El cigoto, es decir, el ovocito fecundado por un espermatozoide, es ya una persona humana, con un acto de ser, con un cuerpo y con un alma, y por lo tanto, su primer derecho humano es el derecho a vivir

miércoles, 2 de marzo de 2011

La Eutanasia no es un acto médico


Introducción: El punto de partida del presente trabajo es considerar la eutanasia, como se presenta en el debate actual, como un acto no médico. Lo que sostiene esta hipótesis es el análisis de la relación médico-paciente en sus posiciones: se puede decir que la eutanasia no es un acto médico, porque son requeridos, en la interrelación médico-paciente, actos desproporcionados a cada uno di ellos[1]. Por un lado, se pide al médico algo que se encuentra más allá de su competencia –decidir sobre la vida de un ser humano-; por otro lado, se confiere al paciente -o a sus familiares- un derecho que no posee –en el caso de los enfermos terminales- o se elimina un derecho que posee –los neonatos defectuosos. En otras palabras, entra en escena dos personas y se las hace tomar decisiones que no le competen, olvidando los límites de la naturaleza humana. Teniendo en cuenta estas premisas: ¿es lícito pedir al médico un acto más allá de su capacidad? ¿Cuál debería ser la actitud del médico frente al enfermo terminal? ¿Cuál es el acto médico a cumplir en los casos límites de la medicina? Los casos terminales, tratándose de personas humanas, no deberían ser resueltos por una perspectiva humana, en vez de cumplir un acto anti-humano?

En el presente trabajo, trataremos de abordar la eutanasia desde diversos puntos de vista –sin otra intención de sólo hacer, una breve alusión en cada uno de los casos- a fin de responder a las preguntas. Al final, teniendo en cuenta de lo dicho, haremos una pequeña conclusión, tratando de establecer cuál debería ser la actitud del médico hacia el paciente agonizante.

1. Etimología del término y dirección del trabajo.

2. Aspecto ético: no hay bondad moral.

3. Aspecto médico: eutanasia activa, positiva o directa y el suicidio asistido. Las curas paliativas.

4. Aspecto deontológico: la contradicción con la profesión médica: la eutanasia no es un acto médico.

5. Aspecto Bioético: modelos erróneos di bioética médica.

6. Aspecto legal: breve comentario.

7. Aspecto psicológico: según los ensayos clínicos, el pedido de eutanasia es pedido enmascarado de ayuda, no de muerte.

8. Aspecto filosófico-antropológico: la eutanasia es contraria a la dignidad de la persona humana, capax Dei.

9. Aspecto teológico: a través de la Encarnación, Cristo se ha unido en cierto modo a todo hombre. El valor salvífico del dolor.

1. Etimología del término y dirección del trabajo.

En la práctica médica actual, el término[2] expresa la acción intencional directa para eliminar seres humanos que se encuentran en una situación existencial de dolor y sufrimiento considerados límites o insoportables. En otras palabras, el término “eutanasia” –también la dirección del presente trabajo- significa la intención deliberada de erradicar de la sociedad humana a cualquier persona –sea que se encuentre en los inicios de la vida como en los últimos años-, consideradas portadoras de un estado particular de vida infeliz, evaluados como pesados para la persona, la familia y/o la sociedad y como sin posibilidad de solución del punto de vista humano.

2. Aspecto ético: no hay bondad moral.

El problema central a considerar es el objeto moral de la acción presente en la eutanasia entendida como acto humano[3], esto es, libre: cual sea el contenido de la acción; cual sea la intención próxima entendida por los agentes. Lo que se debe considerar principalmente en la eutanasia “se sitúa al nivel de las intenciones y de los métodos usados”[4], porque es este contenido lo que califica la bondad o malicia de la acción libre del hombre[5].

Si analizamos los pasos que caracterizan cada acto humano libre, se puede entender la falta de legalidad moral de la eutanasia. La intencionalidad última entendida por la razón y querida por la voluntad (aliviar el grave estado de sufrimiento de un ser humano, de una familia o de la sociedad) no está conectada razonablemente con la intencionalidad próxima (eliminación directa de la vida humana sufriente o portadora de sufrimiento). La falta de razonabilidad radica en el hecho de la desproporción entre el bien último entendido y el bien próximo elegido por la voluntad: se cambia un bien operable (alivio del sufrimiento) por uno ontológico (la vida de la persona). En efecto, “nadie y ninguno puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, feto o embrión sea, niño o adulto, viejo, enfermo incurable o agonizante”[6]. Es en la intencionalidad donde radica el error, donde recibe la calificación moral, y donde se puede encontrar la diferencia con la cura paliativa: “decisiva en calificar la especie moral de la eutanasia está la intención de matar, que puede derivar tanto desde el elemento subjetivo como desde objetiva finalidad inscripta en un cierto acto. No es entonces eutanasia la suministración de fármacos analgésicos, que tiene como consecuencia colateral, prevista, pero no querida directamente, también la abreviación de la vida del paciente”[7].

No hay proporción razonable en este intercambio, y por eso, falta a la totalidad del acto la bondad del objeto moral. Por este motivo no se puede decir que moralmente sea un acto bueno, ya que por la legalidad y bondad de la acción libre del hombre es necesaria la bondad de los tres factores intervinientes: objeto, circunstancias y fin. El error de juicio de la conciencia –y luego el asentimiento de la voluntad que acepta los medios desproporcionados- hace inaceptable moralmente el acto eutanásico también conservando la bondad de la intencionalidad última.

3. Aspecto médico: eutanasia activa, positiva o directa y el suicidio asistido. Las curas paliativas.

Se puede hacer un primer acercamiento al aspecto médico de la eutanasia clasificándola[8] como activa –llamada también positiva o directa- y pasiva[9]. Otro modo de clasificación es de voluntaria o involuntaria, según la intervención de la voluntad del paciente.

La eutanasia activa, positiva o directa –objeto del análisis del presente trabajo- implica una decidida intencionalidad de sacar la vita al paciente. En cambio hay otra actitud propia y verdaderamente médica –mal llamada eutanasia activa, indirecta o eutanasia pasiva- y es aquella que consiste en la renuncia al llamado “ensañamiento terapéutico”[10] –medidas terapéuticas consideradas extraordinarias y por ello no obligatorias- y el recurso a medidas –por ejemplo, analgésicos- que pueden mejorar los síntomas también reduciendo el período vital: las curas paliativas. La eutanasia activa es sin lugar a dudas ilícita porque lo que se busca es la eliminación directa del paciente; en cambio la cura paliativa es aceptable según el llamado “principio del doble efecto” [11], que consiste en buscar intencionalmente el efecto bueno y solamente tolerar el efecto malo en cuanto inseparable del primero.

Otra situación que se necesita tener en cuenta es aquella del “suicidio asistido” -igualmente intolerable aunque el accionar personal del médico se reduzca notablemente- pues la “parte activa” le corresponde al paciente; el médico es solamente consejero y asistente “técnico” de la automuerte del paciente. Este caso del suicidio asistido es igualmente intolerable –como la eutanasia activa- porque ambas los dos –médico y paciente- se ponen en la misma situación: la decisión sobre sacar o no la vida se encuentra más allá de su competencia.

Si bien son ciertas las razones adoptadas para justificar el suicidio asistido (o la eutanasia) –el que decide suicidarse lo hará con o sin la ayuda del médico, o sea la asistencia médica garantiría una “muerte dulce y eficaz”- no se puede decidir sin duda sobre la base de la ética del consenso. Si ambos se ponen de acuerdo sobre un error, el error continúa siéndolo, sin conseguir jamás que sea verdad. La vida es algo recibido, y el hombre no está jamás en postura de disponer de ella, ni de despreciarla. Los llamados “criterios válidos para asistir al suicidio”[12] son inválidos desde el primero hasta el último porque no existe un “derecho al suicidio”: los derechos se fundan en el ser, y en el caso del hombre, ser que es viviente, inteligente, tiene el derecho a ser lo que es: ser viviente, o sea, tiene el derecho a vivir. Por el contrario, la muerte significa para él la falta de un derecho, o al menos, la falta en un tiempo que debía sin embargo vivir[13].

De frente a un paciente terminal, los tres posibles actos mencionados –eutanasia activa, suicidio asistido y cura paliativa- la última es no solamente lícita moralmente, sino la única posible actuación verdaderamente médica. Las curas paliativas no significan poner en práctica medidas extraordinarias, ya que no hay obligación para el médico de aplicar terapéuticas clasificadas –en cada caso singular- como “extraordinarias” y por ello no obligatorias. En otras palabras, la no acción extraordinaria del médico en este caso, no equivale a dañar mortalmente al paciente, ya que el paciente se encuentra en una situación de irreversibilidad: lo que hace el médico en este caso es ayudar a la naturaleza a cumplir su ciclo biológico. La intención del médico es de acompañar con su ayuda –la no intervención, o sea, la intervención mínima indispensable humanitaria- al paciente que se encuentra al final de su ciclo vital terreno.

Otra es la situación en la eutanasia activa –o en el suicidio asistido-: en este caso la intención no es acompañar ayudando a la persona a lograr el final vital terreno. Lo que se busca es un objetivo absolutamente distinto: terminar en modo no natural una vida juzgada –sea por el médico, sea por el paciente, sea por la sociedad- como inútil, insoportable, angustiante. A la persona se le interrumpe su ciclo vital –un ciclo vital que puede o no encontrarse realmente en las últimas fases- que de lo contrario debe ser respetado en su desarrollo natural. La interrupción intencional de la vida, o sea, directamente querida, no es en ningún modo una ayuda dada al paciente, sí una agresión injustificable, también aunque sea pedida por el mismo paciente.

4. Aspecto deontológico: la contradicción con la profesión médica: la eutanasia no es un acto médico.

Cuando el médico actúa medicamente, qué persigue? Se puede decir que el acto médico persigue promover una vida que es capaz de desarrollarse por sí misma, o mejor, se puede decir más directamente con el Papa Pio XII: “Su oficio (del médico) no es el de destruir la vida, si no de salvarla”[14]. O sea, la intencionalidad última debe ser siempre salvar, custodiar, reparar una vida humana, dentro de una actitud de profundo respeto hacia quien es el patrón de esta vida, de quien se encuentra detrás de esta vida, el ser humano. Una vida, que, en cuanto humana, es siempre invalorable, porque es de alguien que es siempre imagen del Creador.

Diferentes organismos a todos los niveles han mantenido siempre esta perspectiva respecto del quehacer médico. Haciendo un trayecto sobre las definiciones del acto médico hechas recientemente por importantes entidades, se puede ver la unanimidad del rechazo de la eutanasia como práctica médica. El rechazo es ante todo indirecto, al considerar el acto médico como acto que tiende a conservar la vida; en otras, la condena a la eutanasia es más directa.

Por ejemplo, una válida definición respecto al acto médico es la dada por la Asociación Médica Mundial en Helsinki[15]: “es deber del médico promover y salvaguardar la salud de las personas”, y también “sus conocimientos y su consciencia tienen como finalidad el cumplimiento de este deber”.

