El cigoto, es decir, el ovocito fecundado por un espermatozoide, es ya una persona humana, con un acto de ser, con un cuerpo y con un alma, y por lo tanto, su primer derecho humano es el derecho a vivir
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jueves, 21 de enero de 2016

Un transexual retorna a su masculinidad y saca a la luz su dramática historia

24 noviembre 2011
Un transexual retorna a su masculinidad y saca a la luz su dramática historia
Walt Heyer/Laura Jensen
Laura Jensen vuelve a ser Walt Heyer gracias a Jesucristo

Vivía tres vidas distintas: de "hombre de negocios exitoso y bebedor, de padre y esposo amoroso perfecto en apariencia y de travesti retorcido".


Walt Heyer era un niño que creció en el Estado de California, en los Estados Unidos de América, a mediados de la década de 1940, interesado en los vaqueros, los coches y las guitarras de acero cuando un día a su abuela le pareció que él quería ser una niña. Ella ingenuamente hizo para él un vestido de gasa de color púrpura que él utilizaba cuando la visitaba.
Según Walt, al ponerse ese vestido de gasa de color púrpura se disparó algo que lo puso en un largo camino de 35 años que le condujo a un valle oscuro de “tormento, desilusión, remordimiento y tristeza”. Su confusión respecto a la identidad de género lo llevó al alcoholismo, a la drogadicción y a un intento de suicidio.
Finalmente, Walt recurrió a la vaginoplastia, la “cirugía de reasignación de género” para parecerse a una mujer, algo que llegó a lamentar profundamente, por eso él ahora aconseja a individuos confundidos en su género que se mantengan al margen. “Él (Dios) me hizo hombre, la forma que yo era, y el bisturí nunca llegó a cambiar eso”, dijo Walt aLifeSiteNews/Notifam (LSN) en una reciente entrevista.
Avergonzado de ser hombre
En su libro escrito por él en inglés, en 2006, “Trading My Sorrows: Man to woman and back-again – a personal story” (Intercambiando mis dolores: de hombre a mujer y viceversa. Una historia personal), Walt cuenta que el vestido púrpura fue sólo la primera de muchas influencias en su vida que le hizo avergonzarse de ser hombre. Dice que fue elacoso sexual que sufrió a manos de su tío lo que lo hizo sentirse avergonzado de sus genitales. Fue la severa disciplina de su padre –él dice que prácticamente indistinguible del abuso físico– lo que lo hizo sentirse incapaz de ser el niño que su padre quería que fuera.
Walt no recuerda un sentimiento lo suficientemente bueno por sus padres, tampoco haber podido complacerlos alguna vez y haber recibido alguna vez el reconocimiento que él tanto deseaba.
“Lo que yo quería desesperadamente era el reconocimiento de mis padres por aquello en lo que yo sobresalía, encontrar mi propio lugar donde pudiera expresarme, desarrollar mis talentos y hacer algo que yo disfrutara”, explicó Walt en su libro.
El niño que no tenía autoestima empezó a despreciarse a sí mismo y a su cuerpo. Walt comenzó a encontrar consuelo al vestirse como una chica y mantener esto en secreto frente a sus padres. Vestirse como una chica se convirtió en su escondite, donde se sentía a salvo de los dolorosos conflictos y la disciplina impartida por su padre y su madre.
La mujer, un tirano en su interior
Cuando Walt alcanzó la adolescencia dice que la niña que estaba dentro de su cabeza se volvió más poderosa y le demandaba más de su tiempo. A pesar del hecho que Walt disfrutaba con los coches llamativos y tener citas con chicas atractivas de su escuela secundaria, no importaba cuánto esfuerzo hiciera, él no podía alejar la obsesión de convertirse en una mujer. Después de la secundaria, Walt se mudó de la casa de sus padres, para poder disfrutar con el travestismo en la intimidad de su propia casa. Para entonces él había acumulado un cierto número de trajes de mujer, pero estaba todavía profundamente avergonzado de su hábito secreto.
Walt finalmente se casó, se hizo rico, y externamente parecía que estaba viviendo el sueño americano. Mantuvo en secreto sus permanentes escapadas al mundo de la mujer.
Walt dice que estuvo viviendo tres vidas distintas: de “hombre de negocios exitoso y bebedor, de padre y esposo amoroso perfecto en apariencia y de travesti retorcido”. Pero en su interior Walt experimentaba la fragmentación y la desilusión. Todo en su vida comenzó a desmoronarse.
Se volcó al alcohol como mecanismo de defensa, pero esto sólo aumentó su deseo de convertirse en una mujer. Dice que permitió a la niña dentro de su cabeza “expresarse” cada vez más, cuando él captó desesperadamente los momentos de alivio del embravecido mar de dolores y problemas de la vida.
En última instancia, Walt puso sus esperanzas en la cirugía de sexo como la solución que haría que su dolor desapareciera para siempre.
