




Introducción: Entre las diversas especies vivientes, es el hombre un ser totalmente singular y paradojal, porque comparte características que se encuentran tanto en el mundo corporal, como en el mundo inmaterial; posee características que por un lado lo hacen similar a los animales, y por el otro, características que lo hacen similar a los seres espirituales. Entra en relación en distinto nivel con lo creado –las cosas, los animales, las otras personas humanas- pero su relación final no se encuentra en las coordinadas temporo-espaciales, sino con el Increado. Vive en el tiempo, pero está destinado a más allá del tiempo. En otras palabras, aunque compartiendo características propias de los seres más bajos, tiene también características más elevadas. Cuál es su característica primaria, la que lo hace superior a todo lo creado, aún siendo él mismo creado? Trataremos de hacer primero un acercamiento sobre qué cosa es el hombre, para hacer después el intento de decir cuál es su especificidad que lo hace diferente y superior a todo el mundo creado.
I. El hombre entre los otros seres,[1] entre los límites del tiempo y de la eternidad.
Si consideramos la diversidad entre los entes, encontramos entre ellos una graduación. Partiendo de la llaneza del esse, el Ipsum Esse Subsistens, que es solamente Uno y al cual llamamos Dios, encontramos otros seres que poseen, si bien en una manera limitada y participada, esta perfección del esse como acto (actus essendi). Esta graduación es la siguiente:
Dios – ángeles - hombres (alma y cuerpo) - animales - plantas - seres inanimados.
Esta graduación se debe al hecho de su participación, en mayor o menor grado, al Ipsum Esse Subsistens, o sea, es debida al principio de continuidad metafísica[2]. Según este principio, las distintas formas que encontramos en el universo creado forman un todo armónico, en el cual las formas inferiores se asemejan o alcanzan a aquellas que son inmediatamente superiores. En esta escala el hombre, compuesto de alma y cuerpo, se encuentra en un lugar totalmente especial, siendo partícipe de ambas realidades, material y espiritual, se encuentra en el horizonte de lo corporal y lo espiritual”[3], “en los confines entre el tiempo y la eternidad”[4].
II. El hombre, imagen de Dios.
El hombre, compuesto de cuerpo y espíritu[5], animado por un alma incorruptible[6], de acuerdo a su propia naturaleza, participa tanto del mundo material como del mundo espiritual[7]; en otras palabras, se encuentra en los límites del tiempo y de la eternidad[8]. Creado[9] y por ello limitado, posee una dignidad tal que lo separa infinitamente del resto de las creaturas: su dignidad es tal por el hecho de que ha sido creado a imagen[10] y semejanza de su Creador. La imagen y semejanza consiste en la posesión de sus potencias espirituales: intelligere y querer, y también en la capacidad de autodominio[11], esto es, la imagen consiste en la libertad, ya que su Creador es también Libre. Salido de Dios, El Ipsum Esse Subsistens[12], posee el esse participado[13], y es este esse –como actus essendi[14]- su máxima perfección ontológica, la que lo constituye como persona, ya que, actualizando su naturaleza razonable, poniéndola en la existencia concreta, lo hace también un individuo subsistente e incomunicable. En otras palabras, es, como su Creador, persona, esto es, un ser individual que subsiste en si mismo porque tiene una perfección ontológica suprema, el esse como actus essendi, que lo hace incomunicable, capaz de intelligere y amar, y de dirigirse libremente hacia su Creador.
III. El hombre, ser participado y compuesto, tiene una tendencia trascendental.
Dado que el hombre está compuesto por esencia-acto de ser, su composición es llamada así “estructura secundaria”, porque su perfección ontológica es todavía más perfeccionada por los “actos segundos”, esto es, los emanados por sus potencias, la inteligencia e la voluntad. En el caso del hombre, su perfección se produce así en el acto de intelligere, y en el acto de tender hacia un bien. Del hecho que es perfeccionado por sus operaciones, se puede deducir que el hombre es participado y compuesto, porque no tiene en sí la totalidad de la perfección, ni del intelligere, ni del querer[15]. El acto de entender emana de una potencia propia, la facultad intelectual[16].