Otra definición válida es la de la declaración de la Sociedad Americana Médica del año 1973[16]. En esta, un primer párrafo es dedicado a la condena moral y profesional del”matar” (killing), también por piedad; un segundo está dedicado a las condiciones que hacen posible el “dejar morir” (letting die). En esta declaración, la finalización intencional de la vida de un ser humano por obra de otra-muerte por compasión o mercy killing- es considerada como contraria al objetivo de la profesión médica. En cambio, se trata de una acción intencional absolutamente diferente el hecho de dejar de emplear los medios extraordinarios con el fin de prolongar una vida que se sabe no tendrá ninguna posibilidad de mejoría. El cese de la terapia inútil –el llamado encarnizamiento terapéutico- no significa matar un paciente: significa no realizar actos médicos inútiles y en cambio realizar otros actos –el sostenimiento de las medidas mínimas necesarias para una agonía digna- que se vienen insertando en el actuar médico y por ello en el objeto de la medicina. Estas últimas acciones son llamadas “curas paliativas”, término preferible al del “dejar morir” (letting die), porque implica algo de más: ayudar a morir con dignidad, aliviando los sufrimientos, proporcionando asistencia psicológica, espiritual y afecto humano por parte de los profesionales médicos y de la sanidad.

En otras palabras, en las dos perspectivas del actuar médico consideradas, la eutanasia es siempre condenable moralmente porque es incompatible con los fines propios de la profesión médica pues se encuentra más allá de los fines de la ciencia médica y por ello del actuar del médico. En cambio, se permite la retirada de los tratamientos cuando, dada una determinada situación irreversible, los tratamientos sólo harían más pesada y angustiante el tiempo de vida que queda.

En la misma dirección de las precedentes declaraciones se expresa el Código Deontológico Italiano (art. 20): “El médico no puede abandonar el enfermo, considerado incurable, pero debe continuar asistiéndolo también al sólo fin de aliviar el sufrimiento físico y psíquico”.

La eutanasia ha sido rechazada como práctica médica también por el Consejo de Europa[17], con el argumento que el médico no tiene derecho a disponer de la vida del enfermo. Así en el art. 7, dice: “considerando que el médico debe esforzarse por aplacar los sufrimientos y que no tiene el derecho, también en los casos que parecen desesperados, de apurar intencionalmente el proceso natural de la muerte”. En otras palabras, “no tiene el derecho”, porque el hecho de decidir sobre la vida del paciente está más allá de su competencia.

Otro organismo que se ha expresado rechazando la eutanasia, es la Asamblea de los Médicos de Europa: “Cada acto con miras a provocar deliberadamente la muerte de un paciente es contrario a la ética médica”[18].

El Magisterio de la Iglesia Católica, sin pretender tener competencia específica en medicina, pero consciente de ser la intérprete verdadera de la Verdad revelada, se ha pronunciado desde siempre en manera negativa respecto de la eutanasia. Son muchísimos los lugares del Magisterio donde es declarada la condena a la eutanasia; solamente queremos señalar una de las más recientes, dada por el Santo Padre Juan Pablo II: “...la eutanasia es una grave violación de la ley de Dios, en cuanto muerte deliberada moralmente inaceptable de una persona humana”[19].

La posición católica[20] sostiene siempre esta perspectiva: poner fin a la vida en manera directa e intencional es siempre malo y “moralmente inaceptable”[21], y por ello no puede jamás ser un acto querido en sí mismo. Se trata de un acto intrínsecamente perverso. En cambio puede ser admitida la interrupción de procedimientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados respecto de resultados esperados –el encarnizamiento terapéutico[22]-, porque así no se quiere procurar la muerte: se acepta de no poderla impedir[23]. Otra cosa absolutamente distinta es la cura paliativa, donde, la muerte del paciente no se quiere directamente ni como fin ni como medio, pero está solamente prevista y tolerada como inevitable. En este caso, como sucede cuando se quiere calmar el dolor de una persona a través de una terapia que colateralmente puede disminuir su vida, las curas paliativas no solamente no son ilícitas, si no vivamente recomendadas[24]. El acto médico es así evaluado en su justa medida, porque sin sobredimensionar, es respetada la sutil barrera entre matar y hacer las curas paliativas, “forma privilegiada de la caridad desinteresada[25]. En este sentido se ha expresado el reciente VII Congreso Internacional de Curas Paliativas sostenido en Palermo[26].

Se podría agregar que las curas paliativas comprenden no solamente el aspecto de la suministración material de las terapias, si no ante todo, el aspecto de la donación de la persona del médico hacia el paciente agonizante. También más, es este aspecto de donación de sí lo que hace plenamente humano el acto médico, haciéndolo subir del nivel meramente técnico. Solamente en la donación de sí la cura paliativa se transforma en la “forma privilegiada de la caridad desinteresada”, o sea, del amor hacia el prójimo y hacia Dios.

5. Aspecto bioético: modelos erróneos de bioética médica.

En cambio, hay sin embargo otras posiciones –basadas sobre principios filosóficos débiles y erróneos- que hacen posible considerar la eutanasia como justo actuar médico. Entre estas posiciones, están la de la ética liberal y la de Engelhardt.

La crítica principal que se puede hacer a la primera –que utiliza un lenguaje ajeno a la bioética propiamente católica, como derechos y debería, no maleficencia, beneficencia-, es que los principios de esta bioética son demasiado vagos y no sirven en los casos prácticos concretos, donde no se sabe qué hacer. En la práctica los principios de la deontología liberal son siempre perjudiciales al paciente, porque sus principios, sin fundamentación metafísica en serio, caen en el utilitarismo[27].

Otro ejemplo de posiciones que hacen posible, serios errores sobre la conducta a adoptar hacia el enfermo terminal, es la de Tristram Engelhardt. Este autor, parte de una consideración errónea de la persona humana, o sea, hace una división arbitraria entre “persona en sentido estricto”, y “persona en sentido social”[28]. La primera categoría es el “agente moral”[29], persona plena; la segunda, en cambio, no es “persona en sentido estricto”, y por ello no tiene los mismos derechos. El punto de partida es absolutamente injustificado desde el punto di vista antropológico y metafísico, y conduce a la construcción de una teoría absurda sobre la persona humana que termina en una aberrante inversión de términos de la ecuación. En efecto, mientras de un lado sostiene que los animales “son tutelados por la moral de la beneficencia”[30], por el otro sostiene que hay “individuos que no son más personas”, que “lo han sido en pasado y quedan incapaces de alguna alteración mínima”, individuos “que no han sido jamás y no serán jamás personas en sentido estricto”, como los “individuos gravemente retardados y dementes”, y “seres humanos gravemente mutilados (por ejemplo, los sujetos en coma grave e irreversible) incapaces de interactuar hasta en roles sociales mínimos”[31].

Se puede entender que estos aberrantes modelos de bioética estén en la base de los graves errores cometidos con los pacientes terminales.

6. Aspecto legal: breve comentario[32].

De todos los países occidentales, ha sido Holanda, en los últimos veinte años, el que se ha movido para aprobar la eutanasia no solamente para enfermos terminales, sino también para los enfermos crónicos y también aquellos con enfermedades psicológicas. En este país se han observado preocupantes fenómenos: aumento del 27%, en el número total de muerte provocadas por la eutanasia entre 1990 y 1995; la mitad de los médicos holandeses considera como práctica correcta sugerir la eutanasia a sus pacientes[33]; se ha verificado un alto porcentaje de casos de eutanasia involuntaria[34].

Por estos motivos, respecto al aspecto legal, se necesita considerar las leyes del derecho holandés que, prohibiendo en la teoría, favorece la práctica. Como hace el derecho holandés para llegar a esta contradictio in terminis? El derecho procede así: por un lado, penaliza el hecho de sacar la vida a una persona, considerando este hecho como delictivo aunque haya sido pedido por la persona expresamente (art. 293 Código Penal, véase anexo I), y condena también la inducción, la asistencia o la providencia de los medios que conducen al suicidio, mencionando explícitamente el suicidio asistido por el médico (art. 294 Código Penal). Por otro lado, en cambio, introduce una errónea distinción que hace posible la práctica de la eutanasia, aunque condenada en la teoría.

Esta distinción artificial consiste en la figura penal de “fuerza mayor” (véase art. 40 Código Penal, anexo I) como causa eximente de la responsabilidad criminal. Según este principio, la persona que comete un acto criminal es absuelta si es verificada la situación de “fuerza mayor”. En otras palabras, el médico puede terminar la vida del paciente si ha actuado según esta particular situación –además de los llamados “criterios de cura y de empeño profesional[35]- que lo coloca en la “situación de conflicto”: imposibilidad de cumplir ambos deberes del médico.

Como se verifica esta situación de conflicto? Se considera que, como el médico es el único que tiene estas dos obligaciones -preservar la vida y aliviar al mínimo el dolor del paciente-, entonces, de esta doble obligación puede surgir un conflicto cuando el médico no es ya capaz de cumplir ambos deberes. Frente al conflicto –o preservar la vida o aliviar al mínimo el dolor- este aparente conflicto es solucionado desproporcionadamente: la obligación de aliviar sólo puede ser seguido sacándole la vida. Se cumple un deber –aliviar el dolor- sin cumplir el otro –preservar la vida.

No hay duda que el médico tiene estos dos deberes, pero es erróneo considerar que un deber –aliviar el dolor- haya primado sobre el otro –preservar la vida. En todo caso, ¿cuál es el criterio que conduce a elegir una obligación a la otra? Además de ser una clara posición de positivismo jurídico[36] –y por eso contrario a las leyes naturales y divina- parece ser tal vez la aplicación de los principios de la bioética llamada “de los valores”[37], pero, como ya hemos visto, se desaconseja la aplicación de estos principios a los casos concretos, porque no tienen una escala jerárquica entre sí, además de ser demasiado indeterminados y difusos porque su formulación no tiene fundamentación ontológica y antropológica, haciéndolos tan estériles y confusos[38]. Esto quiere decir que como son tan vagos, cualquier criterio puede ser aplicado o no según la circunstancia, y la decisión última no es entonces objetiva, mas absolutamente subjetiva. Esto parece ser el caso del código holandés.

Más allá, hay otra deducción errónea del código holandés: no se puede exigir al hombre más de lo que puede hacer[39]; vale decir: no se puede pretender que el hombre-médico tome el puesto de Dios. Como jamás se puede pretender aplicar una solución absurda –y entonces no es más solución- en un caso extremo? Como la medicina y el médico tienen un límite, debidos ambos a la limitada condición humana, no se puede pretender una acción que se encuentra más allá de sus posibilidades: el alivio del dolor–físico, espiritual, moral- que pueden proporcionar un alivio limitado, jamás puede ser absoluto. Pretender el alivio absoluto –también al “mínimo”- es imposible para el médico y también para la medicina. En todo caso, si se puede realizar el “alivio al mínimo”, este “alivio al mínimo” jamás puede ser interpretado como “desaparición del dolor”, y entonces no puede ser pretendido; y ni se puede obtener el “alivio mínimo” sacando del medio lo que se encuentra bajo el dolor: el ser humano. Por otro lado, sacando del medio al ser humano, en lugar de cumplir una obligación sobre el otro, no se cumple ninguna, o si se cumplen, se lo hace en una manera absolutamente inadecuada, lo que es igual a decir que no está cumplida.

La situación en que se encuentra el médico es arbitraria e injustificada: no hay “situación de conflicto” porque, medidos justamente, o sea, considerados en su limitación, ambos deberes, preservar la vida y aliviar al mínimo el dolor, pueden ser obtenidos. De otra forma, se colocan injustamente al hombre y a la ciencia médica en una posición absurda porque es irracional: decidir sobre la vida de un ser humano[40].