La cirugía
Primero fueron los pechos grandes, implantados mediante cirugía plástica. Luego vino el procedimiento que Walt lamenta mucho, la transformación quirúrgica de su órgano reproductor masculino para que pareciera un órgano reproductor femenino.
Walt tenía la esperanza que el procedimiento pudiera aliviar su “debilitante sufrimiento psicológico” y que eso iba a detener, de una vez por todas, el conflicto que lo había atormentado desde la infancia. Pero para su consternación, la reordenación de sus partes privadas y el cambio de su apariencia no efectuó el cambio correspondiente en el interior.
Después de la cirugía, la mente del Walt se convirtió en un campo de batalla depensamientos y deseos conflictivos que él sólo pudo describir como “agravante, penoso, deprimente, discordante, distorsionado [e] impredecible”.
Luego de la cirugía, a través de todos los días se hizo más claro para Walt que él había cometido un “gran error”. Su adicción a la cocaína y al alcohol, en un intento de mitigar el dolor emocional, sólo aumentó su miseria, la depresión y la soledad.
Walt supo entonces que el bisturí del cirujano y la amputación resultante no habían hecho que él dejara de ser hombre para convertirse en mujer. Se dio cuenta que la cirugía fue un “fraude total”. Sintió que no tenía más remedio que vivir la vida como una mujer quirúrgica, como un “impostor”.
Intento de suicidio
En este punto, él tocó fondo. La cirugía había destruido la identidad de Walt, su familia, su círculo social y su carrera. Sentía que no había nada para él sino morir. Walt, que había adoptado el nombre de Laura Jensen, trató de lanzarse desde una azotea, pero fue detenido por un transeúnte.
Sin hogar y sin dinero, el quebrado “transexual” habría terminado viviendo en la calle si un buen samaritano no le hubiese dado un lugar para dormir en un garaje. Este nuevo amigo animó a Walt para que asistiera a Alcohólicos Anónimos, donde se dio cuenta que tenía que conectarse a un “poder superior” si iba a llegar a la cima del lío en que se había metido.
Walt empezó a darse cuenta cada vez más que él era realmente un hombre, pero que estaba envuelto en una “máscara de mujer”.
“Yo era muy consciente que ahora estaba entre los deshechos de la humanidad, hundido en una vida arrojada a la basura, distorsionada por mis propias decisiones. El alcohol, las drogas y la cirugía me habían hecho inútil para cualquier cosa. Yo había fracasado estrepitosamente como el hombre que Dios había creado para que yo lo fuese”.
Fuera del valle de oscuridad
Con la ayuda de unos amigos cristianos recientemente encontrados, Walt comenzó unviaje hacia la sanación y hacia el descubrimiento de su verdadera identidad como hombre. Walt se dio cuenta que la clave para ganar la batalla que se desencadenó dentro de él era la sobriedad. Su mantra era: “Mantente sobrio, sin importar en qué, mantente sobrio”.Dejó la bebida y se volvió a Jesús como una fuente recién descubierta de fortaleza.
En cierta ocasión, durante un tiempo de oración con su psicólogo cristiano, Walt dice que experimentó espiritualmente al Señor, todo vestido de blanco, que se acercó a él con los brazos abiertos, lo envolvió y le dijo: “Ahora conmigo estás a salvo para siempre”. Fue en ese momento que Walt supo que iba a encontrar en Jesús la sanación y la paz que él tanto deseaba.
Durante una entrevista con LSN, Walt dijo que los que están luchando con su identidad como hombre o mujer y piensan que la cirugía de sexo es la solución “necesitan ir a un psicólogo o a un psiquiatra y entrar a terapia y cavar en el fondo para averiguar qué está causando este deseo, porque hay algunos problemas psicológicos subyacentes o algún problema psiquiátrico que no está resuelto que hay que explorar -si hubo abuso sexual, abuso físico (o) modelo”.
“Puede tomar un año explorar los temas profundos que están pasando y entonces, cuando se hace eso, se puede llevar a la persona a un punto donde puede comenzar a entender su género y comenzar a aceptar su género y a querer vivir el sexo que Dios le dio”.
Como un hombre ahora viejo, Walt cree que si pudiera volver atrás en el tiempo y decirse a sí mismo unas pocas palabras significativas como un hombre más joven, él diría a ese hombre más joven que evite la cirugía de sexo y que descubra la causa que subyace en el deseo por la cirugía.
Walt cree que su historia testimonia el poder de la esperanza, que nunca se debe renunciar a alguien, no importa cuántas veces él o ella caiga o cuántos giros y vueltas haya en el camino de recuperación. Por encima de todo, dice Walt, nunca se debe “subestimar el poder curativo de la oración y el amor en las manos del Señor”.