Vale decir, el hombre es un ente por participación (orden estático), y es ente que actúa también por participación (orden dinámico)[17]. La participación se verifica en el orden estático y dinámico, esto es, ontológico y existencial, y lleva al hombre a actuar, estructuralmente, en una manera trascendental, en una manera que lo lleva fuera de sí mismo, porque, para actuar, tiene necesidad de participar del ente y de sus trascendentales que se encuentran más allá de sí.
IV. Las perfecciones del hombre, la perfección suprema del esse ut actus.
El hombre como persona humana posee perfecciones: vivir, intelligere, querer, sonreír[18]. Todas estas perfecciones son concretizadas en cada hombre, vale decir, son, ya que participan del esse ut actus, la perfección ontológica última que hace posible el vivir, el pensar, el querer y sonreír de cada hombre concreto. Entonces, este esse es un esse recibido, porque es limitado y participado, y si es recibido, quiere decir que no le pertenece al hombre como patrón: Otro es el que los ha donado, que los ha participado. Este Otro es el Esse per essentiam, Ipsum Esse, porque todo lo que no es su esencia, tiene algo dado por el que es por essentiam[19]. Esse contingente –puede y no puede ser- no le pertenece por sí la vida, porque no es él la misma vida. No tiene derecho a ser, porque su creación depende en un todo del intelligere y del querer del Ipsum Esse Subsistens, y por ello puede o no puede ser. En otras palabras, el esse creatural se encuentra como idea[20] en el intelecto divino, pero el paso a la realidad espacio-temporal, a la existencia, depende del intelligere y del querer de Dios, esto es, la vida humana depende de la libertad divina. No le pertenece entonces a este esse ser metido en la esencia humana y por ello vivir, intelligere, querer; pero una vez que el esse es metido en la vida, le pertenece el vivir, el intelligere y el querer, necesariamente. Es contingente en su ser, y luego, también queda contingente en su ontología, adquiere una cierta necesidad, ya que no puede ir al nada.
IV. El recorrido del hombre hacia Dios.
Por otro lado, se necesita considerar que se trata de un esse imperfecto y limitado, lo que quiere decir que debe perfeccionarse, y que su perfección definitiva la encuentra en Dios[21]. Salido por modum creationis del Ipsum Esse, debe cumplir un recorrido, esto es, debe volver a su inicio; pero como se trata de un ser libre, este retorno lo hace de un modo libre, participando por el Esse Ipsum en dos niveles: participando del ser, y operando libremente a través de sus facultades[22]. En otras palabras, participa al Esse Ipsum[23] a través de la participación en una perfección, que es el esse ut actus; y operando con sus facultades: intelligere y querer, pasando por la potencia al acto. En otras palabras, sea su esse limitado, sean sus facultades, ambas encontrarán su perfección definitiva en el Ipsum Esse Subsistens. Cumple una perfección existencial pasando por la potencia al acto, pero es en la beatitud donde su perfección será perfectísima, en su unión personal con Dios[24]. Mediante su apertura infinita al esse[25], el hombre se hace capacidad infinita de pensar y amar, y así, siendo en la temporalidad la esencia de las cosas materiales el objeto propio de su intelecto, es en cambio el objeto adecuado el Ipsum Esse Subsistens, Dios, en la beatitud, y por esto es estado creado[26]. Por ello el hombre es capax Dei, porque puede conocer y amar sin límites, infinitamente. Esta infinita capacidad de sus potencias explica su insatisfacción radical existencial respecto a las cosas creadas, y también la afirmación que sólo en Dios puede el hombre encontrar su felicidad perfecta. Esta verdad de orden filosófica –el hombre es capax Dei- es confirmada por
