección ontológica suprema, el esse como actus essendi, que lo hace incomunicable, capaz de intelligere y amar, y de dirigirse libremente hacia su Creador.

III. El hombre, ser participado y compuesto, tiene una tendencia trascendental.

Dado que el hombre está compuesto por esencia-acto de ser, su composición es llamada así “estructura secundaria”, porque su perfección ontológica es todavía más perfeccionada por los “actos segundos”, esto es, los emanados por sus potencias, la inteligencia e la voluntad. En el caso del hombre, su perfección se produce así en el acto de intelligere, y en el acto de tender hacia un bien. Del hecho que es perfeccionado por sus operaciones, se puede deducir que el hombre es participado y compuesto, porque no tiene en sí la totalidad de la perfección, ni del intelligere, ni del querer[15]. El acto de entender emana de una potencia propia, la facultad intelectual[16].

Vale decir, el hombre es un ente por participación (orden estático), y es ente que actúa también por participación (orden dinámico)[17]. La participación se verifica en el orden estático y dinámico, esto es, ontológico y existencial, y lleva al hombre a actuar, estructuralmente, en una manera trascendental, en una manera que lo lleva fuera de sí mismo, porque, para actuar, tiene necesidad de participar del ente y de sus trascendentales que se encuentran más allá de sí.

IV. Las perfecciones del hombre, la perfección suprema del esse ut actus.

El hombre como persona humana posee perfecciones: vivir, intelligere, querer, sonreír[18]. Todas estas perfecciones son concretizadas en cada hombre, vale decir, son, ya que participan del esse ut actus, la perfección ontológica última que hace posible el vivir, el pensar, el querer y sonreír de cada hombre concreto. Entonces, este esse es un esse recibido, porque es limitado y participado, y si es recibido, quiere decir que no le pertenece al hombre como patrón: Otro es el que los ha donado, que los ha participado. Este Otro es el Esse per essentiam, Ipsum Esse, porque todo lo que no es su esencia, tiene algo dado por el que es por essentiam[19]. Esse contingente –puede y no puede ser- no le pertenece por sí la vida, porque no es él la misma vida. No tiene derecho a ser, porque su creación depende en un todo del intelligere y del querer del Ipsum Esse Subsistens, y por ello puede o no puede ser. En otras palabras, el esse creatural se encuentra como idea[20] en el intelecto divino, pero el paso a la realidad espacio-temporal, a la existencia, depende del intelligere y del querer de Dios, esto es, la vida humana depende de la libertad divina. No le pertenece entonces a este esse ser metido en la esencia humana y por ello vivir, intelligere, querer; pero una vez que el esse es metido en la vida, le pertenece el vivir, el intelligere y el querer, necesariamente. Es contingente en su ser, y luego, también queda contingente en su ontología, adquiere una cierta necesidad, ya que no puede ir al nada.

IV. El recorrido del hombre hacia Dios.

Por otro lado, se necesita considerar que se trata de un esse imperfecto y limitado, lo que quiere decir que debe perfeccionarse, y que su perfección definitiva la encuentra en Dios[21]. Salido por modum creationis del Ipsum Esse, debe cumplir un recorrido, esto es, debe volver a su inicio; pero como se trata de un ser libre, este retorno lo hace de un modo libre, participando por el Esse Ipsum en dos niveles: participando del ser, y operando libremente a través de sus facultades[22]. En otras palabras, participa al Esse Ipsum[23] a través de la participación en una perfección, que es el esse ut actus; y operando con sus facultades: intelligere y querer, pasando por la potencia al acto. En otras palabras, sea su esse limitado, sean sus facultades, ambas encontrarán su perfección definitiva en el Ipsum Esse Subsistens. Cumple una perfección existencial pasando por la potencia al acto, pero es en la beatitud donde su perfección será perfectísima, en su unión personal con Dios[24]. Mediante su apertura infinita al esse[25], el hombre se hace capacidad infinita de pensar y amar, y así, siendo en la temporalidad la esencia de las cosas materiales el objeto propio de su intelecto, es en cambio el objeto adecuado el Ipsum Esse Subsistens, Dios, en la beatitud, y por esto es estado creado[26]. Por ello el hombre es capax Dei, porque puede conocer y amar sin límites, infinitamente. Esta infinita capacidad de sus potencias explica su insatisfacción radical existencial respecto a las cosas creadas, y también la afirmación que sólo en Dios puede el hombre encontrar su felicidad perfecta. Esta verdad de orden filosófica –el hombre es capax Dei- es confirmada por la Revelación y por el Magisterio: el hombre ha sido creado para buscar a Dios porque sólo en Dios el hombre encuentra un objeto que llena su infinita capacidad de conocer y de amar[27]. Esta búsqueda de Dios la hace a través de sus potencias espirituales, sobretodo el intelecto, a través del cual conoce las perfecciones de las creatura, trascendiendo a sí mismo y subiendo hacia el Creador.[28]