martes, 25 de enero de 2011

Masculinidad y femineidad en el pensamiento de Juan Pablo II




La siguiente es una meditación sobre la masculinidad y la femineidad basada en la obra de Su Santidad Juan Pablo II "El amor humano en el plan divino".

a. Diferenciación y complementariedad de los sexos

El hombre es creado varón y mujer: la “alteridad” es propia de la especie humana

Del análisis de las catequesis de Juan Pablo II sobre la sexualidad humana[1], hemos visto que el hombre ha tenido como “dos” creaciones: una primera, como varón, en estado de soledad relativa –ya que tiene por amigo a Dios-, y una segunda creación, esta vez definitiva, como varón y como mujer.

Antes de profundizar en el significado de estas dos creaciones, es necesario tener en cuenta un elemento esencial en el hombre, que es su espíritu: en la consideración de la creación del hombre es importante considerar su elemento espiritual, ya que este elemento espiritual, su alma, lo lleva a no quedarse encerrado en sí mismo, sino que, por el contrario, lo conduce a la salida de sí hacia el otro, entendido este como alguien distinto a él, con capacidad, igual que él, de proyección hacia afuera de sí. El hombre es creado en tensión constitutiva: naturalmente, tiende a la comunión de personas, es decir, tiene tendencia natural a establecer una comunión con otros seres espirituales igual que él. Esta posibilidad de la comunión de personas lo lleva a trascenderse a sí mismo, a superar sus propios límites y márgenes, a traspasarlos y a entrar en relación de amistad con otros seres espirituales como él. En esto consiste la “comunión de personas”.

En el origen, en el momento de la creación, en el origen, el hombre es creado de manera definitiva en la bipolaridad varón-mujer. Esta bipolaridad constitutiva de la especie humana, es lo que se conoce como “alteridad”, y es lo que permite una forma de trascendencia.

En la segunda creación, la definitiva, se da la “alteridad” como característica primordial de la especie humana: el hombre es creado como varón y como mujer, y el uno se presenta al otro como “el otro”. Esta presencia del “otro” –la alteridad propiamente dicha-, es lo que lleva a la posibilidad de la auto-trascendencia en la plena donación de sí. La “alteridad”, la creación del “otro”, que se encarna como varón para la mujer y como mujer para el varón, se presenta como la posibilidad de la auto-trascendencia, al tener delante de sí al “otro”, que tiende a la comunión y que a la vez invita a la comunión. El “otro” es el estímulo para la partida fuera de sí, y a la vez, el punto de arribo.