V. La especificidad hombre: la libertad.
Este hombre, así compuesto, tiene una característica que no la tienen los otros seres visibles: como hemos ya dicho, es capaz de autodominio[29]. Quiere decir que no es bajado por otros, pero por sí mismo: ningún otro lo mueve si él no quiere moverse. En esto radica su singularidad y su dignidad, porque la capacidad de autodominio, además de hacerlo más similar a su Creador, le permite dominarse a sí mismo, de ser patrón de sí. En otras palabras, no es movido necesariamente por las pasiones, por esto es que apetece particularmente; y no es movido tampoco necesariamente por el intelecto, por lo que conoce universalmente. Puede querer o no querer esto que le es presentado por los sentidos o por la inteligencia. Tiene en sí mismo una capacidad de dirigirse hacia lo que le parece bueno, o de rechazarlo. Puede querer o no querer: es la llamada libertas de ejercicio. Es libre, y la libertad, como acto conjunto del intelecto y de la voluntad, es lo que lo caracteriza entre los otros seres no pensantes, y es lo que lo asemeja a los otros seres libres, las formas subsistentes separadas –los ángeles- y el Esse Ipsum Subsistens, Dios.
Por todo esto, se puede ver que lo que el hombre tiene de más específico no es su corporeidad, pero es algo que es consecuencias del actuar de su espíritu: la libertad, entendida siempre como el acto conjunto producto de sus potencias espirituales. Pero se necesita decir que esta libertad no es ilimitada: creado para conocer la verdad y para querer el bien, su acto específico –el acto humano libre- será más pleno cuanto más lo guíe hacia el Esse Ipsum, que es
Se necesita ahora considerar otro aspecto: si decimos que la especificidad del hombre es la autodeterminación –entendemos por esta palabra la acción del espíritu que, en el acto de elegir después de conocer y querer, se pone a sí mismo delante de sí, transformándose en lo que elige-, esta última es, del punto de vista existencial, demasiado importante en la estructuración del ser, que ya ontológicamente es, pero de la psicología del hombre, porque se hace lo que elige, o sea, se hace lo que decide en la autodeterminación. Será entonces lo que ha elegido en la autodeterminación: bueno o malo, según la elección hecha.
Hemos dicho que la autodeterminación es lo de más específico en el hombre, también que será más plena cuanto más verdadera y buena sea. Como en su raíz se encuentran las potencias del alma, intelecto y voluntad, se necesita considerar cuales sean los principios que mueven a las potencias. En otras palabras, se necesita ver si el inicio de sus operaciones espirituales surgen del interior del hombre, de su subjetividad, o al contrario, si el movimiento del pensamiento y del querer es accedido desde el exterior. En el primer caso, será menos libre y por ello menos específica, porque coincidirá la libertad con su espontaneidad, con su querer. En el segundo, será más libre y por ello más específica, porque descubriendo la verdad y el bien que se encuentran en el ens[30] –actuado por el esse ut actus- su espíritu, enriquecido por estas perfecciones, estará en condiciones de hacer la libre elección que lo conducirá, a través de la participación de las perfecciones del ens, a ser partícipe de la libertad del Ipsum Esse Subsistens.
Se necesita señalar que la autodeterminación aquí referida es diferente de la autodeterminación establecida por Kant. En efecto, según Kant, la especificidad del hombre se encuentra en la autodeterminación[31], pero en Kant es la razón, guiada por sí misma, la que impone el imperativo a la voluntad. No se admite jamás otra instancia superior a la razón, la cual queda siempre como la que actualiza por sí misma los juicios, antes de la intervención del exterior. En este sentido, la autodeterminación no es realizada según la realidad que se encuentra más allá del espíritu humano: es siempre algo producida por el interior, o sea, por la subjetividad, sin hacer una verdadera referencia a la realidad objetiva externa.
Según Santo Tomás, también la autodeterminación debe ser guiada por la razón, pero la diferencia es que el inicio del movimiento del pensamiento no es el mismo pensamiento, la misma razón, pero el ens que se encuentra fuera del espíritu humano. Siendo puesta en movimiento por el ens se puede decir que la autodeterminación es verdaderamente razonable, porque lo que guía al mismo intelecto no son sus prejuicios, pero lo que encuentra en el ens: el verum y el bonum, que convergen en el ens. En otras palabras, la autodeterminación según Santo Tomás no es solamente el hecho de la autodeterminación vacía, sin contenido, o salida del propio cogito, del propio io. Tiene un contenido, y este contenido no es otra cosa que la forma inteligible poseída por el intelecto, querida por la voluntad, y siempre presente en el ens actuado por el actus essendi.