7. Aspecto psicológico: Según los ensayos clínicos, el pedido de eutanasia es pedido enmascarado de ayuda, no de muerte.

Hay múltiples ensayos clínicos que contradicen las razones invocadas para justificar legalmente la eutanasia, o sea, la situación de sufrimiento insoportable por parte del paciente, y de conflicto entre sus deberes por parte de los médicos.

Los datos suministrados indican que del punto di vista psicológico, los pacientes terminales adoptan diversas posiciones: por un lado, si bien es cierto que la tasa de suicidios es más elevada que la de la población general –alrededor de dos veces- entre los que sufren una enfermedad terminal[41], por otra parte ha sido observado en otros estudios que en estos pacientes se produce un fenómeno llamado cancer cures psychoneuroses” que los hace más capaces di afrontar con serenidad el devenir de la muerte. En esta fase, los médicos psiquiatras tendrían una muy importante actuación. En este sentido explica un investigador: Este fenómeno -cancer cures psychoneuroses- se tiene cuando los pacientes se dan cuenta de tener un cáncer u otra enfermedad progresivamente terminal, y cuando el proceso con el cual hacen frente y dominan su miedo de la muerte disuelve muchas otras ansias o neurosis. Como es explicado por un psiquiatra, cuando la atención de una persona se aleja de los divertimentos banales de la vida, puede emerger un apreciamiento más pleno de los factores elementales de la existencia[42].

Sobre la base de la observación de este fenómeno, ha sido observado en otros estudios que “algunos pacientes terminales pueden presentar un estrés psicológico inferior a lo que se pueda esperar”, y que “lejos por la vida a través de sus enfermedades”, que “la gran mayoría no desea el suicidio”, y que “entre los que expresaron una voluntad de morir, todos satisfacían los criterios de diagnósticos de la depresión endógena”[43]. Vale decir, se trata en estos casos de casos análogos a otras situaciones de pedido de suicidio: son enfermedades psicológicas –en general de depresión- que pueden ser tratados por psiquiátricos.[44],[45]

El hecho que no sean los dolores físicos los que empujen el pedir la eutanasia, si no los disturbios psicológicos –en la mayoría de los casos, accesibles a los tratamientos habituales- está confirmado también por otros estudios. En efecto, en un estudio, si bien los que pedían la eutanasia eran pacientes con graves enfermedades físicas –cáncer, ACV y SIDA-, no eran los sufrimientos físicos los que los determinaban a pedir la eutanasia. Los pacientes que pedían la eutanasia lo hacían por motivos no físicos si no psicológicos: manifestaban demasiada preocupación por la pérdida del control, la pérdida de la estima personal, el hecho de ser una molestia para otros, y la pérdida de la dignidad[46]. Las conclusiones del estudio fueron entonces estas: los pedidos más frecuentes fueron no físicos[47]. Este dato está confirmado por otros ensayos: es confirmado que la evaluación y el tratamiento psicológico son elementos críticos para pacientes críticamente enfermos que desean una rápida muerte. En otras palabras, lo que los pacientes quieren pidiendo la eutanasia es en realidad ayuda para problemas de orden físico, pero preferiblemente, piden ayuda para problemas de orden psicofísico, social y espiritual. Si encontrasen la ayuda adecuada, en el sufrimiento psíquico y spiritual podría ser conducida hacia la aceptación serena de la enfermedad física. Así se expresa un investigador: “La mayoría de los pacientes, piden la muerte, piden por ayuda para superar la depresión, la ansiedad por el futuro, la pérdida de control, la dependencia, el sufrimiento físico y el desamparo espiritual”[48]. Vale decir, no es jamás, en estos estudios, un sufrimiento insoportable de orden físico. En todo caso, el sufrimiento se hace insoportable cuando el enfermo no encuentra la ayuda de orden psicológico y espiritual, ayuda que implica también la afectividad y la comprensión de los que lo rodean. Al igual que en otros estudios, se confirma la importancia del psiquiatra en la atención de los problemas psicológicos del paciente terminal[49]. Agreguemos que no sólo el médico psiquiatra y el médico especialista en medicina interna son necesarios: como es pedido enmascarado también de ayuda espiritual, es el sacerdote también que cumple una función esencial en la recuperación de la visión global de la enfermedad por parte del enfermo.

Estos estudios sugieren por otro lado que los pacientes terminales que logran pedir la eutanasia o el suicidio asistido, lo hacen no solamente por la falta de ayuda en el orden psico-espiritual –se descuenta que la asistencia en el orden físico ha sido dada- si no porque se suma otro factor: ha sido comprobado estadísticamente que los enfermos terminales son obligados, mediante las presiones psicológicas sufridas, a pedir la eutanasia y el suicidio asistido. En un estudio[50] en 1995, el 20% de los casos de eutanasia de la población del estudio fueron sin consenso de los pacientes. El estudio agrega que muchos pacientes se sienten coaccionados a dar el asentimiento a los médicos; además, se agregan muchos ejemplos que muestran que la voluntariedad es gravemente comprometida en muchos casos.

8. Aspecto filosófico-antropológico: la eutanasia es contraria a la dignidad de la persona humana, capax Dei.

El hombre, compuesto de cuerpo y espíritu[51], animado por un alma incorruptible[52], de acuerdo a su propia naturaleza, participa sea del mundo material sea del mundo espiritual[53]; en otras palabras, se encuentra en los confines del tiempo y de la eternidad[54]. Creado[55] y por eso limitado, posee una dignidad tal que lo separa infinitamente del resto de las creaturas: su dignidad le acaece del hecho que ha sido creado a imagen[56] y semejanza de su Creador. La imagen y semejanza consiste en la posesión de sus potencias espirituales: entender y querer, y también en la capacidad de autodominio[57], o sea, la imagen consiste en la libertad, ya que su Creador es también Libre. Resultado de Dios, el Ipsum Esse Subsistens[58], posee el esse participado[59], y es este esse –como actus essendi[60]- su máxima perfección ontológica, la que lo constituye como persona, ya que, actualizando su naturaleza razonable, poniéndola en la existencia concreta, la hace también un individuo subsistente e incomunicable. En otras palabras, es, como su Creador, persona, o sea, un ser individual que subsiste en sí mismo porque tiene una perfección ontológica suprema, el esse como actus essendi, que lo hace incomunicable, capaz de entender y de amar, y de dirigirse libremente hacia su Creador.

El hombre como persona humana posee perfecciones: vivir, entender, querer, sonreír. Todas estas perfecciones están concretizadas en cada hombre, vale decir, son, puesto que participan del esse ut actus, la perfección ontológica última que hace posible el vivir, el pensar, el querer y sonreír de cada hombre concreto. Entonces, este esse es un esse recibido, porque es limitado y participado, y si es recibido, quiere decir que no le pertenece al hombre como patrón: Otro es el que le ha regalado, que le ha participado. Este Otro es el Esse per essentiam, Ipsum Esse, porque todo lo que no es su esencia, tiene algo dado por el que es por essentiam[61]. Esse contingente –puede y no puede ser- no le pertenece por sí la vida, porque no es él la misma vida. No tiene derecho a ser, porque su creación depende en todo del entender y del querer del Ipsum Esse Subsistens, y por eso puede o no puede ser. En otras palabras, el esse creatural se encuentra como idea[62] en el intelecto divino, pero el paso a la realidad espacio-temporal, a la existencia, depende del entender y del querer de Dios, o sea, la vida humana depende de la libertad divina. No le pertenece entonces a este esse ser metido en el esencia humana y por eso vivir, entender, querer; pero una vez que el esse es metido en la vida, le pertenece el vivir, el entender y el querer, necesariamente.

Por otro lado, se necesita considerar que se trata de un esse imperfecto y limitado, lo che quiere decir que debe perfeccionarse, y que su perfección definitiva la encuentra en Dios[63]. Resultado por modum creationis del Ipsum Esse, debe cumplir un recorrido, o sea, debe retornar a su inicio; pero como se trata de un ser libre, este retorno lo hace de un modo libre, participando por el Esse Ipsum en dos niveles: participando del ser, y operando libremente a través de sus facultades[64]. En otras palabras, participa al Esse Ipsum[65] a través de la participación en una perfección, que es el esse ut actus; y operando con sus facultades: entender y querer, pasando de la potencia al acto. En otras palabras, sea su esse limitado, sean sus facultades, ambos encontrarán su perfección definitiva en el Ipsum Esse Subsistens. Cumple una perfección existencial pasando de la potencia al acto, pero es en la beatitud donde su perfección será perfectísima, en su union personal con Dios[66]. Mediante su apertura infinita al esse[67], el hombre se hace capacidad infinita de pensar y amar, y así, siendo en la temporalidad la esencia de las cosas materiales el objeto propio de su intelecto, es en cambio el objeto adecuado l’Ipsum Esse Subsistens, Dios, en la beatitud, y por esto es estado creado[68]. Por eso el hombre es capax Dei, porque puede conocer y amar sin límites, infinitamente. Esta infinita capacidad de sus potencias explica su insatisfacción radical existencial respecto de las cosas creadas, y también la afirmación que sólo en Dios puede el hombre encontrar su felicidad perfecta. Esta verdad de orden filosófica –el hombre es capax Dei- es confirmada por la Revelación y por el Magisterio: el hombre ha sido creado para buscar a Dios[69].

En el caso del paciente terminal, candidato a la eutanasia, obviamente no puede seguir su perfección a través de las operaciones intelectivas y volitivas; mas le queda otra perfección: la vida, y todavía otra, sobre la cual es fundada la vida: el esse ut actus. Sacarle la vida significa sacarle una perfección al esse que sí tiene el derecho de poseerla, porque la posee con necesidad mientras continúa siendo. ¿Cuando deja la vida temporal para adquirir otra, la eterna? Cuando lo concreto, compuesto de materia y forma, vea sacada su composición: la separación de la materia y de la forma deja al esse sin la esencia, o sea, sin el principio receptivo potencial del ser. Como el esse surge a través de la forma, que a su vez actualiza a la materia, con la separación de la materia y de la forma es separado también el esse que actualizaba el compuesto. Este hecho de la separación de los componentes del compuesto –que fenomenológicamente consiste en la muerte- no depende de un accidente del compuesto, o sea del entender o del querer; ni de la actividad de las potencias de las otras hipostasis; la separación le surge de otra dinámica. La separación –así como la unión de los componentes, o sea, el inicio de la vida- le surge al concreto subsistente cuando este concreto ha cumplido su tiempo terreno, y la duración de este tiempo depende directamente de Aquel que le ha puesto, con su Pensamiento y Querer, en el esse. Sacarle la perfección de la vida a un esse que todavía debe quedar en el estado existencial temporo-espacial, es un acto irracional, porque coloca al hombre, ser limitado, en el puesto de Dios, Esse Perfettissimo y Señor de la Vida, que es la Vida misma[70].

9. Aspecto teológico: a través de la Encarnación, Cristo se ha unido en cierto modo a todo hombre. El valor salvífico del dolor.