V. La especificidad hombre: la libertad.

Este hombre, así compuesto, tiene una característica que no la tienen los otros seres visibles: como hemos ya dicho, es capaz de autodominio[29]. Quiere decir que no es bajado por otros, pero por sí mismo: ningún otro lo mueve si él no quiere moverse. En esto radica su singularidad y su dignidad, porque la capacidad de autodominio, además de hacerlo más similar a su Creador, le permite dominarse a sí mismo, de ser patrón de sí. En otras palabras, no es movido necesariamente por las pasiones, por esto es que apetece particularmente; y no es movido tampoco necesariamente por el intelecto, por lo que conoce universalmente. Puede querer o no querer esto que le es presentado por los sentidos o por la inteligencia. Tiene en sí mismo una capacidad de dirigirse hacia lo que le parece bueno, o de rechazarlo. Puede querer o no querer: es la llamada libertas de ejercicio. Es libre, y la libertad, como acto conjunto del intelecto y de la voluntad, es lo que lo caracteriza entre los otros seres no pensantes, y es lo que lo asemeja a los otros seres libres, las formas subsistentes separadas –los ángeles- y el Esse Ipsum Subsistens, Dios.

Por todo esto, se puede ver que lo que el hombre tiene de más específico no es su corporeidad, pero es algo que es consecuencias del actuar de su espíritu: la libertad, entendida siempre como el acto conjunto producto de sus potencias espirituales. Pero se necesita decir que esta libertad no es ilimitada: creado para conocer la verdad y para querer el bien, su acto específico –el acto humano libre- será más pleno cuanto más lo guíe hacia el Esse Ipsum, que es la Veritas y el Bonum Subsistens. Será más específico, más libre, cuanto más verdadero y bueno sea el acto conjunto de sus potencias, esto es, su elección, porque de esta manera se hace más partícipe de la Veritas y del Bonum Subsistens.

Se necesita ahora considerar otro aspecto: si decimos que la especificidad del hombre es la autodeterminación –entendemos por esta palabra la acción del espíritu que, en el acto de elegir después de conocer y querer, se pone a sí mismo delante de sí, transformándose en lo que elige-, esta última es, del punto de vista existencial, demasiado importante en la estructuración del ser, que ya ontológicamente es, pero de la psicología del hombre, porque se hace lo que elige, o sea, se hace lo que decide en la autodeterminación. Será entonces lo que ha elegido en la autodeterminación: bueno o malo, según la elección hecha.

Hemos dicho que la autodeterminación es lo de más específico en el hombre, también que será más plena cuanto más verdadera y buena sea. Como en su raíz se encuentran las potencias del alma, intelecto y voluntad, se necesita considerar cuales sean los principios que mueven a las potencias. En otras palabras, se necesita ver si el inicio de sus operaciones espirituales surgen del interior del hombre, de su subjetividad, o al contrario, si el movimiento del pensamiento y del querer es accedido desde el exterior. En el primer caso, será menos libre y por ello menos específica, porque coincidirá la libertad con su espontaneidad, con su querer. En el segundo, será más libre y por ello más específica, porque descubriendo la verdad y el bien que se encuentran en el ens[30] –actuado por el esse ut actus- su espíritu, enriquecido por estas perfecciones, estará en condiciones de hacer la libre elección que lo conducirá, a través de la participación de las perfecciones del ens, a ser partícipe de la libertad del Ipsum Esse Subsistens.

Se necesita señalar que la autodeterminación aquí referida es diferente de la autodeterminación establecida por Kant. En efecto, según Kant, la especificidad del hombre se encuentra en la autodeterminación[31], pero en Kant es la razón, guiada por sí misma, la que impone el imperativo a la voluntad. No se admite jamás otra instancia superior a la razón, la cual queda siempre como la que actualiza por sí misma los juicios, antes de la intervención del exterior. En este sentido, la autodeterminación no es realizada según la realidad que se encuentra más allá del espíritu humano: es siempre algo producida por el interior, o sea, por la subjetividad, sin hacer una verdadera referencia a la realidad objetiva externa.

