El cigoto, es decir, el ovocito fecundado por un espermatozoide, es ya una persona humana, con un acto de ser, con un cuerpo y con un alma, y por lo tanto, su primer derecho humano es el derecho a vivir

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Es una crueldad engendrar artificialmente un niño para salvar a otro


Recientemente se dio a publicar en los medios una noticia que, vista desde la superficie, representa un gesto humanitario y un extraordinario avance científico: el nacimiento de un “hermano salvador”, es decir, de un niño concebido artificialmente, con el propósito de “salvar” a su hermana, afectada por una grave enfermedad congénita (la anemia de Fanconi, que consiste en una incapacidad de la médula ósea para producir las células sanguíneas, con lo cual el paciente afectado debe someterse a transfusiones periódicas, además de tener una evolución mortal).

Los argumentos esgrimidos por los científicos –y también por los padres, que aceptaron la metodología- hacen hincapié en el aspecto humanitario de la cuestión: si no se “fabrica” al “hermano salvador”, la niña no habría tenido grandes perspectivas de sobrevida, además de procurar, para la familia toda, una mejor calidad de vida, según declaraciones del médico Simon Fishel, a cargo de la intervención: “Estamos tratando de salvar la vida a un niño y de lograr crear una familia sin la carga enorme de un hijo con un trastorno que es mortal”.

¿Es así, tal como lo plantea este médico?

Por supuesto que no. El problema está en que, como dice un viejo dicho, “el fin no justifica los medios”: para salvar una vida, no se justifica eliminar embriones concebidos in vitro –sólo dos embriones resultaron aptos para ser donantes, por lo tanto, sólo dos fueron implantados, pero de los dos, sobrevivió uno solo[1]-, pues los embriones eliminados son tan seres humanos con tanto derecho a vivir, como la niña a la que se pretende salvar.

Además, se plantea el problema de la crueldad que implica traer a un niño a este mundo, primero, por medios artificiales, es decir, sin que medie el amor esponsal, y segundo, con un mero fin utilitarista, servir de “medicamento”, aún cuando efectivamente se salven vidas.

El planteo por lo tanto no es: “Qué bueno, salvamos una vida, porque fabricamos un hermano en el laboratorio para que sirva de medicina viva y ambulante por toda la vida para su hermanita”. El planteo es: “Para intentar salvar a la hermana, eliminamos, de modo frío y aséptico, a varios de sus hermanitos, en estado de embrión, y además, trajimos al mundo a un niño que será querido, ante todo y en primer lugar, no por sí mismo, es decir, por su dignidad de ser humano, sino por su utilidad. La misma utilidad por la cual se compra en una farmacia un medicamento”.

Éste es el planteamiento ético, que provoca estremecimiento, cuando se comprueba que no hay límites éticos para la ciencia y para la voluntad humana.

No salva el caso el hecho particular de que este niño, además de ser deseado y fabricado por su capacidad de ser “medicamento”, sea además, legítimamente, deseado y querido como un hijo que “hacía falta” (sic) en el hogar, tal como declara su madre.

El acto de crueldad, que está en los orígenes de su concepción artificial, que implica ser concebido fuera del acto unitivo y procreativo de los esposos, que sólo se da en el amor esponsal; que implica eliminar a sus hermanos en estado de embrión; que implica desearlo, en primer lugar, por su capacidad de ser “medicamento” –por eso fue elegido, de lo contrario, habría sido eliminado, como fueron eliminados sus hermanitos, los cuales no cumplían el requisito-, ya está cometido.

La calidez del niño “medicamento” –calidez inherente a todo niño- no subsana la crueldad y la frialdad del desamor de los científicos y de los padres que lo trajeron artificialmente a este mundo y, por supuesto, no justifica las gravísimas violaciones a los derechos de Dios sobre la vida humana. Él es el Creador de toda vida, y los atentados contra la vida humana, como los producidos en este caso, ofenden de modo directo a su santidad.

No todo lo que es técnicamente posible, es éticamente correcto. Hay límites que no se pueden traspasar.


[1] Para lograr el cometido, sometieron a la madre a tratamientos de fertilización in vitro, específicamente una técnica de selección de embriones llamada diagnóstico genético de preimplantación (DGP). Esta implica tomar células de embriones de tres días de gestación para analizarlas y seleccionar al más adecuado para el trasplante. Se le implantaron a la madre de la niña dos embriones y de ellos nació un bebé varón, Max, hace 18 meses (es decir, el bebé “medicamento”). Cuando nació el bebé se conservó su cordón umbilical y meses después el niño fue sometido a una operación para extraerle médula ósea. El tejido fue trasplantado a Megan en julio pasado en el Hospital Real para Niños Enfermos en Bristol, Inglaterra.

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