Frente al dolor, el hombre no puede encontrar una explicación convincente buscando con su sola razón, con sus fuerzas limitadas. Hay múltiples factores que lo conducen a un estado final, que es “el misterio del dolor”, locus metaphysicus donde el hombre se encuentra sin respuesta, como al final de un camino que no termina jamás. Por un lado, la multiplicidad del sufrimiento humano –dolores físicos, morales, espirituales que lo acompañan desde el primer momento hasta el último de su existencia- y la sensación de angustia, incerteza y tribulación experimentadas junto a él, parece tantas veces sobrepasar las capacidades de resistencia del hombre. Tal vez en algún momento, parece ser un estado existencial continuo: no hay solución de frente a la inmensidad del mal e del dolor. Por otra parte, el escándalo del mal, difuso sobre toda la tierra y sobre todos los tiempos, que siendo tan grande le parece ser tantas veces infinito, hace la realidad sin embargo más incomprensible para el hombre. Cuando el hombre se encuentra de frente al dolor y al mal, la sola razón no basta para explicar en manera satisfactoria el “porque” de lo que acontece. Se trata de un verdadero misterio, el misterio del sufrimiento, que sin una visión más amplia y plena de la realidad, lleva al hombre a mirar esta realidad sin ni percibir que se trata de un misterio que lo supera, y que por eso la respuesta no la puede dar por sí.

Sin respuesta satisfactoria, el hombre tiende a cerrarse en sí mismo, con lo cual completa un círculo cerrado porque se cierra en sí al no encontrar una respuesta de frente al dolor, y en sí mismo encuentra todavía más dolor. La repetición lo lleva a la desesperación, porque su espíritu, hecho para conocer la verdad y amar el bien, o sea, hecho para tender libremente hacia la belleza del Pulchrum, se sofoca, y jamás puede lograr salir de sí mismo. Es en este momento del límite de las fuerzas, cuando el íntegro mundo parece no ofrecer respuesta, cuando el hombre se hace la llamada magna quaestio[71] a la cual sólo Dios puede ser respuesta; es el momento justo en el cual el hombre puede escuchar la Palabra de Vida, que es más allá de sí. El surgir de la magna quaestio significa que el hombre ha abandonado del todo los intereses banales, ha dejado de ver las cosas sólo desde la superficie; no desea más lo que parece, los fenómenos: la magna quaestio se identifica con un nuevo deseo, desconocido hasta este momento para él: es el deseo de otra vida. El nuevo deseo se despertará en su verdad y en su verdadero sentido sólo al hombre capaz de buscar ayuda no en sí mismo, si no en el Otro, la Palabra.

Por eso se puede decir que el dolor tiene una función maieutica: hace nacer en el hombre no la Palabra, ya que él no es la Palabra, mas hace surgir, en lo profundo de su alma, la disposición espiritual necesaria para escuchar la Palabra. En este momento, el hombre busca en la profundidad de la realidad cada vez que busca en su corazón, y Dios, que lo pone a prueba, lo espera allí. Cuando reconoce en sí el alma inmortal y espiritual, se encuentra con la verdad de su ser[72], la verdad de ser una relación que se relaciona con sí mismo y con Cristo, Dios entrado en el tiempo[73].

De frente al cansancio del dolor y del mal, surge la pregunta: ¿quien soy yo? Y con la pregunta ya es implícita otra pregunta: ¿quien eres Tu, Dios?[74] Y aquí comienza el camino de vuelta hacia la Palabra de Vida, la cual es ahora escuchada. Ahora no significa que hable solamente ahora; habla desde siempre, pero solamente ahora el hombre es capaz de escucharla, y escuchándola, conocerla, y conociéndola, amarla. Solamente en este momento encuentra el hombre la respuesta al sentido del dolor y del mal en el mundo y en su existencia personal.

Como esta Palabra de Vida no es otra que Jesucristo, el hombre encuentra la respuesta a sus preguntas y a su pregunta -magna quaestio-, solamente mirando el Misterio Pascual de Cristo. Solamente a la luz del misterio del Verbo Encarnado[75] encuentra el hombre una explicación definitiva de su misterio, y del sentido de su existencia sobre la tierra, tantas veces bastante dolorosa. Pero no sólo el sentido, si no también y sobre todo la esperanza, y esta esperanza lo hace feliz, porque ahora mira más allá: rompe el cerco hecho por el dolor, el mal y la muerte, y tiende hacia la felicidad, el bien la vida, que no es otra que Jesús, el hombre-Dios, vencedor del mal y de la muerte, dador de paz y de misericordia, de alegría y de vida[76].

Se podría objetar que esto es válido solamente para el hombre creyente, o al menos, bautizado en la Iglesia Católica; pero esta objeción no tiene sentido, porque “con la encarnación, Jesús se ha unido en cierto modo, a todo hombre”[77], y por ello su redención alcanza a todo hombre, de todas las épocas, de todas las razas, de todo lugar[78]. No hay distancia ni de tiempo ni de espacio que impida a la redención de Cristo alcanzar a cada uno y a todos los hombres. Si pertenecen o no a la Iglesia Católica, es otra cuestión: a todos, también sin saberlo, se ofrece la redención, y para todos ha sido hecha[79]. El hombre candidato a la eutanasia, que jamás ha sido creyente, ni ha tenido fe, ni ha conocido a Cristo ni su Iglesia, es esperado por Cristo Redentor más allá de la muerte: espera que cumpla su vida temporal para hacerlo entrar en la eternidad; o sea, para hacerlo partícipe de los frutos obtenidos con su Pasión y Resurrección.

Por estos motivos, la eutanasia implica un doble error: antropológico y teológico.

Un error antropológico, porque implica un rechazo de la vida humana, un desprecio de la persona que es sujeto digno, porque es el único entre las cosas creadas, que por el hecho de ser persona, ha sido querido por sí mismo por Dios. La persona es entonces la única que merece ser buscada y amada por sí misma, el único bien que es buscado por sí mismo, y así la eutanasia implica una visión de la persona humana donde esta es considerada en un plano igual o inferior a las cosas y a los animales; es comparada a estas y a los animales, y es puesta en último puesto.

La eutanasia implica un alterado de la libertad humana: la libertad se plenifica en la Verdad, y la Verdad del hombre es el Esse Subsistens que se encuentra más allá de su espíritu, de su ser. La libertad del hombre se plenifica en la Verdad, y esta es la trascendencia de la persona humana, una trascendencia que cada hombre puede comprobarla por sí mismo descubriéndose existencialmente, en la reflexión, como relación que se relaciona con Dios. Haciéndolo pedir la eutanasia, o sacándole la vida en manera anticipada, le es privada a su elección la relación con la verdad de ser él mismo una relación que se relaciona con Dios, para suplirla con una vía sin salida. Así, el sujeto, privado de su relación con Dios, se encuentra existencialmente privo de fundamento, y sin fundamento de su existir terreno, no ve más la salida de su pensamiento, no ve más la esperanza, la trascendencia, ni la capacidad innata del tender de su alma hacia el Esse. Sin fundamento, habiendo sido sacada cada posibilidad de trascendencia, el espíritu humano se abandona a sí mismo, y termina deseando que le sea sacada una vida que no tiene más sentido porque psicológicamente no ve más la salida a las coordinadas temporo-espaciales: es el esse identificado con el tiempo. Su esse finito, llamado a la perfección en una comunión personal con el Esse perfectísimo de Dios, es conducido en una dirección contraria. Afirma con su actitud el error metafísico-antropológico de Heidegger: “el hombre es un ser para la muerte”[80].

Con la eutanasia, se saca al hombre la posibilidad de elegir su identificación con Jesucristo, el hombre-Dios, que en cuanto hombre, ha estado sobre la cruz el Rey Agonizante, el Siervo sufriente que ha atravesado los espasmos de la agonía y que ha gustado para los hombres cada suerte de dolores y de abandonos.

Implica también un error teológico, porque se trata del rechazo explícito de la religión revelada, o sea, de la Encarnación redentora del hombre operada por Jesucristo, redención que se extiende a todos los hombres de todos los tiempos, mientras Cristo es la Cabeza de toda la humanidad[81]. Implica la negación de la destinación eterna del hombre, ser creado, participado, hecho a la imagen de su Creador y destinado también gratuitamente a una communio personarum beata y eterna: la communione, a la cual es llamada cada persona humana, con las Personas Divinas de la Trinidad.

Implica una falta de reconocimiento del valore salvífico del dolor humano[82], unido, desde la Encarnación, a Jesucristo, porque ha sido asumido por Él. El hijo de Dios libera al hombre de la muerte y del pecado porque ha desafiado ambos a través de la muerte en cruz. Ha vencido al espíritu malo y ha resucitado, y ha hecho partícipe al hombre de su victoria, concediéndole su gracia. Mediante esta doble acción, abre las puertas al hombre para que participe el hombre libremente de su beatitud eterna: en esto consiste la destinación eterna del hombre, su definitiva y eterna felicidad buscada en la unión con Dios.

Esto significa, en la perspectiva escatológica, que el sufrimiento ha sido totalmente borrado. Por ello, debido al resultado de la acción salvífica de Cristo, el hombre vive su existencia terrena con la esperanza en la beata vida eterna. La acción salvífica de Cristo no saca el sufrimiento terreno del hombre, pero arroja una nueva luz, resplandeciente: la luz de la salvación[83]. Uniendo sus dolores a los dolores de Cristo, el hombre-Dios, el hombre se hace también partícipe de la Redención de la humanidad. Por eso ningún sufrimiento, aceptado y ofrecido, queda sin valor y sin recompensa.

Conclusión:

Teniendo en cuenta la destinación final de la persona humana, se puede ver que la posición del médico es una posición privilegiada, ya que es él quien se encuentra en contacto directo con aquel que se ha hecho magna quaestio, lo cual quiere decir que ha comenzado a mirar las cosas y la vida dirigiéndose hacia Dios. En este sentido, el médico puede ayudarlo en su camino final, arrojando luz sobre aquello que le espera.

¿Cual sería la actitud adecuada del médico como profesional y como persona humana que se encuentra delante de otra persona humana, que le pide ayuda, también sin decirle una sola palabra? Se descuenta que la única actitud posible es la de la cura paliativa. Pero como el paciente terminal es una unidad sustancial compuesta de alma y cuerpo, no basta la sola actitud técnica profesional, o sea, la atención de los parámetros vitales mensurables técnicamente. Se lo debe hacer, pero sin embargo falta un elemento esencial: el don de sí. Como la última acción que hace no comprenden solamente las terapias físicas, si no sobretodo el don de su persona humana hacia el otro que agoniza, el médico cumple en realidad una doble acción. Con esta actitud al mismo tiempo cura, actuando hasta el límite de sus posibilidades como médico, y por otro lado ayuda al agonizante, con su don personal, a emprender la nueva etapa en el mejor estado espiritual posible: deja abierta la posibilidad al otro de encontrarse, con las mejores disposiciones, con Cristo. Se podría afirmar que con las curas paliativas y el don de sí, el médico cumple plenamente su trabajo: reconociendo sus propios límites, el límite de la medicina y de la naturaleza humana, hace lo que puede hacer del mejor modo posible. Esta actitud le corresponde no solamente al médico creyente, sino a cualquiera, también aquel no creyente, porque la inmortalidad del alma humana[84] no es un dato de fe, si no un dato adquirido por la razón, y la acción redentora de Cristo, como hemos señalado primero, es para todo hombre. El que no cree, tiene el deber de cumplir con plenitud el último acto médico -cura paliativa y don de sí- debido si no por motivos sobrenaturales, a motivos naturales: ambos -médico y paciente- comparten la misma naturaleza humana.