Según Santo Tomás, también la autodeterminación debe ser guiada por la razón, pero la diferencia es que el inicio del movimiento del pensamiento no es el mismo pensamiento, la misma razón, pero el ens que se encuentra fuera del espíritu humano. Siendo puesta en movimiento por el ens se puede decir que la autodeterminación es verdaderamente razonable, porque lo que guía al mismo intelecto no son sus prejuicios, pero lo que encuentra en el ens: el verum y el bonum, que convergen en el ens. En otras palabras, la autodeterminación según Santo Tomás no es solamente el hecho de la autodeterminación vacía, sin contenido, o salida del propio cogito, del propio io. Tiene un contenido, y este contenido no es otra cosa que la forma inteligible poseída por el intelecto, querida por la voluntad, y siempre presente en el ens actuado por el actus essendi.

Esto quiere decir que la autodeterminación es “razonable”, en el sentido que se adecúa a lo que la razón considera de verdadero porque primero es la cosa, el objeto, el ens, a poseer en sí el verdadero[32], en cuanto es el ens algo de verdadero porque es, y es salido del intelecto y de la voluntad del Creador. Por ello será verdaderamente “verdadero” cuando tenga un contenido de verdad que no depende del hombre; el contenido de verdad que sí depende del hombre –el juicio- será “verdadero” en tanto se conforme a la verdad del ens, porque esta es la verdad: la adecuación de la mente a la cosa.

Para terminar, la autodeterminación del hombre será plenamente verdadera en la medida en que sean dados estos necesarios presupuestos, dada la constitución de la realidad. En otras palabras, la especificidad del hombre consistirá en la autodeterminación (voluntad) razonable (intelecto) heterónoma (ley natural y divina presente en la autoconciencia).



[1] San Tommaso, S.Theol. I,q. 54,1-3; I, q. 77,1.

[2] In I De Causis 1, 19, s. 106.

[3] S. Theol. I, q 77, a. 2; C.G. II, 82.

[4] In I De causis, lect. II, s. 15

[5] S.Theol., q. 75, a. 5.

[6] S. Theol., q.75, a.6.

[7] Según el principio de continuidad metafísica: el inferior de un género se continúa con el superior del otro. El hombre, inferior entre los seres espirituales, añade el mundo espiritual mediante su alma. In I De Causis 1, 19, s. 106.

[8] “El alma humana es como el horizonte y confín entre lo corpóreo y lo incorpóreo, pues es substancia incorpórea y a la vez forma del cuerpo”. S. C. G., II, 68.

[9] De Causis, L. III, Prop. XVIII: “primum ens dat esse omnibus per modum creationis”, las otras hipóstasi “per modum formae”.

[10] S. Theol., I, q. 59, corpus. Quest., q. 10, ad. 3. Otra imagen según S. Agustín y Santo Tomás: intelecto, memoria y voluntad.

[11] “Las substancias intelectuales son las primeras entre todas... Estas substancias entonces se auto determinan a operar. Sin embargo esto es propio de la voluntad, a través de la cual una substancia es patrona de sus actos, porque en ellos están el operar o bien no operar. O sea estas substancias intelectuales tienen voluntad”. S.C.G., II,47.

[12] “Quod est per essentiam dicitur est causa omnium quae per participationem dicuntur: sicut ignis est causa ignitorum in quantum huiusmodi. Deus est ens per essentiam suam: quia est ipsum esse. Omne aliud ens est ens per participationem: quia ens quod sit suum esse, non potest esse nisi unum...”. S. Theol., I, 44, 1.

[13] Quodl. III, q VIII, a20: “Omne participatum comparatur ad participans ut actus eius” (Ia, 75, 5 ad 4).

“...como en el orden formal la forma es acto de materia, así es tanto más en el orden real el esse es el acto de la esencia y de las formas todas”. Cornelio Fabro, Tomismo y Pensamiento moderno, ed. cit., pag. 125.

[14] In II Sent., d1, qI, a1; C. G. I, 23; S. Theol., I, q4, a2; S. Theol., I, q4, a1 ad 3: “...ipsum esse est actualitas omnium rerum et formarum”.

[15] S. Theol., I q. 54 a. 1-3.

[16] S. Theol., I, q. 77, a, 1.

[17] "Todo agente opera en cuanto se encuentra en acto. Todo lo que no es acto puro, no opera a causa de su ser, sino a causa de algo que es de su ser... no opera por su esencia, sino por alguna participación suya”. S C.G. I, 16.