Esto quiere decir que la autodeterminación es “razonable”, en el sentido que se adecúa a lo que la razón considera de verdadero porque primero es la cosa, el objeto, el ens, a poseer en sí el verdadero[32], en cuanto es el ens algo de verdadero porque es, y es salido del intelecto y de la voluntad del Creador. Por ello será verdaderamente “verdadero” cuando tenga un contenido de verdad que no depende del hombre; el contenido de verdad que sí depende del hombre –el juicio- será “verdadero” en tanto se conforme a la verdad del ens, porque esta es la verdad: la adecuación de la mente a la cosa.
Para terminar, la autodeterminación del hombre será plenamente verdadera en la medida en que sean dados estos necesarios presupuestos, dada la constitución de la realidad. En otras palabras, la especificidad del hombre consistirá en la autodeterminación (voluntad) razonable (intelecto) heterónoma (ley natural y divina presente en la autoconciencia).
[1] San Tommaso, S.Theol. I,q. 54,1-3; I, q. 77,1.
[2] In I De Causis 1, 19, s. 106.
[3] S. Theol. I, q
[4] In I De causis, lect. II, s. 15
[5] S.Theol., q.
[6] S. Theol., q.75, a.6.
[7] Según el principio de continuidad metafísica: el inferior de un género se continúa con el superior del otro. El hombre, inferior entre los seres espirituales, añade el mundo espiritual mediante su alma. In I De Causis 1, 19, s. 106.
[8] “El alma humana es como el horizonte y confín entre lo corpóreo y lo incorpóreo, pues es substancia incorpórea y a la vez forma del cuerpo”. S. C. G., II, 68.
[9] De Causis, L. III, Prop. XVIII: “primum ens dat esse omnibus per modum creationis”, las otras hipóstasi “per modum formae”.
[10] S. Theol., I, q. 59, corpus. Quest., q. 10, ad. 3. Otra imagen según S. Agustín y Santo Tomás: intelecto, memoria y voluntad.
[11] “Las substancias intelectuales son las primeras entre todas... Estas substancias entonces se auto determinan a operar. Sin embargo esto es propio de la voluntad, a través de la cual una substancia es patrona de sus actos, porque en ellos están el operar o bien no operar. O sea estas substancias intelectuales tienen voluntad”. S.C.G., II,47.
[12] “Quod est per essentiam dicitur est causa omnium quae per participationem dicuntur: sicut ignis est causa ignitorum in quantum huiusmodi. Deus est ens per essentiam suam: quia est ipsum esse. Omne aliud ens est ens per participationem: quia ens quod sit suum esse, non potest esse nisi unum...”. S. Theol., I, 44, 1.
[13] Quodl. III, q VIII, a20: “Omne participatum comparatur ad participans ut actus eius” (Ia, 75, 5 ad 4).
“...como en el orden formal la forma es acto de materia, así es tanto más en el orden real el esse es el acto de la esencia y de las formas todas”. Cornelio Fabro, Tomismo y Pensamiento moderno, ed. cit., pag. 125.
[14] In II Sent., d1, qI, a1; C. G. I, 23; S. Theol., I, q4, a2; S. Theol., I, q4, a1 ad 3: “...ipsum esse est actualitas omnium rerum et formarum”.
[15] S. Theol., I q.
[16] S. Theol., I, q.
[17] "Todo agente opera en cuanto se encuentra en acto. Todo lo que no es acto puro, no opera a causa de su ser, sino a causa de algo que es de su ser... no opera por su esencia, sino por alguna participación suya”. S C.G. I, 16.