Otra es la perspectiva de la actitud eutanásica, que, haciendo presión sobre la persona a fin de hacerla pedir la muerte, vacía de esperanza el horizonte de la persona que entonces se hace víctima, la priva no solamente de esperanza sobrenatural, si no de cualquier indicio de esperanza natural. En otras palabras, la actitud eutanásica del médico lleva al paciente al desaliento físico, al abatimiento psicológico y a la desesperación espiritual.

Además de su deber profesional, cumplido con conciencia y profesionalidad, queda al médico otro deber: dar esperanzas: es todo lo que el médico puede libremente hacer, y la elección es decisiva. Como desde una perspectiva médica y humana, no hay argumentos razonables sostenedores de la actitud eutanásica, por eso, queda como un camino ineludible, el feliz deber de dar esperanza al desesperanzado.

En otras palabras, de frente al paciente terminal, en las fronteras de las posibilidades personales y de la medicina, el médico puede cumplir un supremo y último acto que hace todavía más noble su profesión. Este último acto es el de hacer de mediador privilegiado entre Cristo, Persona divina, Dios entrado en el tiempo, y el paciente agonizante, persona humana pronta a iniciar un estado de vida definitivo.

Bibliografia.

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2. Congregación para la Doctrina de la Fe en su Declaración sobre El aborto procurado, 18/11/1974.

3. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus sobre la unicidad y la universalidad salvífica di Jesucristo y de la Iglesia, 06/08/2000.

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5. Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium Vitae.

6. Juan Pablo II, Carta Encíclica Veritatis Splendor.

7. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptor hominis.

8. Juan Pablo II, Carta Encíclica Salvifici doloris sobre el significado cristiano del sufrimiento humano.

9. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae.

10. Cornelio Fabro, La vuelta antropológica de Karl Rahner, Rusconi Editore, Milán 1974.

11. Catecismo de la Iglesia Católica.

12. Livio Melina, Curso de Bioética, Edición Piemme, Asti 1996.

13. Valente Farreras, E. Roznan, Medicina Interna, sec.10 Geriatría, cap.178: Aspectos éticos de la asistencia en geriatría. Eutanasia y suicidio asistido, Madrid14, 2000.

14. Miguel Ángel Fuentes, Revestíos de entrañas de misericordia, Manual de preparación para el ministerio de la penitencia, Ediciones del Verbo Encarnado, San Rafael, Argentina 1996.

15. Asociación Médica Mundial ha elaborado la Declaración di Helsinki.

16. Centro di Bioética, Universidad del Sagrado Corazón, Roma, Documento n° 6/2000 sobre la Autonomía del paciente y responsabilidades del médico: a propósito de la llamada “carta de la autodeterminación”.

17. Elio Sgreccia, Manual di Bioética, Volumen I, ediciones Vida y Pensamiento, Milán 1999.

18. H. Tristram Engelhardt Jr., Manual de Bioética, ediciones il Saggiatore, Milán 1999.

19. Stanislaw Grygiel, El nuevo Areópago, 14, 1995.

20. Journal of the American Medical Association.

21. Rivísta Diálogo, Año 3, 14, San Rafael, Mendoza 1996.



[1] “…nada y nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, feto o embrión que sea, niño o adulto, viejo, enfermo incurable o agonizante. Ninguno, además, puede pedir este gesto homicida por sí mismo o por otro confiado a su responsabilidad, ni puede consertirlo explícitamente o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo”. Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre La Eutanasia, 5/5/1980, 356. (La numeración de los párrafos es tomada de la Enchiridion Vaticanum vol. 7 - EDB). Cfr. también Centro de Bioética, Universidad del Sagrado Corazón, Roma, Documento n° 6/2000 sobre Autonomía del paciente y responsabilidad del médico: a propósito de la “carta de la autodeterminación”:En cada caso la intangibilidad de la vida y la dignidad de la persona no consienten a nadie, ni al médico ni al paciente mismo ni a los familiares ni siquiera a la sociedad, sugerir o aceptar elecciones de eutanasia o de suicidio asistido”.

[2] Por eutanasia se entiende una acción o una omisión que por su naturaleza, o en las intenciones, procura la muerte, con el objetivo de eliminar cada dolor.Cfr. Declaración sobre La Eutanasia, 354-357. Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium Vitae, 65.

[3] Cfr. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-II, q. 1, a. 3.

[4] Cfr. Declaración sobre La Eutanasia, 355.

[5] Cfr. Summa Theologiae, I-II, q. 18; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1750-1754; Carta Encíclica Veritatis Splendor, 74-83.

[6] Declaración sobre la Eutanasia, 356.

[7] Livio Melina, Curso di Bioética, Edición Piemme, Asti 1996, 213.

[8] Cfr. Valentì Farreras, E. Rozman, Medicina Interna, sec.10 Geriatría, cap.178: Aspectos éticos de la asistencia en geriatría. Eutanasia y suicidio asistido, Madrid14, 2000.

[9] Pero como es impropio usar la terminología “eutanasia pasiva”, en el presente trabajo no haremos uso de esta clasificación, manteniendo solamente el término “eutanasia” en el sentido indicado en el punto 1.

[10] Hay medidas que podrían prolongar –inútilmente- la vida del paciente: fármacos especiales, traslado a unidad sanitaria intensiva, etc.

[11] Para la formulación del llamado principio, cfr. Miguel Ángel Fuentes, Revestíos de entrañas de misericordia, Manual de preparación para el ministerio de la penitencia, Ediciones del Verbo Encarnado, San Rafael, Argentina 1996, 30-31.

[12] Por ejemplo, Quill, Cassel y Meier (1992), proponen los siguientes: proceso incurable, sufrimiento grave e incontrolable, médico convencido, petición consciente y libre por parte del paciente, etc. Cfr. Valentì Farreras, E. Rozman, op. cit.

[13] Este es el parecer de la S. Congregación para la Doctrina de la Fe en Declaración sobre El aborto procurado, 12, del 18 noviembre 1974: “El derecho a la vida queda intacto en un anciano, también muy debilitado; un enfermo incurable no lo ha perdido”.

[14] Pio XII, Alocución a la Unión Médico-Biológica “S. Luca”. Discursos y Radiomensajes, 1944, VI, Ciudad del Vaticano 1960, pp. 181-196.

[15] La Asociación Médica Mundial ha elaborado la Declaración de Helsinki como declaración de principios éticos que fornecen una guía para los médicos y para los otros participantes a una búsqueda médica que involucran sujetos humanos. Adoptada por la 18ª Asamblea General de la AMM en Helsinki, Finlandia, en junio 1964 y enmendada por la 29ª Asamblea General en Tokio, Japón, en octubre 1975, por la 35ª Asamblea General en Venecia, Italia, en octubre 1983, por la 41ª Asamblea General en Hong Kong, en septiembre 1989, por la 48ª Asamblea General en Somerset West, República de Sud áfrica, en octubre 1996 y por la 52ª Asamblea General en Edimburgo, Escocia, en octubre 2000.

[16] Cfr. Valentì Farreras, op. cit.

[17] Recomendación n. 779/1976 sobre derechos de los enfermos y de los moribundos de la Asamblea del Consejo de Europa.

[18] Asamblea plenaria del Comité Permanente de los Médicos de la Comunidad Económica Europea, tenida en Berlín el 20-21 noviembre 1987.

[19] Cfr. Carta Encíclica Evangelium Vitae, 65.

[20] Hay también otras religiones –no cristianas, como la budista- que rechazan la eutanasia también tengan diferencias teológicas. Convergen en el rechazo de los criterios de justificación de la eutanasia tomando como base la posición que considera la “santidad de la vida” y por ello el rechazar la destrucción intencional de la vida humana sea activamente o por omisión. Cfr. Killing, karma and caring: euthanasia in Buddhism and Christianity, Keown-D; Keown-J, Journal of Medical Ethics, Vol. 21, No. 5, October, 1995, pp. 265-269.

[21] Cfr. Catechismo della Chiesa Cattolica, 2277.

[22] Al respecto, se debe tener en cuenta que “la asistencia al moribundo debe ser éticamente impostata evitando cada forma de encarnizamiento terapéutico y aquellas intervenciones que son manifiestamente privas de significado terapéutico o de alivio del moribundo; debe recurrir a las intervenciones que tengan una proporcionada validez en orden al sostenimiento congruente de la vida, a la terapia del dolor y a paliar síntomas de sufrimiento, al consuelo espiritual, también religioso, y a las curas ordinarias (alimentación, hidratación, higiene, etc.)”. Cfr. Centro di Bioética, Universidad del Sagrado Corazón, Roma, Documento n° 6/2000 sobre la Autonomía del paciente y responsabilidad del médico: a propósito de la llamada “carta de la autodeterminación”.

[23] Cfr. ibidem, 2278.

[24] Cfr. ibidem, 2279.

[25] Cfr. ibidem, 2279.

[26] Cfr. Periódico Avvenire, edición del martes 3 de abril 2001, sec. Società, pág. 11. Los médicos firmantes, en representación de 50 estados, han firmado la “Carta de los derechos de los moribundos”. Según esta, “El moribundo tiene el derecho de ser considerado persona hasta la muerte, de ser informado sobre las condiciones y a tratamientos que lo alivien del dolor y del sufrimiento, a asistencia en el ambiente deseado, a la ayuda psicológica y al consuelo espiritual, tiene el derecho todavía de no sufrir tratamientos que prolonguen la espera de la muerte, de expresar las propias emociones, de no morir en la soledad si no en paz y con dignidad”.

[27] Cfr. Elio Sgreccia, Manual de Bioética, Volúmen I, ediciones Vida y Pensamiento, Milán 1999, 169-170.

[28] Cfr. H. Tristram Engelhardt Jr., Manual de Bioética, ediciones il Saggiatore, Milán 1999,172-173.

[29] Cfr. ibidem, ed. cit., pag. 172.

[30] Cfr. ibidem, ed cit., pag. 167.

[31] Ibidem, pag. 173.

[32] Según las agencias informativas -La Haya, 10 abril 2001-, el Parlamento holandés ha aprobado definitivamente la eutanasia activa, siendo así el primer país del mundo en obtener este paso legislativo. La nueva ley deberá ser firmada por la reina Beatriz y después de ser publicados los detalles en el Boletín Oficial, tendrá plena vigencia. La nueva ley ha tenido el voto favorable de 47 de los miembros de la Cámara legislativa. Cfr. ZENIT.org, htpp://www//zenit. Org., ZS01041005.

[33] Actitud que se muestra contraria a lo que sucede en la realidad, donde entre los pacientes terminales hay un fuerte apego a la vida. Esta última afirmación es confirmada por lo que sucede en Italia: según datos recientes, es bajísimo el porcentaje de los casos de eutanasia entre los pacientes. Ha sido el Instituto de los tumores de Milán que suministró los datos: en el año pasado (año 2000), sólo un paciente sobre 900 la ha pedido, pero luego lo ha repensado después de haber sido sometido a la terapia del dolor que le ha aliviado los sufrimientos. Cfr. Marina Corradi, Eutanasia, tentazione die sani, en diario Avvenire, edición del 18 de marzo del 2001, página principal y 13.

[34] Cfr. Physician-Assisted Suicide and Euthanasia in the Netherlands: Lessons From the Dutch Herbert Hendin, et al., Journal of the American Medical Association (JAMA), June 4, Vol. 277, No. 21, 1997. pp. 1720-1722.

[35] Estos son: pedido del paciente voluntario y duradero; sufrimiento insoportable y sin posibilidad de mejoría. Cfr. Reglamento de las comisiones regionales de comprobación de la eutanasia, art. 9 anexo 1, 27 de mayo de 1998. El juez es el encargado de verificar estos criterios.