[18] En efecto, sólo la persona “puede ser verdaderamente objeto de amor en el sentido pleno de la palabra, esto es, de amor de amistad”. Cfr. S. Theol., I, 54, 2.

[19] “Quod est per essentiam dicitur est causa omnium quae per participationem dicuntur: sicut ignis est causa ignitorum in quantum huiusmodi. Deus est ens per essentiam suam: quia est ipsum esse. Omne aliud ens est ens per participationem: quia ens quod sit suum esse, non potest esse nisi unum...”. S. Theol., I, 44, 1.

[20] Queaest., q. 3, a. 6, ad 1.

[21] “El principio que es Dios, ha surgido por dos modos: el primero, por semejanza, que es la perfección (del esse). El segundo, por operación, en cuanto que la creatura razonable conoce y ama Dios”. Quodlib., X, Q. VIII, a. 17.

[22] “El hombre, naturalmente partícipe de Dios, se ordena a Él a través de la conciencia y el amor; por ello en cuanto participa sobrenaturalmente de su vida íntima, se ordena Dios a través de un conocimiento y amor sobrenaturales”. In II Sent., d.23, Q.1, a. 4, sol. 3, ad 1.

[23] In I De div. Nom., c. V, lect.1: “Ipsum esse comparatur ad vitam et ad alia huiusmodi sicut participatum ad participans... et comparatur ad ea ut actus eorum”. “Omne participans se habet ad participatum, sicut potentia ad actum”.

[24] “El acto último es el ser. Por ello, siendo el devenir un pasaje de la potencia al acto, es necesario que el ser sea el último acto hacia el cual tiende cualquier devenir; y ya que el devenir natural tiende hacia lo que naturalmente se desea, es necesario que ello, el ser, sea el acto último al cual cada cosa anhela”. Comp. Theol., I, c. 11, n. 21. El Acto Puro y perfectísimo, el Esse Ipsum, es Dios.

[25] “La parte del alma que en su actuar no depende de un órgano corpóreo, no queda bloqueada, pero es en cierto modo infinita, siendo inmaterial; y con su capacidad se extiende a lo que es común a todos los entes (el ser)”. De Ver., q. 15, a.2.

[26] “Solamente la creatura razonable es capaz de Dios porque solamente ella puede conocerlo y amarlo explícitamente”. De Ver., q. 22, a2 ad 5.

[27] “La Sagrada Escritura enseña que el hombre ha sido creado “a la imagen de Dios” y que es capaz de conocer y de amar a Dios, su Creador”: Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo, 12.

[28] La infinita capacidad de apertura del intelecto humano solamente se sacia con un objeto infinito, y este objeto infinito, substancia infinita, es sólo Dios. Se saciará en manera imperfecta en esta vida, en manera perfecta en la beatitud.

[29] S.C.G., II,47.

[30] “Verdad dice orden al intelecto. En el querer es la voluntad que tiende a la cosa; por eso la bondad es en la cosa; en el conocer en cambio es la cosa que va al intelecto, entonces la verdad es propiamente en el intelecto; pero como por la cosa se dice buena también la voluntad, así por el intelecto se dice verdadera también la cosa. La verdad está en las cosas si estas corresponden a la idea de quién fue el artífice; la verdad está en el intelecto conocedor si éste se conforma a la cosa conocida. La verdad entonces es conformidad entre intelecto y cosa” Santo Tomás de Aquino, Compendio de la Suma Teológica, Parte prima, q.16, a. 1.

[31] Cfr. I. Kant, La metafísica de los costumi (1797), Bari 1970, p. 294; Crítica de la razón práctica (1788), Armando, Roma 1990.

[32] “La verdad está en la cosa si esta conforme a su naturaleza; está en la cognición del intelecto si este se conforma a la cosa; pero el conocimiento de la verdad pertenece al intelecto que forma el juicio y aquí está propiamente la verdad” Ibidem, a. 2. Santo Tomás de Aquino, Compendio de la Suma Teológica, Ediciones Estudio Dominicano, Bologna2 1996.

Bibliografía.

1. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Ediciones Estudio Dominicano, Boloña 1991.

2. Santo Tomás de Aquino, Compendio de la Suma Teológica, Ediciones Estudio Dominicano, Boloña2 1996.

3. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo.

4. Cornelio Fabro, Tomismo y Pensamiento moderno, Libreria Editorial de la Pontificia Universidad Lateranense, Roma 1969.