[18] En efecto, sólo la persona “puede ser verdaderamente objeto de amor en el sentido pleno de la palabra, esto es, de amor de amistad”. Cfr. S. Theol., I, 54, 2.
[19] “Quod est per essentiam dicitur est causa omnium quae per participationem dicuntur: sicut ignis est causa ignitorum in quantum huiusmodi. Deus est ens per essentiam suam: quia est ipsum esse. Omne aliud ens est ens per participationem: quia ens quod sit suum esse, non potest esse nisi unum...”. S. Theol., I, 44, 1.
[20] Queaest., q.
[21] “El principio que es Dios, ha surgido por dos modos: el primero, por semejanza, que es la perfección (del esse). El segundo, por operación, en cuanto que la creatura razonable conoce y ama Dios”. Quodlib., X, Q. VIII, a. 17.
[22] “El hombre, naturalmente partícipe de Dios, se ordena a Él a través de la conciencia y el amor; por ello en cuanto participa sobrenaturalmente de su vida íntima, se ordena Dios a través de un conocimiento y amor sobrenaturales”. In II Sent., d.23, Q.1, a. 4, sol. 3, ad 1.
[23] In I De div. Nom., c. V, lect.1: “Ipsum esse comparatur ad vitam et ad alia huiusmodi sicut participatum ad participans... et comparatur ad ea ut actus eorum”. “Omne participans se habet ad participatum, sicut potentia ad actum”.
[24] “El acto último es el ser. Por ello, siendo el devenir un pasaje de la potencia al acto, es necesario que el ser sea el último acto hacia el cual tiende cualquier devenir; y ya que el devenir natural tiende hacia lo que naturalmente se desea, es necesario que ello, el ser, sea el acto último al cual cada cosa anhela”. Comp. Theol., I, c. 11, n. 21. El Acto Puro y perfectísimo, el Esse Ipsum, es Dios.
[25] “La parte del alma que en su actuar no depende de un órgano corpóreo, no queda bloqueada, pero es en cierto modo infinita, siendo inmaterial; y con su capacidad se extiende a lo que es común a todos los entes (el ser)”. De Ver., q.
[26] “Solamente la creatura razonable es capaz de Dios porque solamente ella puede conocerlo y amarlo explícitamente”. De Ver., q. 22, a2 ad 5.
[27] “
[28] La infinita capacidad de apertura del intelecto humano solamente se sacia con un objeto infinito, y este objeto infinito, substancia infinita, es sólo Dios. Se saciará en manera imperfecta en esta vida, en manera perfecta en la beatitud.
[29] S.C.G., II,47.
[30] “Verdad dice orden al intelecto. En el querer es la voluntad que tiende a la cosa; por eso la bondad es en la cosa; en el conocer en cambio es la cosa que va al intelecto, entonces la verdad es propiamente en el intelecto; pero como por la cosa se dice buena también la voluntad, así por el intelecto se dice verdadera también la cosa. La verdad está en las cosas si estas corresponden a la idea de quién fue el artífice; la verdad está en el intelecto conocedor si éste se conforma a la cosa conocida. La verdad entonces es conformidad entre intelecto y cosa” Santo Tomás de Aquino, Compendio de
[31] Cfr. I. Kant, La metafísica de los costumi (1797), Bari 1970, p. 294; Crítica de la razón práctica (1788), Armando, Roma 1990.
[32] “La verdad está en la cosa si esta conforme a su naturaleza; está en la cognición del intelecto si este se conforma a la cosa; pero el conocimiento de la verdad pertenece al intelecto que forma el juicio y aquí está propiamente la verdad” Ibidem, a. 2. Santo Tomás de Aquino, Compendio de
Bibliografía.
1. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Ediciones Estudio Dominicano, Boloña 1991.
2. Santo Tomás de Aquino, Compendio de
3. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre
4. Cornelio Fabro, Tomismo y Pensamiento moderno, Libreria Editorial de

La sexualidad humana es un don de Dios.
Y porque es un don, debemos considerarla como lo que es: un don.
Si esto es así, cabe la pregunta: ¿qué es un don?