[36] El derecho no dependería de algún modo de la verdad, sí de un acto de voluntad normativa de quien gobierna. Cfr. Elio Sgreccia, op. cit., pag. 66.

[37] Es el llamado “principialismo” teorizado da T. L. Beauchamp e J. F. Childress nel volume Principles of biomedical ethics. Los principios son: respecto de las personas, de la beneficencia y de justicia. Cfr. Elio Sgreccia, Manuale di Bioética, ed. cit., 169-170.

[38] Cfr. ibidem, 173.

[39] “Ad impossibilia nemo tenetur”.

[40] “De la vida de un hombre no reo de delito punible con la pena de muerte, sólo el señor es Dios (...) Ninguno en el mundo, ninguna persona privada, ninguna humana potestad puede autorizarlo (el médico) a la directa destrucción de ella...”. Cfr. Pìo XII, Allocuzione..., ed. cit.

[41] Los diagnósticos más frecuentemente asociados con los pedidos son el cáncer, enfermedades neurológicas y el SIDA. Cfr. Physician-Assisted Suicide and Euthanasia in Washington State: Patient Requests and Physician Response. Anthony L. Back, MD; Jeffrey L. Wallace, MD, MPH; Helene E. Starks, MPH; Robert A. Perlman, MD, MPH. Journal of the American Medical Association, March 27, Vol. 275, No. 12, 1996. pp. 919-925.

[42] F. P. McKegney e M. A. O’Dowd, Clinical and Research Reports: Suicidality and HIV Status, in American Journal of Psychiatry, n. 149, 1992, pp. 396-398.

[43] Cfr. J. H. Brown et al., It is Normal for Terminally Ill Patients to Desire Death?, ibid., n. 143, 1986, pp. 208-211.

[44] Cfr. ibidem.

[45] New York State Task Force on Life and the Law, When Death Is Sought: Assisted Suicide and Euthanasia in the Medical Context, Albany (New York) 1994, pp. 12-13.

[46] Physician-Assisted Suicide and Euthanasia in Washington State: Patient Requests and Physician Response. Anthony L. Back, MD; Jeffrey L. Wallace, MD, MPH; Helene E. Starks, MPH; Robert A. Perlman, MD, MPH. Journal of the American Medical Association, March 27, Vol. 275, No. 12, 1996. pp. 919-925.

[47] Cfr. ibidem.

[48] Patient requests for euthanasia and assisted suicide in terminal illness. The role of the psychiatrist. Block-SD; Billings-JA, Psychosomatics, Vol. 36, No. 5, Sep/Oct, 1995, pp 445-457.

[49] Cfr. ibidem.

[50] Physician-Assisted Suicide and Euthanasia in the Netherlands: Lessons From the Dutch Herbert Hendin, et al., Journal of the American Medical Association (JAMA), June 4, Vol. 277, No. 21, 1997. pp. 1720-1722. En este estudio, los ejemplos de la involuntariedad de los pacientes son trágicos: entre la posibilidad de elegir solamente entre la eutanasia y una casa de reposo, un hombre ha elegido la eutanasia debido al miedo de vivir en un lugar no familiar; después de haber rechazado el tratamiento para su depresión, una mujer ha sido asistida al suicidio por los médicos que consideraron su caso ser “sin posibilidad de socorro”. Otro caso fue una mujer en estado terminal y hospitalizada, de la cual se esperaba la muerte en una semana: fue muerta por su médico porque el “tenía necesidad de la cama”.

[51] S.Theol., q. 75, a. 5.

[52] S. Theol., q.75, a.6.

[53] Según el principio de continuidad metafísica: el inferior de un género se continúa con el superior del otro. El hombre, inferior entre los seres espirituales, agrega el mundo espiritual mediante su alma. En I De Causis 1, 19, s. 106.

[54] In I De causis, lect. II, s. 15. También: “El alma humana es como el horizonte y limita entre lo corpóreo y lo incorpóreo, pues es sustancia incorpórea y a la vez forma del cuerpo”. S. C. G., II, 68.

[55] Santo Tomás, De Causis, L. III, Prop. XVIII: primum ens dat esse omnibus per modum creationis”, las otras hipostasisper modum formae”.

[56] S. Theol., I, q. 59, corpus. Quest., q. 10, ad. 3. Otra imagen según S. Agustín y Santo Tomás: intelecto, memoria y voluntad.

[57] “Las substancias intelectuales son las primeras entre todas... Estas substancias se autodeterminan a operar. Sin embargo esto es propio de la voluntad, a través la cual una substancia es patrona de sus actos, ya que en ellos están el operar o bien no operar. O sea estas substancias intelectuales tienen voluntad”. S.C.G., II,47.

[58] “Quod est per essentiam dicitur est causa omnium quae per participationem dicuntur: sicut ignis est causa ignitorum in quantum huiusmodi. Deus est ens per essentiam suam: quia est ipsum esse. Omne aliud ens est ens per participationem: quia ens quod sit suum esse, non potest esse nisi unum...”. S. Theol., I, 44, 1.

[59] Quodl. III, q VIII, a20: “Omne participatum comparatur ad participans ut actus eius” (Ia, 75, 5 ad 4).

“...como en el orden formal la forma es acto de materia, así es tanto más en el orden real el esse es el acto de la esencia y de las formas todas”. Cornelio Fabro, Tomismo y Pensamiento moderno, ed. cit., pag. 125.

[60] In II Sent., d1, qI, a1; C. G. I, 23; S. Theol., I, q4, a2; S. Theol., I, q4, a1 ad 3: “...ipsum esse est actualitas omnium rerum et formarum”.

[61] “Quod est per essentiam dicitur est causa omnium quae per participationem dicuntur: sicut ignis est causa ignitorum in quantum huiusmodi. Deus est ens per essentiam suam: quia est ipsum esse. Omne aliud ens est ens per participationem: quia ens quod sit suum esse, non potest esse nisi unum...”. S. Theol., I, 44, 1.

[62] Queaest., q. 3, a. 6, ad 1.

[63] “El principio que es Dios, es logrado por dos modos: el primero, por semejanza, que es la perfección (del esse). El segundo, por operación, en cuanto que la creatura razonable conoce y ama a Dios”. Quodlib., X, Q. VIII, a. 17.

[64] “El hombre, naturalmente particípe de Dios, se ordena a El a través del conocimiento y el amor; por eso en cuanto participa sobrenaturalmente de su vida íntima, se ordena a Dios a través de un conocimiento y amor sobrenaturales”. In II Sent., d.23, Q.1, a. 4, sol. 3, ad 1.

[65] In I De div. Nom., c. V, lect.1: “Ipsum esse comparatur ad vitam et ad alia huiusmodi sicut participatum ad participans... et comparatur ad ea ut actus eorum”. “Omne participans se habet ad participatum, sicut potentia ad actum”.

[66] “El acto último es el ser. Por ello, siendo el devenir un pasaje de la potencia al acto, es necesario que el ser sea el último acto hacia el que tiende cualquier devenir; y ya que el devenir natural tiende hacia lo que naturalmente se desea, es necesario que ello, el ser, sea el acto último al cual cada cosa anhela”. Comp. Theol., I, c. 11, n. 21. El Acto Puro y perfectísimo, el Esse Ipsum, es Dios.

[67] “Esa parte del alma que en su actuar no depende de un órgano corpóreo, no queda bloqueada, pero es en cierto modo infinita, siendo inmaterial; y con su capacidad se extiende a lo que es común a todos los entes (el ser)”. De Ver., q. 15, a.2.

[68] “Solamente la creatura razonable es capaz de Dios porque solamente ella puede conocerlo y amarlo explícitamente”. De Ver., q. 22, a2 ad 5.

[69]La Sagrada Escritura enseña que el hombre ha sido creado “a la imagen de Dios” y que es capaz de conocer y de amar a Dios, su Creador”: Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo, 12.

[70] “Yo soy la Vida”...

[71] Cfr. Stanislaw Grygiel, El sentido del sufrimiento en un mundo secularizado, en El nuevo Areópago 14 (1995) 2, pag. 17. Cfr. también Stanislaw Grygiel, La salvación y la salud, en Ermanno Pavesi (por), Salud y salvación. Perspectivas interdisciplinarias, Di Giovanni, San Giuliano Milanés (Milán) 1994, pp. 17-36 (p. 27): “De frente a la muerte el hombre comienza a preguntar el sentido de su ser que nace y muere, vale decir su verdad. El enfermo no pide del sentido que él podría construir. De frente a la muerte los sentidos construidos por el hombre no tienen ningún sentido. En otras palabras el hombre puesto de frente a la muerte se hace, por decir [...] con san Agustín, magna quaestio”; cfr. también Idem, In the beginning is the end and in the end is the beginning, in Anthropotes. Revista oficial del Pontificio Instituto Juan Pablo II para Estudios sobre Matrimonio y Familia, año VII, n. 1, mayo 1991, pp. 25-53.

[72] Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo, 14.

[73] Cfr. Soren Kierkegaard, La enfermedad mortal, P. I, A, a; Firenze 1972, 621s. Cit. por Cornelio Fabro, La dialéctica de inteligencia y voluntad en la constitución del acto libre; en revista Diálogo, Año 3, 14, San Rafael, Mendoza 1996, 38ss.

[74] Cfr. Stanislaw Grygiel, El sentido del sufrimiento en un mundo secularizado, en El nuevo Areópago 14 (1995) 2, pag. 16.

[75] Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo, 22; Catecismo de la Iglesia Católica, 1701. 388. 411.

[76] Cfr. Juan Pablo II, Salutación a los jóvenes presentes en San Pedro en la XVI Jornada Mundial de la Juventud, Plaza San Pedro, Roma, 8 Abril 2001.

[77] Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo, 87; cit. en Juan Pablo II, Redemptor hominis, 13.

[78] Cfr.Giovanni Paolo II, Enciclica Redemptor hominis, 9.

[79]Es Jesús de Nazaret, el hombre-Dios, el único Salvador dado a toda la humanidad: “El Magisterio de la Iglesia, fiel a la revelación divina, repasa que Jesucristo es el mediador y el redentor universal: "El Verbo de Dios, por medio del cual todo ha sido creado, se ha hecho él mismo carne, para operar, él, el hombre perfecto, la salvación de todos y la recapitulación universal. El Señor [...] es aquel que el Padre ha resucitado de la muerte, ha exaltado y colocado a su derecha, constituyéndolo juez de los vivos y de los muertos". Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, 11. Cfr. también Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo, 45. Cf. también Concilio de Trento, Decr. De peccato originali, n. 3: Denz., n. 1513. La acción salvífica de su Espíritu abraza a la totalidad de los hombres: “La acción salvífica de Jesucristo, con y por su Espíritu, se extiende, más allá de los confines visibles de la Iglesia, a toda la humanidad”: Declaración Dominus Iesus, 12; cfr. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo, 22.

[80] M. Heidegger, cit. da Cornelio Fabro, La vuelta antropológica di Karl Rahner, Rusconi Editore, Milano 1974.

[81] S. Theol., III, q. 8, a. 3; Sent. 3, d. 13, q. 2, a. 2.

[82] Cfr. Giovanni Paolo II, Carta Encíclica Salvifici doloris sobre el significado cristiano del sufrimiento humano, 15.

[83] Cfr. ibidem.