En esta alteridad, como consecuencia de la bipolaridad varón-mujer, aparece en el horizonte del hombre el amor esponsal, el cual tiene características particulares que lo diferencian de otros modos de trascendencia, como el amor de amistad. Hay que aclarar que la alteridad no se refiere sólo a la otra forma de encarnación, sino que se refiere también a Dios: Dios se presenta como el “otro”, con quien se puede establecer una relación de amor de tipo esponsal, que lleva a la plena donación de sí.El amor esponsal, propio de la alteridad –aunque no exclusiva de la bipolaridad varón-mujer ya que se da plenamente en la bipolaridad hombre-Dios-, lleva a la donación total de sí mismo y a la auto-trascendencia. De ahí que tanto el matrimonio (varón-mujer) como la vida consagrada, tratándose de dos bipolaridades de distinto orden, posean las mismas características de amor esponsal, y lleven a la donación de sí en la entrega al “otro” (Dios en el caso del consagrado, el varón o la mujer en el caso del hombre).

En el caso de la bipolaridad varón-mujer, la alteridad se presenta con esta característica: al tener delante de sí al “otro” –el varón a la mujer y la mujer al varón-, se abre la posibilidad, siempre que exista el amor de tipo esponsal, de la donación plena, corporal y espiritual, y por lo tanto, de la plena realización de sí en la trascendencia.

Si no hay alteridad, no hay amor esponsal y no hay posibilidad de apertura al otro, y el hombre queda encerrado en sí mismo: sin amor esponsal, la trascendencia se frustra y se convierte en inmanencia.

b. El ser sexuados: femineidad y masculinidad

La alteridad de varón-mujer se caracteriza por la corporeidad sexuada

La alteridad en la bipolaridad varón-mujer –la presencia del otro- se caracteriza por una forma distinta de encarnación del ser hombre: varón y mujer. El ser cuerpo y espíritu es propio del ser humano, pero también es propio el ser cuerpo sexuado. De esta manera, la sexualidad, en la alteridad, se presenta como una característica esencial de la especie humana. El hombre no ha sido creado ni puramente varón ni puramente mujer, sino como varón y como mujer, es decir, como dos formas distintas de encarnar una misma naturaleza humana.

La corporeidad sexuada es un don para el otro, ya que permite la expresión del espíritu y la comunión de personas

Esta creación de la especie humana, como alteridad bipolar y como corporeidad sexuada, al presentar estas dos formas distintas de sexualidad, representa en sí misma un don para la especie, ya que es lo que permite que tanto el varón como la mujer, al entregarse mutuamente en la donación esponsal, lleguen a plena realización en la comunión de personas. El cuerpo sexuado –masculino o femenino- es un don dentro de la bipolaridad porque es a través del cuerpo sexuado –a través de la masculinidad y de la femineidad- que el espíritu humano puede expresarse en su tendencia constitutiva a la comunión de personas[2]. En otras palabras, la masculinidad y la femineidad, entendidos como corporeidades sexuadas, son la expresión del espíritu, y los medios por los cuales el varón y la mujer tienden a la comunión interpersonal. La masculinidad y la femineidad, es decir, la corporeidad sexuada, tiene un carácter nupcial[3]: tiende y favorece el don de sí en el amor esponsal. Ahora, bien, se debe decir que la corporeidad sexuada, si bien comparte características físico-biológicas similares con seres irracionales, a pesar de un cierto parecido externo –en la genitalidad- se diferencian de estos seres irracionales con una diferencia abismal, ya que como hemos visto, en el ser humano, la corporeidad sexuada es un medio de la expresión del espíritu, lo cual no sucede de ninguna manera en los animales irracionales.

La donación mutua del amor esponsal se manifiesta en la aparición del tercer “otro”: el hijo

El cuerpo humano, en su originaria bipolaridad y alteridad de varón-mujer, es fuente de fecundidad y de procreación. La unión esponsal de la bipolaridad desemboca naturalmente en la aparición de un tercero: el hijo. Ahora bien, esponsal, significa amor de donación plena y total, que se da solo en la bipolaridad y en el matrimonio, es decir, cuando se ha decidido la entrega mutua, como don mutuo, tanto del espíritu como de la propia corporeidad sexuada. Solo en la alteridad de la bipolaridad varón-mujer se da el amor con características esponsales, y solo en esta alteridad esponsalicia, surge naturalmente el tercer otro, el hijo.