Un don es un regalo, y un regalo es algo que se recibe por parte de alguien, el donante. Como regalo, implica gratuidad, porque el regalo es algo no debido, sino, precisamente, donado, regalado, gratuitamente.
Pero ante todo, el don o regalo implica, de parte del donante, amor al destinatario del don, porque el regalo se hace a quien se ama, como expresión del amor del que dona.
Recibir un regalo, o un don, es entonces recibir el amor de quien hace el regalo. No se trata de recibir algo en virtud de un pago hecho por un trabajo: se trata de recibir algo que no se debía recibir, que es gratuito, y que además demuestra el amor del que dona.
Esto nos lleva a considerar la actitud de quien recibe el don: no puede ser de frialdad, o de indiferencia, mucho menos de hostilidad, hacia quien dona. Todo lo contrario, la actitud hacia el donante, debe ser la de corresponder al don y al amor expresado en el don. De lo contrario, la donación, el acto de donar, queda trunco, como un amor no correspondido.
En el caso de la sexualidad humana, para que ésta pueda ser apreciada en su verdadera dimensión, debe ser considerada como lo que es: un don del Amor divino.
¿Cómo considerar a la sexualidad humana como un don, para así corresponder al donante del don, el Amor divino?
Un buen punto de partida para la consideración de la sexualidad humana como don del Amor divino, es considerarla como parte de la creación: Él la creó, porque la ideó así para el hombre, porque fue Él quien creó al hombre diferenciado en dos sexos: varón y mujer: “Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra (…) Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó”. Y los bendijo Dios, y les dijo Dios: «Sed fecundos y multiplicaos” (Gn 26-28).
Por otra parte, aún sin recurrir al texto sagrado, es de experiencia común que sólo existen dos sexos: masculino y femenino, con lo que vemos cómo estos datos de la experiencia coinciden con
Ahora bien, debido a que Dios todo lo crea con Sabiduría y Amor infinitos y perfectísimos -de otra manera, no sería Dios-, la sexualidad humana, como parte integrante de
Dios crea la sexualidad humana, y la crea diferenciada y complementaria, pero la crea según un designio bien preciso, para ser usada en un ámbito específico, el matrimonio, y con una finalidad específica: la comunicación del amor entre los esposos y la comunicación de la vida.
Vista la sexualidad desde un punto de vista humano, la sexualidad humana tiene dos fines: unitivo y procreativo (expresión del amor de los esposos y abierta a la vida). La sexualidad humana tiene el fin de unir a los esposos mediante el amor, y de procrear, o generar, nueva vida. Las dos dimensiones, la unitiva y la generativa, están íntima y estrechamente ligadas, de tal manera que una no se comprende sin la otra, y tanto una como la otra se encuentran vacías de sentido si están separadas.
En estos fines de la sexualidad humana -unión y procreación-, vemos el sentido de la creación diferenciada y complementaria: porque son dos distintos, que se complementan, pueden dar lugar al amor, como éxtasis del Uno al Otro, y como donación plena, en espíritu y en cuerpo, que finaliza con el fruto del amor, la aparición del Tercero, el hijo.
El hecho de ser diferentes y complementarios, varón y mujer, posibilita la expresión y la comunicación plena del don contenido en cada sexo, y es la co-creación de la vida, lo cual acontece en el marco del amor esponsal.
Cada sexo, don en sí mismo, tiene a su vez un don potencial -comunicación del amor y co-creación de la vida-, pero sólo puede ser actuado este don potencial, en un marco y en un ámbito específico, el del amor esponsal.
De ninguna otra manera se produce la actuación del don pre-contenido en el don de la sexualidad humana, que no sea en el ámbito del amor esponsal y del matrimonio, porque fuera de este ámbito, no se dan las condiciones de dualidad, o sea, de diferencia, y de complementariedad.
Y si no se da esto, diferencia y complementariedad, no hay amor esponsal, y si no hay amor esponsal, sólo hay egoísmo, ya que el amor de dos es reemplazado por la tiránica pasión que pretende satisfacer sólo el propio deseo.