[84] S. Theol., q. 75, a. 6: “El deseo de los seres que conocen proviene de un conocimiento... los sentidos conocen solamente lo que es actualmente existente y presente al sentido, mientras el intelecto conoce en manera absoluta y abstrayéndose del tiempo. Por ello todo lo que posee un intelecto desea, naturalmente, ser siempre… toda substancia espiritual es incorruptible”.

lunes, 28 de febrero de 2011

¿Ser engendrado con una discapacidad concede el derecho a morir?


En nuestros días, el hecho de ser engendrado con una discapacidad es fuente de "derechos" y "facultades": concede a los padres la facultad de demandar al médico que no hizo el diagnóstico pre-natal a tiempo; autoriza al médico a eliminar al niño de modo cruento (aborto); concede al niño el "derecho a morir", el cual debe ser aplicado, como lo manda la ley, por sus “propios intereses”.

Estas aberrantes conclusiones se derivan del fallo emitido por el Tribunal de Apelación de Bruselas (el 21 de septiembre de 2010, fuente: http://eligelavidanet.blogspot.com), que ha dictaminado que los padres pueden demandar a los médicos que no diagnostiquen discapacidades graves en los niños antes de nacer. Del mismo fallo se deriva que un diagnóstico erróneo –es decir, no es detectada la anomalía en el feto- constituye un “atentado a los intereses del niño”. Además, faculta al médico a realizar el aborto –siempre en procura del bien del niño ¿?, se entiende-, porque nacer con una discapacidad es un “daño” (sic) -¿al niño, a los padres, a la sociedad?-, para evitar la reparación de un “daño” irreversible –un niño que nace con discapacidad-. Entonces, el único camino que queda, es eliminarlo por medio del aborto.

La secuencia “ilegal”, que concede derecho a los padres para demandar al médico y para abortar a su hijo, sería la siguiente: niño engendrado con discapacidad – diagnóstico pre-natal “erróneo” no detecta la “anomalía” – nace niño con discapacidad – padres con facultad legal para demandar al médico por “mala praxis”.

Por el contrario, la secuencia “legal” a seguir, según este Tribunal de Apelaciones, sería la siguiente: niño engendrado con discapacidad - diagnóstico pre-natal “eficaz” – detección de anomalías en el feto - aborto inmediato.

Por supuesto, todos tranquilos –padres satisfechos, médico protegido legalmente-, porque en realidad lo que se hace es respetar el “derecho” del niño a nacer sin discapacidad.

Lo que Hitler tuvo que hacer para exaltar de un modo pagano a la raza aria –armar una guerra mundial con millones de muertos-, lo simplifica el Tribunal de Bruselas mediante un papel firmado, ya que legaliza la eugenesia, es decir, la eliminación de ejemplares "fallados" de la especie humana, en "bien" de la humanidad. Si esto no es la exaltación pagana de la raza, al más puro estilo hitleriano, entonces no entiendo nada…

¿Qué hay en la base de este aberrante fallo del Tribunal de Bruselas?

Un gran vacío existencial; una concepción hedonista y materialista de la vida; un endiosamiento de la raza y de la salud y del bienestar corporal; un desconocimiento del valor del sufrimiento y de la enfermedad, y también de la vida y de la muerte, enaltecidos por la Encarnación del Hijo de Dios y sublimados y santificados por el sacrificio de la cruz; un desconocimiento abismal de Dios como Autor, Creador y Dueño de la vida; un desprecio por la vida humana –la ajena, no la propia, que la propia se la vive muy placentera y hedonísticamente-; una fe ciega e irracional –y por lo tanto inhumana- en las leyes humanas injustas…

Pero no habrá de triunfar la cultura de la muerte y del odio, ya que la vida y el amor son más fuertes, mucho más fuertes.

miércoles, 23 de febrero de 2011

¿Es mala la ciencia para el hombre?


Los avances científicos y tecnológicos alcanzados en los últimos decenios han permitido a la humanidad alcanzar “logros” o “hitos” científicos responsables de lo que el Santo Padre Juan Pablo II llamó “cultura de la muerte”: fertilización asistida, diagnóstico genético pre-natal con fines eugenésicos, alquiler de vientres, “creación” de “hermanos medicamentos”, píldora “del día después”, aborto, eutanasia.

Es decir, la ciencia humana ha contribuido, en gran medida, con sus descubrimientos, a la creación de una sociedad en la que el ser humano es víctima de los “avances” científicos.

¿Qué se puede decir de esto? ¿A qué conclusión se arriba? ¿La ciencia es “mala”? Y si la ciencia es mala, ¿entonces no se debe hacer ciencia?

Una conclusión de este tipo sería errónea.

La ciencia no es mala en sí misma. Intrínsecamente, no es ni buena ni mala. Es, simplemente, un producto de la inteligencia humana, que puede ser convertido en bueno o malo, según el uso que se le dé. Entonces, en el caso del que estamos hablando, es decir, en la constatación fáctica de que la ciencia –y la tecnología- ha contribuido a construir la cultura de la muerte, es claro que se debe a que los hallazgos científicos han sido orientados en una dirección equivocada, o más bien, han sido “des-orientados”. Esto sucede cuando los medios no se utilizan para alcanzar un Fin, sino que ellos mismos se convierten en fines secundarios que no conducen a ninguna parte. La investigación científica produjo la actual cultura de la muerte porque no fue orientada hacia un Fin Último; por el contrario, ella misma, la investigación, se convirtió en el único fin a perseguir.

Si la investigación científica hubiera estado orientada por la consecución de un Fin Último -en el que el hombre encuentra su felicidad y su realización plena-, no solo nunca hubiera llegado la humanidad a vivir en la cultura de la muerte, sino que habría construido una cultura de la vida, en donde el bienestar de la vida humana –de las personas humanas que tienen vida- sería el objetivo por el cual trabajarían todas las naciones de la tierra.

La siguiente reflexión trata acerca de cómo los actos humanos –como la investigación científica- deben estar guiados por un Fin Último en el cual el hombre alcance la felicidad.

No se trata entonces de no hacer ciencia, sino de orientarla –como a toda actividad humana- hacia un Fin que se identifica con el Bien en sí mismo y es fuente de la felicidad para el hombre y que, en el lenguaje religioso, se llama “Dios”.


Obrar por un fin, obrar por la felicidad

El movimiento y la acción es algo propio de quien está vivo. La vida se manifiesta por el movimiento, por la acción. El hombre actúa, obra, y en su actuación, demuestra que está vivo. La vida humana se manifiesta entonces por actos, movimientos, humanos, es decir, por actos realizados consciente y libremente[1].

Ahora, ¿por qué obra el hombre? ¿Dónde se origina su actuar? ¿Qué busca el hombre cuando obra?

Todo hombre obra movido por un deseo, y toda acción humana implica un deseo de alcanzar algo. En la base del movimiento y de la acción, está el amor a algo: el deseo.

Cuando un hombre obra racionalmente, desea o busca un fin, es decir, algo en donde termina su deseo.

“Toda acción que realiza un hombre, la realiza porque quiere alcanzar algo con ella. En el trasfondo de cada acción se encuentra un deseo de alcanzar algo que explica el sentido de la acción: actuar es buscar algo. Y se busca porque se desea aquello. Aquello que se busca es el término de un deseo. Se llama “fin” o “bien” al término de un deseo, a lo que está finalizado un deseo. “Bueno es aquello que todos apetecen”, decía Aristóteles. El bien es algo bueno que deseo, y es el fin, porque termina mi deseo cuando lo consigo.

El Fin, o el Bien, es algo capaz de atraer, capaz de encender mi deseo. Pero hay que tener en cuenta que algo es bueno, y por lo tanto puede ser el fin de mi acción, sólo cuando interviene la razón. Bien es algo que es juzgado como bueno por mi razón (no hay ningún bien al margen de la razón; hay sí bienes superiores que no puedo medir con la razón, pero nada es bueno si es contrario a la razón. Es la razón la que me indica dónde hay un bien verdadero y no falso). El bien a su vez es en donde termina mi deseo, por eso es mi fin, y es en donde “descanso”, en el sentido de haber conseguido una cierta felicidad.

El bien que mueve a mi deseo no es propiamente una “cosa” sino una actividad en relación con cosas. Cuando uno desea montar a caballo –o jugar al fútbol- su deseo se dirige a la actividad de “montar a caballo”, no directamente al caballo mismo. Por eso hay que distinguir dos tipos de bienes, para saber cuál es el que mueve mi deseo: el bien ontológico, que indica a la cosa en su perfección y en su bondad, que por esta perfección y por esta bondad que podemos percibir, es capaz de atraer, y el bien práctico, esto es, un tipo de actividad. Entre ambos existe una relación estrecha, ya que se trata de “montar a caballo” (bien ontológico-bien práctico), pero lo que es propiamente el término del deseo es el bien práctico”[2].

Entonces: a la base de mi obrar, está el deseo, el amor a algo; ese deseo o amor a algo, me lleva a buscar ese algo, me lleva a obrar, a buscar lo que no tengo; ese “algo” que busco es algo que he juzgado con mi razón que es bueno; el bien que deseo no es una cosa –el caballo o la pelota de fútbol-, sino una actividad –montar a caballo, jugar un partido con los amigos-; cuando consigo ese bien, termina mi deseo, y soy feliz. En el fin que desea alcanzar, el hombre entrevee su felicidad, porque es algo bueno. Fin, bien y felicidad, coinciden.

Entonces, actúo y me muevo porque deseo un bien, un fin, y cuando lo encuentro, termina mi deseo y finaliza mi acción. Sin embargo, luego deseo otro fin, y me muevo para conseguirlo, y así sucesivamente. Continuamente me muevo para conseguir fines y bienes.

¿Hay algún Fin Último que sea como el motor de mi movimiento?

LOS FINES INTERMEDIOS ME CONDUCEN AL FIN ÚLTIMO

Hay un Fin Último, que actúa como el motor de mi movimiento, y es Dios. ¿De qué manera ese Fin Último actúa como motor de mi movimiento?

El fin último del hombre es Dios, porque el hombre ha sido creado para conocer la Verdad con su inteligencia, para amar el bien con su voluntad, y para gozar en la posesión del Bien y de la Verdad, y como Dios es la Suprema Verdad y el Bien Infinito, sólo en la posesión de Dios el hombre encuentra satisfecho su deseo natural de felicidad. y sólo en Él alcanza el hombre el estado de felicidad absoluta y perfecta, en el que ya no desea ninguna otra cosa[3]. Por eso, el fin último propio del hombre es dar gloria a Dios por el conocimiento y el amor[4]. Al contemplar a Dios, el hombre es absolutamente feliz, porque la hermosura infinita del ser divino sacia completamente la sed de felicidad del hombre, y éste no desea nada más. Al conocer y amar a Dios, al gozar de su compañía y de su amistad, el hombre alcanza el fin último para el que ha sido creado, encuentra en Dios su Bien Supremo, y su felicidad total, absoluta y definitiva[5]. El conocimiento y el amor de Dios producen en el hombre un estado de felicidad perfecta e interminable, porque ya no desea nada más y porque no tiene temor a perderlo[6].

Este conocimiento y amor de Dios no se dan en esta vida, porque aquí no podemos ver a Dios tal cual es, y por eso es que en esta vida esa felicidad absoluta y total que proporciona la visión y la amistad de Dios, no existe; sí en la otra vida, pero aquí no.