El hijo como la manifestación y la coronación del amor esponsal del varón y de la mujer

La constitución espiritual del hombre hace que tienda a la comunión de personas; esta comunión de personas, en la bipolaridad varón-mujer, posee un elemento cualitativo que surge del mismo espíritu, y que es el amor espiritual esponsal, es decir, el tipo de amor que se establece entre los espíritus que están encarnados en las dos corporeidades sexuadas diferentes: el varón y la mujer. El amor esponsal, de raíz espiritual, que se expresa a través de la corporeidad sexuada de la bipolaridad, tiene su coronación y su manifestación más plena y auténtica en la aparición del hijo.

El hijo es el fruto del amor esponsal de la bipolaridad, y debido a la altísima dignidad que cada persona humana posee, por ser imagen y semejanza de Dios, sólo este amor esponsal, originado en los espíritus de la bipolaridad y expresado a través de sus corporeidades sexuadas, es el único lugar digno para su nacimiento. La altísima dignidad de la persona humana hace que cualquier otro lugar, que no sea la bipolaridad varón-mujer, en el contexto de la donación esponsal matrimonial, sea acorde a su dignidad. Solo la –a su vez- altísima dignidad del amor esponsal de la bipolaridad es el origen adecuado para el nacimiento de la persona humana. De ahí que los métodos artificiales de concepción, al carecer de estas condiciones de dignidad y de amor esponsal bipolar, sean inadecuados para recibir a la dignidad de una persona humana.

c. Sexualidad y conformación estructural de la persona

Auto-trascendencia y plenitud de sí en la donación esponsal: la felicidad en el amor al “diferente”

El espíritu humano, encarnado en dos corporeidades diferentes –masculinidad y femineidad- tiende a la auto-trascendencia por medio de la donación de sí. Esta donación de sí se da en su plenitud sólo en la alteridad, es decir, en el amor al “diferente”, y es en esta donación plena, cada miembro de la bipolaridad encuentra su felicidad. La constitución de la bipolaridad es lo que constituye la posibilidad de la felicidad personal, ya que es lo que permite que el espíritu humano se done al otro en su totalidad, sin reservas.

El matrimonio en la bipolaridad varón-mujer: la puerta abierta a la vida

Por su propia naturaleza, la bipolaridad varón-mujer está abierta a la vida. La mutua donación de la bipolaridad, siempre en el contexto del amor esponsal como lugar digno de la dignidad del hijo, permite la aparición de una nueva vida humana, que enriquece con su ser a la misma bipolaridad, que amplía su comunión de personas, al instalarse una trinidad de personas, es decir, al iniciarse el núcleo familiar, en el paso del matrimonio a la familia nuclear.

Imposibilidad de la donación y la consiguiente auto-trascendencia en uniones de un mismo sexo

De esto se comprende que en las uniones entre individuos del mismo sexo, no exista la posibilidad de la auto-trascendencia y de la plena realización, es decir, de la felicidad. La ausencia de bipolaridad, cuando se pretende imitarla y suplantarla por sucedáneos constituidos por uni-polaridades –individuos del mismo sexo- imposibilitan el acceso a la felicidad personal, al bloquear la posibilidad de la auto-trascendencia.

El amor de amistad

El hecho de que el espíritu se auto-trascienda y se realiza en la unión con el otro, diferente, movidos por el amor esponsal, no significa que no exista otro modo de trascendencia. Esta trascendencia se verifica en un amor que no es esponsal, sino de amistad, y puede darse sí con total legitimidad entre individuos del mismo sexo. Es obvio que las expresiones del amor de amistad, que surgen del espíritu, no se expresarán por la corporeidad sexuada y que no desembocarán en la aparición de un otro, el hijo, y sin embargo, el amor de amistad, siendo un amor lícito y puramente espiritual, contribuye y favorece la auto-trascendencia y el don de sí en favor del amigo.


[1] Cfr. Juan Pablo II, El amor humano en el plan divino, Fundación Gratis Date, Pamplona.

[2] Cfr. Juan Pablo II, ibidem, 32.

[3] Cfr. Juan Pablo II, ibidem, 32.