Esta diferencia y complementariedad es lo que determina, no de forma arbitraria, sino porque así está dada la verdad de la naturaleza humana, el hecho de que no puede haber unión sin procreación (anticoncepción), ni procreación sin unión (fertilización asistida): en cualquiera de los dos casos, la sexualidad humana queda incompleta y privada de sentido, alejada del plan divino, y envuelta en el egoísmo humano. Esto es así porque las dos dimensiones son, en realidad, dos facetas de una misma realidad humana: el amor, manifestado en la unión carnal, es fuente de vida.
La unión sin procreación falsifica y adultera a la sexualidad humana, porque le falta el fruto y don del amor, que es el hijo; la procreación sin unión falsifica y adultera a la sexualidad humana, porque la aparición del fruto, el hijo, se da de un modo artificial y aséptico, el ambiente de un laboratorio, y no en el marco del acto sexual matrimonial, expresión del amor esponsal. En uno y en otro caso, no hay amor, como fundamento que legitima y plenifica la unión matrimonial.
Por otra parte, considerada la sexualidad desde un punto de vista teológico, en el ámbito del matrimonio, y siempre usada en modo casto, la sexualidad humana es fuente de santificación para los esposos, porque el matrimonio ha sido elevado por Jesucristo a la categoría de sacramento, es decir, de productor de gracia. Un sacramento es algo que produce la gracia santificante, porque en el sacramento actúa Cristo, Autor de toda gracia. El sacramento del matrimonio es productor de gracia, porque ha sido injertado en una Alianza esponsal mística, la de Cristo con su Iglesia. El matrimonio es santo porque la unión esponsal entre Cristo Esposo y
Ahora bien, sólo en el ámbito del matrimonio sacramental, se dan las condiciones para que el uso de la sexualidad sea santo y fuente de santidad, según lo pensó Dios, con su Amor y su Sabiduría, desde la eternidad.
De esto se ve cómo el uso de la sexualidad, por fuera del matrimonio, cualquier uso de la misma, se sale del pensamiento y del querer de Dios. Dios no quiere el uso de la sexualidad humana fuera del ámbito matrimonial, y que no sea su voluntad su usa fuera del matrimonio, se deduce de los fines mismos del matrimonio: unión y procreación.
El matrimonio, con su unión sexual, según el plan divino, es santo; es decir, la unión carnal, en el matrimonio, no es lejana a la santidad, por el contrario, los esposos deben acudir a Dios, para que la unión carnal sea santa. El ejemplo lo tenemos en Tobías quien, antes de unirse carnalmente con su esposa, invoca a Dios, y él, junto a su esposa, le rezan antes de la unión. Leemos así en el libro de Tobías: “Cuando acabaron de comer y beber, decidieron acostarse, y tomando al joven le llevaron al aposento. Recordó Tobías las palabras de Rafael y, tomando el hígado y el corazón del pez de la bolsa donde los tenía, los puso sobre las brasas de los perfumes. El olor del pez expulsó al demonio que escapó por los aires hacia la región de Egipto. Fuese Rafael a su alcance, le ató de pies y manos y en un instante le encadenó. Los padres salieron y cerraron la puerta de la habitación. Entonces Tobías se levantó del lecho y le dijo: «Levántate, hermana, y oremos y pidamos a nuestro Señor que se apiade de nosotros y nos salve.» Ella se levantó y empezaron a suplicar y a pedir el poder quedar a salvo. Comenzó él diciendo: ¡Bendito seas tú, Dios de nuestros padres, y bendito sea tu Nombre por todos los siglos de los siglos! Te bendigan los cielos, y tu creación entera, por los siglos todos. Tú creaste a Adán, y para él creaste a Eva, su mujer, para sostén y ayuda, y para que de ambos proviniera la raza de los hombres. Tú mismo dijiste: ‘No es bueno que el hombre se halle solo; hagámosle una ayuda semejante a él’. Yo no tomo a esta mi hermana con deseo impuro, mas con recta intención. Ten piedad de mí y de ella y podamos llegar juntos a nuestra ancianidad. Y dijeron a coro: «Amén, amén.» Y se acostaron para pasar la noche” (cfr. Tob 1, 9).