Si la felicidad absoluta no existe en esta vida, ¿eso quiere decir que de ninguna manera existe entonces la felicidad en esta vida?

Es verdad que la felicidad total y definitiva, tal como la experimentan los bienaventurados en el cielo, gozando de Dios, Fin Último, no existe en esta vida. Sin embargo, hay una felicidad imperfecta, porque aquí ya podemos empezar a conocer y amar a Dios. La felicidad será tanto mayor cuanto mayor sea el conocimiento y el amor de Dios. Conociendo y amando a Dios, ya en esta vida, empezaré a poseer ese Fin Último que es mi Bien y mi Felicidad eterna en la otra vida.

¿Cómo puedo conocer y amar a Dios, mi Fin Último, en esta vida?

Además de la oración y de la práctica de los sacramentos –en donde está Dios en Persona-, aprendiendo a reconocer que las cosas buenas y verdaderas son buenas y verdaderas porque participan de Dios, y que me pueden conducir a Dios y por lo tanto, pueden hacerme feliz. Deseando esas cosas buenas, deseo en realidad mi Fin y Bien Último.

Hay cosas buenas y fines buenos intermedios, que son buenos porque participan de la bondad de Dios, que me conducen al Fin Último y que me pueden dar pequeñas felicidades, como un anticipo de la felicidad última y definitiva. En esta vida entonces existen pequeñas felicidades y fines intermedios, que son buenos porque participan del Fin Último y de la Felicidad suprema, que pueden darme algo de felicidad.

Hay en esta vida una escalera de fines buenos y de pequeñas felicidades, que me llevan al Fin Último y Felicidad suprema, Dios.

¿Cómo descubrir esos fines intermedios y buenos que me llevan al Fin Último?

Pongamos un ejemplo[7]: “Si yo veo a un compañero sentado sobre su escritorio, y le pregunto: “qué haces?”, su respuesta indicará, no el hecho de estar sentado, o de mirar un libro, sino el “por qué está sentado”, esto es, “estoy leyendo” o “estoy estudiando”. Su acción “estar sentado”, “mirar un libro”, está finalizada a una actividad, no a un libro: ésta es “estudiar”. Y ello, porque ha juzgado como bueno estudiar, y juzgándolo como bueno, ha producido el deseo racional de estudiar.

Si la pregunta es: “¿Porqué estudias?”, su respuesta puede tener un doble camino:

-Indicar un fin superficial de su actividad: “aprobar el examen de Ética”, se trata de un fin que tiene sólo una dimensión exterior, que no lo perfecciona como persona, y que no lo conduce al Fin Último.

-Pero su respuesta puede indicar no un fin superficial, sino un fin trascendente, que lo perfecciona como persona y que lo conduce al Fin Último: “estudio para aprender”.

Pero puedo seguir preguntando: “¿porqué quieres formarte?”, y su respuesta podría ser: “quiero conocer la verdad de tal problema”, o “quiero ayudar al hombre a clarificar su inteligencia, darle luz sobre los problemas centrales de la vida”.

Así, preguntando, paulatinamente, llegaríamos a ver cómo existe una graduación de finalidades, y cómo se da un fin último que justifica todos los demás fines: “quiero conocer a Dios”, o “quiero evangelizar”. “¿Y porqué querés conocer a Dios y querés evangelizar?” “Porque he visto que en la amistad con Dios, que es mi Fin Último, está mi felicidad, y quiero hacer participar a todos mis hermanos de esta felicidad”.

Esta actividad –conocer y amar a Dios como mi Fin Último que me da la felicidad definitiva-, es una actividad –un bien práctico- que no se justifica por ninguna otra, y por eso es digna de ser amada por sí misma. Es así como “mi persona” alcanza una vida lograda, digna de ser amada por sí misma: en la amistad con Dios, sirviendo a los demás. Alcanzo el fin y el bien último –Dios- por medio de fines y bienes intermedios –estudiar y ser amigo de los hombres, mis hermanos”.

En las acciones intermedias que tienden al fin, el hombre entrevee algo bueno, que lo lleva a ese fin último que es el Bien Supremo. Puedo llegar al fin último a través de fines intermedios, y así alcanzar una vida lograda. Para ello se precisa que en toda acción yo actúe siguiendo la razón, la cual me indica el bien, ya sea ontológico (la cosa) o práctico (la actividad).

El deseo del Fin último y de la felicidad verdadera está presente en los fines y bienes intermedios. Los fines intermedios son buenos y verdaderos porque participan del Fin Último, Bueno y Verdadero.

El corazón humano, en cada cosa amada, desea aquél bien absoluto –el Fin Último, que es Dios- que lo hace feliz[8]. Las cosas buenas y verdaderas de la vida, son buenas y verdaderas –y por lo tanto pueden darme algo de felicidad- porque participan de la bondad y de la verdad de Dios, Sumo Bien, Suma Verdad, y Suma Felicidad: “interrogarse sobre el bien significa dirigirse en última instancia a Dios, plenitud de la bondad. “¿Porqué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno sólo es bueno” (Mt 19, 17). Jesús muestra que la pregunta del joven es en realidad una pregunta religiosa y que la bondad que atrae al hombre tiene su fuente en Dios mismo, el único digno de ser amado “con todo el corazón, con toda el alma” (Mt 22, 37)”[9].

Hay un Fin y un Bien Último que actúa como motor de mi movimiento, porque está presente de alguna manera en los fines y bienes intermedios que busco y deseo.

¿Actuar como persona o hacer algo mecánicamente?

La búsqueda del Fin Último en los fines intermedios que me perfeccionan como persona

¿Qué busco cuando actúo? ¿La perfección de mi persona, o la simple modificación de las cosas que están fuera de mí? Una misma acción puede perfeccionar mi persona, y por lo tanto conducirme al Fin Último, o bien puede no perfeccionarme, sin dejar nada en mi interior, produciendo sólo una modificación exterior de las cosas. En un caso, la acción se llamará “actuar” –cuando lo actuado por mí me perfeccione como persona-; en el segundo caso, la acción se llamará “hacer” –cuando lo obrado por mí provoque sólo una modificación exterior de las cosas, pero sin perfeccionarme en mi interior. ¿Dónde se da el paso que hace que una obra se llame “actuar”, y no “hacer”? ¿Qué es lo que hace que una misma acción me perfeccione o me deje vacío como persona?

La acción que realiza el hombre tiene dos dimensiones que pueden ser vistas con dos ojos: el derecho y el izquierdo[10]. Cuando alguien realiza algo, ese “algo” obrado, tiene dos dimensiones o “lados”. No es que sean dos acciones distintas, sino dos aspectos de una misma y única acción: un primer aspecto, un primer “lado” de la acción, es lo que se observa exteriormente, es la dimensión exterior, que produce un determinado estado de cosas: es la actividad transitiva. Es una acción que transforma el mundo, que tiene un efecto “fuera” del sujeto que la realiza, pero que no perfecciona interiormente a la persona, ni tampoco la conduce al Fin Último. Sería como actuar “mecánicamente”, como un robot en una línea de producción de una fábrica. Es el lado del “hacer” (o “facere”). Este lado es exterior, superficial, no deja nada en el interior.

El otro “lado” o dimensión de la acción que realiza el hombre, que no se observa exteriormente, es lo que esa acción produce interiormente, en el interior de la persona: es la dimensión interior o actividad inmanente –se llama así porque queda dentro de la persona, pero que también puede ser llamada trascendente, porque lleva a la persona al Fin Último. Esta acción produce un resultado, pero ese resultado queda en el interior de la persona, perfeccionándola, transformándola y haciéndola crecer espiritualmente, como persona. Esta acción le permite a la persona realizar lo que puede y quiere llegar a ser. Es la acción vista como “actuar” (o “agire”).

Se trata entonces de dos “lados” o dimensiones de la acción, no de dos tipos distintos de acción. La acción que nos interesa desde la ética, es la segunda, es decir, la acción vista como “actuar” (o “agire”). ¿Por qué nos interesa este “lado” de la acción? Porque esta acción transforma a la persona, la hace crecer interiormente, y si la hace crecer, es un fin intermedio que la conduce al Fin Último. La acción inmanente, que queda en el interior de la persona, transforma desde adentro a la persona. Así, aquel que decide estudiar para ayudar a los demás, o el que decide estudiar para evangelizar, produce una acción que es un actuar que lo transforma en alguien bueno, ya que la actividad práctica –el bien práctico- que eligió es buena: ayudar a los demás, como la Madre Teresa de Calcuta, es una acción inmanente buena que la perfecciona como persona. Realizando una actividad práctica buena, la persona se transforma en una persona buena. Mis acciones me transforman, por eso puedo convertirme según sea lo que actúo.

Ahora bien, podríamos preguntarnos: esta acción, ¿sólo puede perfeccionar? No, hay que tener en cuenta que esta acción interior, también puede transformar a la persona en un sentido negativo. Pongamos un ejemplo: quien decide robar un dinero, no sólo produce un mal a otro hombre, sino que él mismo se convierte en ladrón. En este caso, el actuar lo transformó en sentido negativo, porque la actividad práctica que eligió ejecutar, era mala: robar.

Es decir, como personas humanas, somos seres subsistentes, que luego de ser creados, somos por nosotros mismos. Pero necesitamos perfeccionarnos continuamente, y esa perfección la obtenemos por nuestra actuación libre. De acuerdo al bien que elija, me voy a elegir a mí mismo en mi modo de existir; de acuerdo al bien que elija, voy a “construir” mi modo de existir: puedo elegir construirme como padre, o como amigo, o como ladrón, o como mentiroso.

Si alguien faltara a la lealtad a un amigo, porque esto le permite ganar mucho dinero, es porque el bien del dinero, según aquello que ha decidido ser, ejerce una fuerza atractiva más fuerte que el bien de la amistad (es el caso de Judas que traiciona a su amigo Jesús). Esto indica que la persona humana en la acción que realiza no sólo toma una decisión respecto del bien al cual tiende y realiza, sino que toma una decisión respecto de sí misma. La acción no sólo dispone de bienes, sino que toma una decisión respecto de la persona misma, porque la transforma, sea en un sentido negativo, o en un sentido positivo. La actuación es la realización y construcción de la persona como tal. En síntesis, en la acción elijo mi persona, según como quiero que sea. Y la elijo así porque he juzgado que esa existencia es “mi bien”. Ella es mi vida buena, una existencia digna de ser amada por sí misma. Actuar moralmente no es sólo comportarse hacia objetos, consecuencias, producción de efectos, sino sobre todo construir una vida, la propia vida, la propia persona, construir con mis actos lo que puedo y quiero llegar a ser. Actuar moralmente es construir una vida buena por actos buenos.

[1] Cfr. Ángel Rodríguez Luño, Ética General, EUNSA, Pamplona 1986, 59.

[2] Noriega, Ética general, 6.

[3] Cfr. Rodríguez Luño, Ética General, 67.

[4] Cfr. Rodríguez Luño, Ética General, 67.

[5] Cfr. Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, q. 83, a. 9, c.

[6] Cfr. Rodríguez Luño, 73.

[7] Cfr. Noriega, Corso di etica generale, Roma 2002, 6.

[8] Cfr. Livio Melina, Cristo e il dinamismo dell’agire, Mursia, Roma 2001, 22.

[9] Cfr. Juan Pablo II, Carta Encíclica Veritatis splendor sobre las relaciones entre fe y razón, 9.

[10] Cfr. Noriega, ibidem, 10ss.