El cigoto, es decir, el ovocito fecundado por un espermatozoide, es ya una persona humana, con un acto de ser, con un cuerpo y con un alma, y por lo tanto, su primer derecho humano es el derecho a vivir

sábado, 29 de junio de 2019

Lo que importa es transgredir la Ley de Dios: dos solteros se unen para ser “co-padres”


Ella planeaba ser mamá sola con donante de espermatozoides. El deseaba ser padre pero quería que hubiera una madre. Una amiga los presentó: no son pareja pero crían juntos a Vera, su hija de 1 año y medio.

Por Gisele Sousa Dias
23 de junio de 2019
gsousa@infobae.com
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El deseo de ser madre apareció cuando tenía 38 años, después de haber pasado casi dos décadas desarrollando su carrera profesional alrededor del mundo. Virginia no tenía pareja ni tiempo para apostar a enamorarse y esperar a que surgiera el proyecto de tener un hijo, por eso decidió iniciar un tratamiento de fertilidad para ser "madre soltera por elección". Braulio no la conocía pero tenían algo en común: él también tenía ese deseo y estaba buscando una madre para tener un hijo.

Virginia Laino (43) trabajó durante 18 años en los cinco continentes. Era parte de la Cruz Roja Internacional y su trabajo era negociar corredores humanitarios en zonas de conflicto. "No tuve intenciones de ser madre como hasta los 38 años, y a esa edad volví a Argentina", cuenta a Infobae. "Para mí era 'si querés tener un hijo, necesitás tener pareja hombre o esperma donado. La verdad, no sabía que entre un extremo y el otro había otra posibilidad".


Braulio Bauab, en cambio, había investigado en un sitio español y sabía que había una opción intermedia llamada "coparentalidad", es decir, un acuerdo entre dos personas para tener y criar un hijo sin estar en pareja. Todavía es un modelo poco frecuente en Argentina aunque el actor Guillermo Pfening mostró que era una posibilidad más de formar una familia en 2017, cuando contó que había decidido tener una hija con una amiga.

Hacía dos años que Virginia intentaba lograr un embarazo sola cuando una amiga le dijo que quería presentarle a Braulio, un amigo que quería ser padre y quería que su hija o hijo tuviera una madre. "Ahí empezó lo que yo llamo el cortejo parental", se ríe él, que es dueño de una inmobiliaria en Palermo. "Me costó mucho lograr una cita con ella para contarle qué era la coparentalidad".

Virginia era en ese entonces Directora de Prevención de Emergencias de la Provincia de Buenos Aires, "nunca tenía tiempo para nada", y reconoce que no le daba mayor importancia a los mensajes de Braulio: "Yo pensaba 'este loser que no consigue una mujer para tener un hijo…', 'debe ser un plomazo'. Viste como son los prejuicios…"


"Cuando empecé a querer más esto, yo estaba en pareja con un hombre -sigue Braulio-. Tenía la posibilidad de subrogar un vientre pero quería tener un hijo y que tuviera una mamá. ¿Por qué? No sé, tengo dos hermanas con tres hijos cada una, las dos son madrazas, inclusive en algunas ocasiones prestaron más atención a la educación y a la contención de sus hijos que los padres. Es muy personal y no debería haber juicios morales. Yo en ese momento quería más que tuviera una mamá a que fuera un hijo de dos papás".

La coparentalidad es una opción para cualquier persona (gay o heterosexual, soltera o en pareja) que quiera ser madre o padre y deseee compartir la crianza, los derechos y las obligaciones. "No es mejor ni peor que otras formas, es una opción más. Me parece que cuando uno tiene el deseo de ser padre cualquier forma es válida", agrega él.

La estrategia que Braulio había pensado era encontrar a una mujer que quisiera ser madre, lograr que lo escuchara, contarle de qué se trataba la coparentalidad y conocerse durante un año, "porque yo tampoco quería tener un hijo con cualquiera".


Pero se encontró con una mujer que había trabajado con diversas culturas y tenía "la cabeza abierta a las cosas nuevas". La vio honesta, le pareció "una persona confiable", con valores, buen criterio y un modo de ver el mundo que compartían. Virginia, además, tenía una particularidad: su deseo de ser madre nunca había estado asociado al amor de pareja.

"Cuando él me contó lo de las familias coparentales lo primero que pensé es 'qué bueno si el hijo o hija que va a nacer tiene también un papá'", sigue ella. La idea de conocerse durante un año mutó sobre la marcha porque a los 4 meses del primer encuentro ya habían tomado la decisión.

Ella también vio en él cualidades -lo vio responsable, amoroso- y detectó que tenía el mismo deseo que ella de tener un hijo. "No podría haber elegido un mejor padre", dice ahora, mientras alza a Vera, la hija biológica de ambos, de 1 año y siete meses.

La búsqueda del embarazo
Como no eran pareja y no tenían sexualidad, primero probaron con inseminaciones caseras. "Fue de lo más incómodo que hice en mi vida", se ríe Virginia, porque le tocó colocarse el esperma con una cánula al lado de un hombre que conocía hacía meses.


Después decidieron probar con un tratamiento de fertilidad de alta complejidad. El médico que la atendía no tuvo prejuicios cuando conoció a Braulio: "Bienvenido al equipo para embarazar a Virginia", le dijo. Virginia estaba por cumplir 40 años y tenía una reserva ovárica muy baja, por eso recurrieron a la ovodonación. Con óvulos donados, quedó embarazada de Vera en el primer intento.

Se pusieron de acuerdo en dos cosas, que hoy a la distancia parecen demasiado generales: que no iban a criar a su hija en ninguna religión y que siempre iban a ir con la verdad acerca del vínculo que tenían.


Para que él pudiera participar del embarazo y de los cuidados de su hija cuando naciera, tuvieron que armar una logística. Alquilaron un departamento en Olivos, con una habitación y un baño para Braulio. "Fue un desafío convivir, porque no éramos pareja ni amigos. A pesar de eso siento que tuvimos mucha intimidad", dice él. "Es loco -agrega ella-. Cuando entré al quirófano para la cesárea lo único que quería era que estuviera él".

Braulio conoció a los abuelos de su hija el día del nacimiento. Virginia conoció a la familia y amigos de él el mismo que dio a luz. "Nosotros no éramos amigos, nos conocimos para esto. Yo esperaba alguien que cumpliera el rol de madre y yo el de padre, nada más, pero se creó un vínculo muy fuerte. No tenemos sexo pero sí un vínculo muy especial. Va más allá de la amistad, ahora somos familia".


El acuerdo fue cambiando con las necesidades. Ahora Vera duerme cuatro días por semana en la casa de su mamá, tres días en la de su papá, y una noche por semana tienen una cena familiar los tres.

"Muchos dicen 'ah, como una pareja separada', y no. En nuestra relación no está el conflicto de una separación ni pusimos a nuestra hija como trofeo de guerra", explica Virginia. "Yo tengo una cama en la casa de él y él una habitación en la mía. Si el otro no tiene plan o una cita, nos quedamos a dormir. Si fuéramos ex no dormiríamos en la misma casa".

Para ellos, el rol que cumple cada uno es distinto y les parece que es enriquecedor para Vera tener vínculos diferentes con cada uno. Es la forma de familia que eligieron y no creen que deban prepararse para contarle a su hija una gran verdad: "No me imagino diciéndole 'sentate, queremos decirte que mamá y papá no son pareja'", cierra Virginia. "No, porque para ella no hay algo oculto, su vida es esta".

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