Notemos que Tobías y su esposa utilizan quema el hígado y el corazón del pez, por indicación del Arcángel San Rafael, y con esta acción, expulsa al demonio que estaba pronto para pervertir la unión matrimonial. Esto sería el equivalente a los sacramentales de
Otra cosa que debemos tener en cuenta de este episodio es que, si no está Dios santificando la unión matrimonial, indefectiblemente se hace presente el demonio, del cual sólo pueden venir desgracias, infortunios, maldiciones, y tristeza, como lo atestigua la historia de la esposa de Tobías, viuda siete veces antes de Tobías. Tobías es el único que no muere, porque invoca a Dios y Dios expulsa al demonio, impidiendo el mal que éste quería hacer, y concediendo bendiciones, las cuales comienzan esa misma noche, porque Tobías no sólo no muere, sino que comienza una vida de felicidad al lado de su esposa, a quien ama.
En un determinado momento, Tobías dice: “Yo no me uno a mi esposa con deseo impuro, sino con recta intención”, y la “recta intención” es el amor, y éste es otro aspecto a tener en cuenta: el verdadero amor esponsal, que es el único que legitima la unión carnal. Si no existe el amor esponsal, en su lugar sólo hay un “deseo impuro”, el cual es rechazado por Tobías.
Esto quiere decir que la unión y la procreación están dignificadas por lo más noble del hombre: el amor. Sólo en el matrimonio hay amor verdadero, y sólo el amor verdadero lleva a que un hombre y una mujer unan sus vidas y sus cuerpos y decidan engendrar, educar y criar hijos juntos, como si fueran uno solo.
Fuera de esto, no hay ni unión, ni procreación, porque no hay amor. Fuera del matrimonio, no hay amor verdadero, aunque se piense que es así; en realidad, es sólo egoísmo, y uso materialista, hedonista y placentero de la otra persona. Se trata a la otra persona como objeto, al cual uso mientras me sirve, y cuando no me sirve, la descarto, como a un vaso de plástico.
Si hubiera verdadero amor en el noviazgo, se respetarían mutuamente en sus cuerpos, porque amar es desear el bien del otro, y no hay mayor bien, para los novios, que la castidad, porque así tendrán para ofrecer a su cónyuge un don, el don de la sexualidad.
Obrar de otra manera –relaciones pre-matrimoniales- es obrar no movidos por el amor, sino por el egoísmo, y es no amar a la persona por lo que es, sino usarla por fines egoístas.
También los animales fueron creados sexuados, y ellos usan de su sexualidad para procrearse, pero lo hacen no con perversión –tampoco con amor, porque no pueden amar, como el hombre, al no tener un alma espiritual-, sino guiados por el instinto, puesto por Dios, y de acuerdo al plan divino.
Cuando un animal se une sexualmente a otro, lo hace, a su modo, glorificando a Dios, porque fue Dios quien dispuso que así lo hicieran. El animal no puede, de ninguna manera, cometer una perversión, cosa que sí puede hacer el hombre, y así lo hace, toda vez que se une carnalmente fuera del matrimonio.
Es por esto que podemos decir que el hombre no se “animaliza”, sino que se convierte en algo inferior a un animal –un perro, un gato, un cerdo- cuando usa de la sexualidad fuera del matrimonio, y mucho más cuando usa la sexualidad de un modo perverso.
Nada de esto se da en el matrimonio casto, pues es en ese ámbito en donde encuentra la sexualidad humana su expresión más alta y digna, la única expresión querida y deseada por Dios Trino.
Sólo en el matrimonio, la sexualidad humana se vuelve parte integral del plan de salvación divino para la humanidad, porque el matrimonio, por un lado, perpetúa la especie humana, de donde surgen hijos de Dios, y por otro, prolonga y actualiza en el mundo el misterio nupcial de Cristo Esposo y de